El tiempo convirtió en una declaración de principios un retrato de Steve Jobs captado por la fotógrafa Diana Walker en 1982.
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Jobs, cruzado de piernas sobre un tapete en el centro de la sala de su casa en California, con una taza de té en la mano y sin más muebles que una lámpara y un tocadiscos, mostraba, en la sencillez de su espacio íntimo, un contraste con lo que se espera en la vida de un millonario de 26 años. El creador de la primera computadora personal de uso masivo, la Apple II, tenía una vida doméstica parecida a la de un monje oriental.

Antes de entregarse por completo a las computadoras, en 1974 Jobs había pasado unos meses en la India, atraído por religiones contemplativas como el hinduismo y el budismo.
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Al retornar a California, el zen, la escuela japonesa del budismo, estaba en pleno auge en San Francisco, y Jobs encontró en el maestro Kobun Otogawa un guía que le permitió continuar con sus exploraciones espirituales mientras construía su imperio tecnológico y empresarial. Así, el diseño de los productos Apple se inspiró en la estética de la filosofía zen, con la belleza que se deriva de la simpleza y de la reducción máxima de elementos innecesarios. Porque la esencia solo se puede ver en la claridad.

El minimalismo japonés, aislado de la tradición religiosa, adquirió un nuevo significado en Occidente y se convirtió en un medio para ser una mejor persona. Después de la recesión de 2008 en Estados Unidos, es decir, durante la resaca del consumismo, tener menos posesiones materiales se convirtió en una elección consciente para vivir mejor. El estilo de vida minimalista se expandió gracias a blogs y tutoriales de YouTube, y hoy casi cualquier modo de vida decididamente austero puede ser llamado así.

Los ex hombres de negocios Joshua Fields Millburn y Ryan Nicodemus aparecieron en 2011 como The Minimalists, y no pararon hasta estrenar su propio documental este año; Leo Babauta, con su blog Zen Habits, publica tres veces por semana desde 2007 tips para aplicar las enseñanzas zen en la vida práctica; Dan y John, la pareja detrás del blog Minimalist Baker, comparten recetas elaboradas con diez ingredientes o menos; Rachel Jonat experimenta con la maternidad mínima en posesiones en su blog The Minimalist Mom, y todos ellos aseguran lo mismo: así tienen más tiempo para vivir de verdad. En 2015, la japonesa Marie Kondo fue seleccionada por la revista “Time” como una de las cien personas más influyentes. ¿La razón? Su libro, La magia del orden, alcanzó la categoría de bestseller por sus consejos prácticos para vivir en armonía. El método, bautizado como KonMari, se basa en un principio simple: aquella posesión que guardas (y ocupa espacio), ¿te hace feliz? En una alquimia propia de su tiempo, una combinación de filosofía oriental, feng shui y coaching, Kondo “entrena” a los lectores en el “arte de desechar”. Se empieza por lo más fácil: la ropa. Con un léxico acuñado por ella misma para ejecutar una tarea, cada prenda debe ser tocada para “sentir” su “vibración”. Solo así se obtiene la respuesta correcta. Luego se pasa a los libros, papeles, cachivaches, hasta llegar a la parte más difícil: los objetos sentimentales. Su método ha sido celebrado en todo el mundo por cumplir con lo prometido: los lectores afirman alcanzar la felicidad gracias a la liberación de lo innecesario en sus vidas.

Este año, una nueva historia mediática sobre el minimalismo llegó desde Japón.
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El minimalismo radical, como ha sido llamado, es ya una tendencia entre los japoneses urbanos. Los minimalistas radicales han decidido eliminar no solo los objetos que llenan sus muebles y estantes, sino deshacerse de los muebles mismos. Fumio Sasaki tiene 36 años y vive en un departamento de un dormitorio en Tokio. Su espacio es tan austero que sus amigos lo comparan con una sala de interrogatorio. En su clóset guarda tres camisas, cuatro pantalones y cuatro pares de medias. No tiene problemas de dinero. Por el contrario, los problemas de su vida son tan mínimos como sus posesiones. “Pasar menos tiempo limpiando o comprando significa que tengo más tiempo para estar con mis amigos, salir o viajar en mis días libres”, asegura.

minimalismo

El minimalismo radical, además de facilitar las tareas domésticas, ofrece una solución sobre un problema que en psicología se conoce como la “fatiga de decisiones”: cuantas más se debe tomar, menor será la productividad. Gurús contemporáneos del manejo eficiente del tiempo lo saben muy bien. Barack Obama y sus ternos idénticos; Mark Zuckerberg y sus polos grises; Steve Jobs y su uniforme de polos negros con cuello de tortuga, jeans y zapatillas New Balance. ¿Quién tiene tiempo de variar de atuendo cuando hay decisiones más importantes que tomar en el día?

Por Caroline Mercado

Publicado originalmente en Buenavida n° 1