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18 de abril de 2012

El camino que no se ve

Por: Carlos Yushimito del Valle. Ilustración: Lici Ramírez Ramírez.

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Cuentos para antes de dormir

El camino hacia la sierra de Collserola tiene un falso efecto sobre la gente. Me lo volvió a decir no hace mucho mi amigo Penbl, el labrador. “A menudo crees estar andando durante varias horas, cuando en realidad solo has adelantado tres o cuatro kilómetros, pero no más”. Lo mejor, en esos casos, es no pensar en el tiempo. Uno simplemente debe dejar que los caballos avancen. Y como los caballos viven fuera del tiempo, este se aburre de ellos y acaba por irse rápido. “El tiempo, en realidad, solo sirve para retrasar las cosas”, concluye Penbl. Y yo le creo. Porque viajar al Collserola mirando sus parajes altos y secos, es dejar que el tiempo se monte en los hombros de uno y no lo deje viajar.

Lo mismo iba pensando Penbl una tarde sobre el sillar de su carreta. Tenía las alforjas llenas de centeno, trigo y un par de gallinas gordas que ya no ponían más huevos. También llevaba varias cajas de huevos por las que esperaba obtener un precio razonable. Solo el pensamiento de ir y regresar rápido al pueblo lo distraía; y las horas, discretamente, se le pasaban como si estuvieran goteando sobre el camino, haciendo clap,clap,clap.

Llevaba ya un buen tiempo así, cuando, de pronto, los caballos se detuvieron.

–Tranquilos –dijo Penbl en voz baja, mirando la causa de aquel desarreglo–. Es tan solo un zorro atrevido que se irá si no le hacemos caso.

Aquel zorro tenía el pelambre más rojo que Penbl hubiera visto en su vida. Estaba sentado a menos de cien metros y no tuvo más remedio que hostigar al aire con su látigo, y el lerdo paso de la carreta volvió a arrastrarse, sujetándose a las patas de los pencos para no resbalar tierra abajo.

–Oh, quietos –dijo al rato–. Oh, oh.

Y el polvo, otra vez quieto, también suspiró. Y no hubo más ruido que el de los ecos de aquel mandato que se tragó el monte.

Esta vez a su alcance, el zorro dijo:

–Mal camino lleva usted, buen hombre.
–Amigo zorro –respondió Penbl apuntando a la cima–, hace más de diez años que hago este camino y siempre acabo allá arriba.
–Es verdad –dijo el zorro–, pero las lluvias han hecho que la ladera se debilite, de modo que, con el peso que lleva ahora mismo, lo más probable es que acabe por despeñarse. Quiero pensar que usted ha tenido mucha suerte en encontrarme. ¡Vaya que sí! Y aquí me tiene, dispuesto a aliviar su carreta, a fin de que usted pueda seguir camino por donde debe y no tenga que desviarse.
–Ja –se rió Penbl–, ya estaría bueno si aceptáramos los consejos de un zorro. ¿Darle yo mis gallinas? Jaja. ¿Y mis huevos? Jajajá…
–De todos modos los tomaré –dijo el zorro–. Solo me llevará un poco más de tiempo bajar al fondo del acantilado, donde se acaba aquel desvío, para recogerlos.
–Ya escuché lo suficiente –dijo Penbl–. Ahora, hazte a un lado, si no quieres que te aplaste con mis caballos.
Y dicho esto, hizo sonar nuevamente su látigo, y el zorro lo dejó pasar, como si su larga cola limpiara el camino.
–Ja –dijo Penbl todavía–. Creerle a un zorro…

Y esta debe ser como la quinta vez que lo oigo reírse y contarme la misma historia. Ahora que el tiempo ya no lo entretiene, todo parece importarle poco, incluso que uno le cuente que hace más de una semana que el zorro se terminó sus huevos. Para mí que Penbl debería quedarse quietecito en el fondo. Pero él solo parece interesado en llegar arriba, aunque sea por el camino que no se ve.

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