Era un día soleado, aquel 29 de julio de 1984, cuando se llevaba a cabo la boda del siglo en la Catedral de San Pablo, en Londres. El príncipe Carlos, de 32 años, y Diana Spencer, de 20, se dieron el sí ante más de tres mil invitados y 750 millones de televidentes, quienes vivieron con verdadero entusiasmo la unión del heredero al trono. Fueron más de 600 mil personas las que siguieron a los novios en su recorrido desde el Palacio de Buckingham a la Catedral.

La joven ex maestra de kinder llevaba un impresionante vestido hecho en tafetán de seda color marfil que acaparó todas las miradas alrededor del mundo. La ostentosa pieza que costó alrededor de 9 mil libras esterlinas tenía detalles bordados a mano, una cola de 25 metros y más de 10 mil perlas incrustadas. 

Lady Di llegó a la boda en un carruaje antiguo hecho de vidrio y tirado por caballos. Luego, del brazo de su padre, el conde Spencer, se encaminó hacia el altar, donde esperaba Carlos, imponente en su uniforme de gala de la marina real. Toda una boda de ensueño.

Sin embargo, lo que siguió después de la boda no fue color de rosa. El matrimonio pasó por muchos problemas, incluyendo infidelidades, los intentos de suicidio de Diana, su ascenso mediático, el divorcio en el 96, la pelea por la custodia de sus hijos, William y Harry, y la trágica muerte de la princesa en un accidente en París el 31 de agosto de 1997, cuando había rehecho su vida con el multimillonario egipcio Dodi Al Fayed. Una muerte que conmocionó al mundo y que la convirtió en uno de los personajes más carismáticos de la historia.