Tras las bambalinas del teatro Marsano, bajo una luz tenue de camerino, esperan Joaquín Vargas y Patricia Barreto. Ella está sentada frente al clásico espejo rodeado por bombillas amarillentas mientras la maquillan. Por el momento, sigue siendo Patricia, de rostro delgado, piel trigueña y cabello negro. Cuesta imaginar que un par de horas después será Édith Piaf, quizás la representante más importante de la canción francesa, un ícono universal de la música, con su acento parisino de bajo fondo, su artritis y su encanto, su eterno encanto.

“Hasta ahora, es el papel más difícil e intenso que he hecho en mi carrera”, dice Patricia, mirando a través del espejo mientras le pintan y despintan las cejas, la boca, los pómulos. “Sabía que hacer un personaje así implicaba una responsabilidad enorme, por lo conocida que es ella, y por eso hemos investigado muchísimo, desde el aspecto fonético hasta el físico, pasando por análisis clínicos de lo que es la artritis”.

“Persigo esta obra desde el año 80, pero no la puse en escena porque creía que nadie podía interpretar bien a Piaf, hasta que pensé en Patricia Barreto”, comenta el director de la obra, Joaquín Vargas.

“Hubo un trabajo muy fuerte de parte de todos”, dice Joaquín Vargas, director de la obra, “porque teníamos que entender cómo la enfermedad había limitado sus movimientos y cómo su adicción a la morfina también modificó su aspecto. La responsabilidad de interpretar a un personaje de esta magnitud es muy grande”, afirma.

¿Qué explica que un personaje como Édith Piaf, más bien lejano –en términos culturales y temporales– del público peruano, haya resultado tan atractivo para los limeños? Joaquín señala que tiene que ver con la historia de Piaf: “Es una mujer que nace en los bajos fondos, que tenía que cantar para comer –como los niños en las calles de Lima–, y que después llega a ser la cantante mejor pagada del mundo. Es una historia de éxito que engancha a cualquier persona”.

Patricia Barreto

“Construir un personaje dramático es muy complejo y agotador”, señala Patricia Barreto.

Patricia añade que la empatía que genera el personaje es brutal, por más que las canciones sean en francés y la mayoría del público no entienda necesariamente las letras: “Sientes que podrías ser tú mismo. Al final, todos, como Piaf, buscamos ser amados, aceptados, y muchas veces no sabemos manejar el éxito; tenemos pasiones, adicciones, defectos. El aspecto humano de Piaf es el que más llama la atención”, afirma la actriz.

UN TEATRO A LA ALTURA DE UNA ESTRELLA

Si bien la obra fue un éxito total en 2015, en aquella versión la puesta en escena era mucho más minimalista y limitada por el espacio. Es por eso que en este retorno la idea era llevarla a un teatro más amplio, con mejor acústica, y que tuviera más cosas en común con el mundo en que vivió la cantante, el París de la primera mitad del siglo XX. “El Marsano es un teatro bellísimo, que te evoca la época con un telón rojo hermoso, un gran clima y una mística ideal”, dice Patricia.

“En primer lugar, la gran diferencia es la cantidad de personas que integran el elenco. Son básicamente los mismos personajes, pero hemos añadido seis personas más, entre cantantes, bailarines y coristas. El guion sigue siendo casi el mismo, pero, al tener más espacio, hemos magnificado las secuencias. Ahora tenemos un quinteto en vivo (antes era un trío) y, lo más importante, todo está amplificado y microfoneado (salvo en los diálogos), de manera que el sonido es espectacular”, afirma Joaquín.

Piaf

Patricia Barreto en su papel de Edith Piaf.

Quizá la evolución más significativa tiene que ver precisamente con el sonido, que en un teatro con tan buena acústica es envolvente y brinda un ambiente único a la puesta en escena. “Siendo un musical, el sonido tiene que ser lo primero”, continúa el director.

Patricia, quien perfeccionó su francés y tomó clases de canto para interpretar la voz única de Piaf, canta por primera vez a través de un micrófono, lo cual supuso un gran cambio. “Fue un reto tener dos temporadas sin micrófono, también”, afirma, “pero ahora es distinto porque, al estar mi voz amplificada, se amplifican los errores, así que hay que tener más control. Cuando me doy cuenta de que estoy cantando y oigo mi voz en el retorno… es increíble, nunca me había escuchado así. Y me tengo que creer que soy cantante; me encanta, porque me da seguridad, hace que me pueda creer más aun que soy el personaje”.

Un rato después, Patricia ha dejado de ser Patricia y es ahora Piaf, un poco jorobada, torcida, con una mirada por la que han pasado muchos años y personas y desventuras; es ella, la verdadera, y está de vuelta en casa, en el París de los cuarenta, por más que se presente en el corazón de Miraflores, a miles de kilómetros de allí.

Por Dan Lerner
Fotos de Lucero del Castillo

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