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18 de abril de 2012

Ruth Alvarado - La presencia del paisaje

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El desarrollo de las regiones, la vivienda social y la comunión con el entorno son las preocupaciones detrás de los últimos proyectos de la arquitecta Ruth Alvarado.

Desde el séptimo piso, el mar de Barranco apenas se mueve. El paisaje es notable, incluso visto a través del vidrio de la mampara cerrada. Allá afuera, en el balcón, dos sillas lucen tentadoras. La brisa debe alcanzarlas. Quizás si hiciese un poco más de sol, si fuese otro día, se podría conversar ahí.

Fue la misma Ruth Alvarado quien diseñó el edificio que alberga, en lo alto, su estudio de arquitectura. “Lo curioso es que muchos de los trabajos que he recibido tienen que ver con residencias frente al mar, ya sea en la playa o en la ciudad”, comenta sentándose. La entrevista también empieza a orillas del mar.

El boom inmobiliario en Asia ha llegado, desde hace un par de años, a lo que la arquitecta describe como un “punto de saturación”. Desde entonces ha recibido mayores encargos para casas de Lima y su periferia, como La Planicie y La Encantada. “El crecimiento económico trae muchísimas ventajas, pero también está haciendo que se construya aceleradamente, sin un planeamiento coherente y pensado a futuro. Creo que en este país necesitamos urbanistas, tener conciencia del desarrollo del espacio público. Estos son los temas que en este momento me preocupan e interesan”.

La importancia del entorno
Nacida en Lima en 1956, estudió Arquitectura en la Universidad Ricardo Palma y luego en la Universidad de Virginia. Trabajó para varias oficinas en Washington y Lima hasta 1983, cuando inició su práctica privada. En 1998, Menhir Libros, de México, publicó una monografía de su obra, titulada “La vocación de una ciudad”.

En el 2004, Ruth Alvarado obtuvo el Hexágono de Oro en la XI Bienal Nacional de Arquitectura por la sede de la OIT, obra en conjunto con Óscar Borasino, su esposo y socio en varios proyectos. Se trata de una obra al pie de la avenida Javier Prado, de espacios interiores de doble y triple altura que se integran visualmente por medio de puentes de conexión, de tal manera –explica al respecto Alvarado- que se produce una dinámica interesante “de cohesión y participación”, un parámetro de suma importancia para lo que sería el edificio de la Organización Internacional del Trabajo.

Su experiencia también se ha expuesto en encuentros internacionales. Ha sido finalista en tres ediciones de la Bienal Iberoamericana de Arquitectura, que convoca los mejores proyectos de Latinoamérica, España y Portugal. Dos de sus proyectos –una casa en Las Casuarinas y un edificio en la playa- han participado también en la Bienal Panamericana en Quito.

-¿Cual consideras tu primer trabajo importante?
-Es difícil decirlo. Sí te puedo contar que mi primer encargo lo recibí a los 25 años. Fue una casa en La Planicie que está habitada por los mismos dueños, ¡que fueron bastante audaces al encargármela a mí! Creo que fue a partir de unas casas de playa en Las Lomas, en el 2000, que siento un salto en mi trabajo. A partir de entonces existe una labor mucho más consciente del entorno. Ahora, en los proyectos fuera de la ciudad el paisaje es determinante, así como lo es el tejido de la ciudad en los proyectos urbanos. Siento casi una obligación respecto a ese entorno.

Así lo revelan los últimos proyectos de Alvarado. Como la casa de El Olivar, en San Isidro: un solar de 20 × 20 metros cuadrados rodeado de ese hermoso bosque colonial de árboles retorcidos y centenarios. Este fue un proyecto complicado por varias razones. Solo gestarlo tomó un año, pues una y otra vez los planos fueron rechazados por el Instituto Nacional de Cultura, celoso de las construcciones en la zona.

El mismo olivar presentó sus retos, al tratarse de un bosque atravesado por el tejido de la ciudad, como explica Alvarado. Pero fue justamente esa intersección de texturas la que guio su obra: de los cuatro frentes de la casa, dos miran a la avenida y dos al puro verde; Alvarado diseñó muros de hormigón caravista para el frente que da a la calle. Basándose en el concepto de la celosía árabe, que controla la luz y permite observar y, a la vez, tener privacidad, se perforó en forma de hojas –y también de ojos– los muros de concreto. Hacia al bosque eligió fachadas vidriadas, que dotan la casa de aperturas y transparencias.

Otro proyecto urbano, aunque basado en una propuesta distinta, es el de una casa en La Planicie que Alvarado describe como una típica casa de periferia de ciudad. Volcada hacia el interior, está rodeada por otras casas que no interesaban a su diseño, pero también por un campo de golf que acompaña los cerros que se ven a lo lejos. Alvarado articuló los volúmenes de la construcción y giró la casa de tal forma que la vista fuera el campo justo a través de dos casas, como si hubiese abierto en el paisaje una ventana.

Finalmente, cabe resaltar dentro de sus últimas obras otra realizada en conjunto con Borasino: un parador en Moray que encontraron inicialmente como un espacio de 30 × 30 metros cuadrados, rodeado de una cerca de adobe y con un precario edificio en medio. “Ahí hemos trabajado con el paisaje puro: no existe casi rastro humano, solo el valle del Urubamba y los nevados”, cuenta la arquitecta. “Y en medio de este paisaje, donde se alzan las ruinas de Moray, se encuentra nuestro proyecto”. Uno de los retos, además de estar a la altura del magnífico entorno, era no exceder la del edificio viejo: 4 metros. Para ganar altura, decidieron hundirse en el terreno ideando una rampa que descendiera hasta el patio central y permitiera que se luzcan los techos inclinados. El nuevo edificio –donde también se utilizó adobe– fue levantado por artesanos, a la usanza de la zona. “Hemos planteado una obra que se mimetice con el entorno”, concluye Alvarado. “Y ha sido un privilegio”.

Geografía total
Otros de sus intereses actuales son el trabajo en provincia y la vivienda social. “Lo que sucede es que en el Perú el concurso público se da de manera equivocada”, continúa la arquitecta. “Concursa el constructor y por precio, y el que gana lleva en su equipo al arquitecto, que puede ser capaz o incapaz, y eso no interesa para el concurso. Eso es una distorsión y un tremendo error. Y ese error se está viendo tanto en el crecimiento de Lima como en el de provincias: Arequipa, Trujillo, Chiclayo… Es trágico que en el momento en que hay dinero en los gobiernos regionales, no haya planeamiento ni proyectos adecuados para gastarlo”.
De vuelta en Lima costera, a través del vidrio, sigue el mar. Las sillas en el balcón han permanecido vacías. Dentro, la conversación llega a su fin.

–¿Cómo influye en tu proceso de creación este entorno, el que rodea tu estudio?
–Estar confrontada con la vastedad del mar es algo muy inspirador. Y tiene que ver mucho con mi trabajo con el paisaje y el desierto. Una de las pocas zonas que nos queda vírgenes en esta ciudad es la Costa Verde. Me gusta imaginar una ciudad cuyo borde no esté cortado para empotrar edificios, una ciudad donde haya armonía entre lo construido y el acantilado. Armonía con el paisaje.

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