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03 de mayo de 2012

Wang Shu - La artesanía como resistencia

Por: Laura Alzubide / Fotos: Lv Hengzhong, Lu Wenyu y Lang Shuilong, cortesía de Amateur Architecture Studio.

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El premio Pritzker, equivalente al Nóbel de la arquitectura, que otorga la Fundación Hyatt cada año desde 1979, ha recaído esta vez en el arquitecto chino Wang Shu. Dicen que es el premio más político de la historia; Sin embargo, en realidad, es un reconocimiento a una trayectoria tan silenciosa como deslumbrante.

Cuando le comunicaron que había recibido el galardón, Wang Shu no pudo evitar mostrar su asombro. “Ha sido una enorme sorpresa”, dijo a los organizadores. “Me siento tremendamente honrado de recibir el Premio Pritzker. Me ha hecho darme cuenta de la cantidad de cosas que he hecho en la última década. Y es una prueba de que el trabajo duro y la perseverancia conducen a resultados positivos”.

En cualquier otro arquitecto, esta declaración hubiera podido parecer una manera de salir del paso. Pero, en el caso de Wang Shu, la sensación es que es mucho más que eso. Es una reivindicación. Una reivindicación a cierta manera de hacer las cosas. En primer lugar porque, antes del premio, su obra era bastante desconocida fuera del ámbito especializado. Se había limitado a realizar proyectos en su país natal, la República Popular de China, donde había criticado con dureza la destrucción de la arquitectura tradicional.
Demolidos los edificios históricos, los terrenos se volvían a levantar con kilómetros de hormigón, bajo la forma de una arquitectura impersonal, enemiga de los materiales artesanales, ajena al respecto por el medio ambiente.

No ha sido una elección azarosa, tal como reconoció Thomas J. Pritzker, el presidente de la Fundación Hyatt, tras develar el nombre del galardonado. No solo porque el acto de premiación se celebrará en Pekín por primera vez. El hecho de que se haya escogido a un arquitecto procedente de China es un paso importante en el reconocimiento del papel que va a jugar el país en el desarrollo de la arquitectura. “El éxito del urbanismo chino en las próximas décadas será importante no ya para China, sino para el mundo entero”, añadió. “Este urbanismo, como el del resto del mundo, requiere estar en armonía con su cultura y las necesidades locales, compatibilizar sus tradiciones y su pasado con las exigencias de un desarrollo sostenible”.

Años de aprendizaje
Wang Shu se considera, en este orden, un estudiante, un artesano, un arquitecto. Su trayectoria revela la coherencia con la que ha ejercido la profesión. Nació en 1963, en la distante ciudad de Urumqi, en el noroeste de China. Desde muy joven, le gustaba la literatura. También mostraba cierta inclinación por el dibujo. Sus padres, un músico y una profesora, le explicaron que era difícil ganarse la vida como artista. Le aconsejaron estudiar una carrera que tuviera que ver con la ciencia y la ingeniería. Entonces, Shu optó por aquello que conjugaba lo mejor de ambos mundos: la arquitectura.

Tras graduarse en el Instituto de Tecnología de Nanjing, trabajó para la Academia de Bellas Artes de Zhejiang, en la ciudad de Hangzhou, donde investigó el entorno y la arquitectura en la remodelación de edificios antiguos. Un año más tarde, le encargaron su primer proyecto: el Centro de la Juventud de Haining, un vasto espacio de tres mil seiscientos metros cuadrados que finalizó en 1990.
Sin embargo, entre 1990 y 1998, no recibió más comisiones. Como tampoco le interesaba la política, decidió desempeñarse como obrero de la construcción –el peldaño más bajo de la sociedad china–, desde las ocho de la mañana hasta la medianoche. Todos los proyectos que realizaba en paralelo consistían en remodelaciones de edificios antiguos, que fueron demolidos en favor del crecimiento de la ciudad.

Lee la historia completa en la edición impresa.

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