EL LEGADO DE LOS BALLUMBROSIO

La leyenda dice que Amador Ballumbrosio sufrió un accidente cuando tenía apenas cuatro años y que se salvó solo de milagro. Es así como su madre Isabel entendió que Amador estaba destinado a algo grande. “A lo largo de los años este mito se fue haciendo realidad”, explica Chebo, su hijo, y desestima la importancia de precisar la exactitud de la historia. “Mi abuela Isabel era una mujer muy creyente, y cuando tú crees en algo se te da”. Pero el propio Amador parecía consciente de que le tocaba una labor importante. Chebo lo observaba de cerca: “Lo veía tan único, tan él, con algo de magia. Era diferente a los otros papás. Cómo olía, cómo caminaba, cómo te dirigía la palabra… sabías que ese hombre venía de otro lugar”.

Venía de sus antepasados africanos, que explican que sea Chebo, cuyo nombre completo es Amador Eusebio, quien lleve el nombre paterno pese a ser el tercer hijo varón, una tradición musulmana que respetaron. También venía de sus abuelos que fueron esclavos en un Perú de todas las sangres. Los Ballumbrosio pertenecen a una vida rural y convivieron con la adoración por la Virgen del Carmen y con la tradición surandina.

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Detrás: Camilo y Roberto. Delante: César y Chebo. Todos hijos de don Amador. En los años noventa fundaron el grupo musical Los Hermanos Ballumbrosio.

En su casa, doña Adelina Guadalupe confundía el nombre de sus quince hijos, pero se encargó de alimentarlos, sanarlos y dar equilibrio a todos. Fue ella, aseguran sus hijos, quien permitió a don Amador hacer lo que hizo. En esa casa de El Carmen comían primero los más pequeños y el mayor, al final, en un ritual de solidaridad que se repetía en todos los ámbitos cotidianos de la vida familiar. Pero, sobre todo, los hermanos Ballumbrosio convivieron con la música y entendieron que en ella estaba su búsqueda, su convicción y su origen. Incluso, después de la muerte de don Amador, ocurrida en junio de 2009.

Miguel Ballumbrosio ha pasado los últimos quince años entre Europa y Perú, difundiendo la música afroperuana y fusionándola con otras tradiciones. Hace diez meses regresó definitivamente a El Carmen para liderar un proyecto familiar: el Centro Cultural Amador Ballumbrosio. “Los pueblos con cultura viva necesitan un lugar donde proteger la memoria”, explica Miguel. “Aquí en el Perú los afroperuanos tenemos un legado afro, pero también andino, y queremos reafirmar esa identidad afroandina desde el mismo El Carmen. Hay muchas personas que no son conscientes de su propia historia”, asegura.

 LOS DE BELAÚNDE

“Es un momento de intensa emoción, cuando presto juramento y me incorporo a la Cámara de Diputados. Tenía treinta años de edad. Con muchos proyectos en la mente y animado con todo el caudal de mi idealismo, me propongo cumplir mi deber para con el Perú y para con la provincia que representaba, y ser consecuente con los principios que orientan mi vida”. Esto escribió Javier de Belaunde Ruiz de Somocurcio en sus memorias, tituladas “Político por vocación” (1996). Recordaba, entonces, su juramentación como diputado de la República en 1939, la primera de las cinco veces que ocuparía un escaño en representación de Arequipa. También sería ministro de Justicia durante el primer gobierno de Fernando Belaunde. 

Seguramente esas palabras resonaban en Alberto de Belaunde el día de su propia juramentación como congresista, más de siete décadas después. La coincidencia quiso que tuviera treinta años, como los tenía su abuelo. La figura de Javier de Belaunde fue fundamental en la vida del nieto, hoy congresista oficialista, y determinó sin duda su vocación política. “Mi abuelo vivía a seis cuadras de mi casa y todos los sábados iba a visitarlo”, recuerda Alberto.

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Alberto de Belaunde con sus padres, Isabel de Cárdenas y Javier de Belaunde López de Romaña.

“Yo nazco en 1947, y el uso de razón me coge con un padre que conspiraba permanentemente para hacer caer la dictadura de Odría”, recuerda Javier de Belaunde López de Romaña. “Fue víctima de persecuciones: se tiene que exiliar dentro del Perú, logra irse como administrador de una hacienda ganadera en Puno. Todo eso fue un aprendizaje del país muy importante para mí”.

Cuando en 1956 su padre fundó el Partido Demócrata Cristiano, Javier pegaba letreros con engrudo en las calles de Arequipa y acompañaba a su padre a los mítines. “Fui descubriendo el valor de lo que mi padre hacía, su compromiso por lograr un país mejor”, asegura.

LOS MÉRIDA

En los talleres de arte popular, los niños juegan donde trabajan los adultos. Así ocurrió con Edilberto Mérida Pilares y sus hermanos. Su sala de juego era el taller de su padre y de su abuelo en el barrio de San Blas, en Cusco. Sus primeros juguetes fueron piezas rotas o por terminar que los artesanos dejaban a la mano. Observaban los procesos de modelado y quemado, descubrían la pieza en el horno, y veían cómo el objeto se transformaba al pintarlo. Era como mirar un espectáculo de magia. “Y muchas veces terminábamos viendo esa misma pieza expuesta en una exhibición, o resultaba que era para regalársela a alguien importante. Esa misma pieza que vimos salir de un trozo de arcilla de nuestra casa”, recuerda Edilberto. Esas imágenes, como a la arcilla, lo moldearon.

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William, Édgar, Hubert y Edilberto continúan con el legado del maestro Edilberto Mérida Rodríguez desde San Blas, en Cusco, y desde Calca, en el Valle Sagrado.

Es el único nieto que lleva el nombre de su abuelo, Edilberto Mérida Rodríguez, uno de los principales renovadores del arte popular peruano del siglo XX. Los Mérida forman parte de un grupo de familias cusqueñas emblemáticas, que además tienen a San Blas como epicentro de su creatividad. Clanes como los Mendívil y los Olave. “Siento orgullo por llevar su nombre. Quizás sería una carga si no hubiera decidido seguir su camino, pero yo seguí con muchas ganas la línea que empezó mi abuelo y que continuó mi padre Édgar”, dice Edilberto. En su caso, esta práctica se ha encontrado ya con una formación académica, pues estudió escultura en la Facultad de Arte de la Pontificia Universidad Católica, en Lima. “He estudiado, he viajado, he tratado de buscar nuevos recursos artísticos para seguir transmitiendo lo que queremos como artistas”, dice sobre un taller que acoge ya a su tercera generación. 

La tercera generación Mérida nació en Cusco, pero creció y vivió en Lima desde la infancia. Sin embargo, nunca dejaron de añorar su niñez en San Blas y en el campo del Valle Sagrado.

 Por Rebeca Vaisman

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