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18 de abril de 2012

Legorreta: Arte de crear un espacio que emociona

Por: Fernando Berckemeyer, desde México D.F.

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Es el arquitecto vivo más importante de México. Cuando alguien habla de arquitectura y dice “estilo mexicano” está hablando, conscientemente o no, de su obra y de la del fallecido Luis Barragán: ambos se inspiraron en el impresionante legado cultural mexicano para crear una arquitectura cuya fama dio la vuelta al mundo y que acaba de valerle a Legorreta el muy prestigioso premio Imperial de Japón.

Es posible enamorarse de México sin haber salido del hotel. Lo es, al menos, si ese hotel es el Camino Real del Distrito Federal. Hay algo en ese lugar que te hace saber, de golpe, que estás en un país cargado de carácter, cultura y hechizo. No en vano toda la arquitectura del hotel viene por línea directa de las haciendas, los conventos, los pueblos y aun las artesanías populares de México. Esos muros monumentales donde el rosa más intenso no tiene miedo de ir a morir en el amarillo más encendido.

Conocer el Camino Real es comprender por qué su autor, Ricardo Legorreta, es el arquitecto vivo más emblemático de México, y por qué acaba de ganar el Premio Imperial de Japón; un importantísimo galardón internacional que ya han recibido artistas de la talla de Ingmar Bergman, Norman Foster, Akira Kurosawa o Eduardo Chillida, por solo nombrar a unos pocos.

Con Legorreta conversó CASAS, cuando él todavía no sabía lo de este último premio, en su casa del Distrito Federal.

Ricardo, eres conocido, junto a Luis Barragán, como uno de los dos arquitectos fundadores de lo que hoy en día es conocido coloquialmente como “el estilo mexicano”. Una arquitectura marcada por la monumentalidad, las líneas sencillas, los colores brillantes… ¿Qué es lo que tiene este estilo de propiamente mexicano?

Mira, primero te diría que a mí no me gusta la palabra “estilo”, pues es demasiado pretenciosa. Todo esto se origina, mucho más que en cualquier otra cosa, en la arquitectura popular mexicana. En mi caso concreto, creo que me volví arquitecto, sin saberlo, cuando viajaba con mi padre, quien era adorador de México, y lo recorría, permanentemente, visitando los pueblos y las haciendas de todo el país.

Es decir, la arquitectura de esta corriente, que hacía Luis y que hago yo, viene de una “arquitectura sin arquitecto”, que es la de los pueblos mexicanos e, incluso, la de una gran mayoría de las haciendas mexicanas, las cuales eran hechas simplemente por los trabajadores constructores. Y es verdad que esta arquitectura nuestra, hija de la de estos pueblos, se suele identificar por cosas, como los muros, los aplanados, los colores.

Pero yo creo que, en realidad, es algo mucho más profundo que todo eso: es entender el verdadero papel de la arquitectura en la forma en que se entiende en estos pueblos: como un servicio y algo que existe para hacer feliz a la gente, y no para destacar a los arquitectos. Es una arquitectura basada en la calidad de vida.

Yo he viajado por todo México y cuando pregunto en los pueblos: “¿Por qué abriste esta ventana ahí?”; la respuesta es siempre algo así: “Pues porque en la mañana yo desayuno en esta mesa y me entra el sol”. No tiene que ver con ningún término arquitectónico ni nada. Tiene que ver simplemente con la calidad de vida.

Es curioso: me estás diciendo que arquitectos como tú y Barragán, que han tenido los reconocimientos internacionales más importantes, han basado todo su arte en lo que aprendieron de gente que no era profesional.

¡Sí! Aunque hay que decir que si bien no eran “profesionales”, en el sentido en que no tenían un título, sí que lo eran en la forma en que hacían su trabajo y, de hecho, se adelantaban en muchas cosas a los que sí tenían el título.

Por ejemplo, ahora está de moda en arquitectura hablar de los edificios “sustentables”: pues fíjate que no hay nada más sustentable que la arquitectura tradicional de estos pueblos. El adobe, los bloques de barro, no se usaba por gusto: se utilizaba porque almacenaba la energía solar durante el día y después la transmitía a la casa en la noche, cuando llegaba el frío. Y eso es común en los pueblos españoles e iberoamericanos.

El Perú es otro maravilloso ejemplo. Hay pocos lugares con la sustentabilidad y el humanismo que tiene Cuzco. Por eso te digo que la palabra “estilo” no me acomoda para hablar de la arquitectura que yo hago: no es más que una continuidad de una forma de pensar y de una manera de vivir que yo admiro.

De los elementos específicos de tu arquitectura que pueden rastrearse en las construcciones de estos pueblos, ¿cuáles dirías que son los más importantes?

Mira, puede rastrearse muy claramente el entendimiento de la luz. Creo que México, como los Andes peruanos, tienen una luz excepcional. Y quienes construían en estos pueblos la entendían muy bien, pues un espacio es absolutamente diferente en la mañana que en la tarde; con sol y sin sol. Por lo tanto, el manejo de la luz es un arte esencial que creo que nosotros lo aprendimos de los pueblos mexicanos.

¿Y la monumentalidad?

Claro. La monumentalidad, que nos llega sobre todo de las haciendas y, también, muy importante, de los conventos; pero que a su vez llegó ahí principalmente por medio de las culturas precolombinas. Y esto también era verdad en el Perú: para usar las piedras que se utilizaban en Cuzco, tienes que pensar en grande.

Tienes que tener una mentalidad imperial.

(ríe) Sí. “Imperial”. Pero no necesariamente imperialista. Es decir, son espacios muy grandes, sí, pero que no intimidan, que no espantan. Yo veo, por ejemplo, a los niños en nuestras pirámides: no los asustan. Y esto es por otro elemento esencial de esta arquitectura, que no está presente en otras culturas arquitectónicas que han privilegiado lo que llaman “funcionalismo”.

Acá hay un respeto y un gran amor por la belleza. Mira, mira esta foto (trae de su escritorio una foto de ladrillos apilados artísticamente): esta foto la tomé el fin de semana en un pueblo. Estaban haciendo una casa y necesitaban apilar los ladrillos: ¡mira qué manera de hacerlo! Lo mismo costaba hacerlo así que hacerlo feo. Muchos de los edificios más bellos que he visto son edificios de lugares pobres.

Lee la entrevista completa en la edición impresa de CASAS.

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