18 de abril de 2012
La escuela del futuro
Por: Javier Arévalo
¿Cómo descubrimos si la escuela a la que acuden nuestros hijos es una que los proyectará al futuro o si, por el contrario, es una de esas máquinas del tiempo que están educándolos para que sean ciudadanos del siglo que pasó?
1. En la escuela del futuro, los escolares aprenden aquello que los motiva.
En una escuela privada de Ayacucho, un adolescente de quinto año de media respondió: “Cuando salga del colegio, quiero ser cocinero”. Le pregunto: “¿Qué sabes cocinar bien?” Y él responde con seriedad: “Arroz con huevo”; y el salón ríe. “Si es verdad que la vocación de su compañero es la cocina –le digo al salón–, y si alguno de ustedes fuera dueño de un restaurante y mañana se quedara sin cocinero, ¿le darían el puesto?” “No”, responde una adolescente y añade: “Pero lo aceptaría de lavaplatos”.
La crudeza de la respuesta es la misma con que la vida recibe a nuestros hijos después de que abandonan el colegio.
¿Cómo es posible que un niño pase once años en la escuela y no haya experimentado ni logrado hacer aquello que espera hacer toda su vida?
2. En la escuela del futuro, los cuadernos están llenos con palabras que son de nuestros hijos.
La tinta, las frases y los subrayados de los que está lleno ese cuaderno por el que su hijo ha recibido una nota, ¿son de su hijo? ¿Las palabras que aparecen en su cuaderno provienen de sus propias investigaciones, ideas, conclusiones, objetivos, planteamientos, alternativas? ¿O son textos transcritos de algún libro? O, peor aún, ¿son los dictados de un profesor que pasa el tiempo desarrollando la capacidad de nuestros hijos para reproducir documentos a mano como si la imprenta, la impresora o la fotocopiadora no existieran?
En un colegio nacional del distrito de Surco, dos niños me muestran sus cuadernos. En ellos aparecen textos tachados, frases corregidas, párrafos enteros que han sido suprimidos con tachones rojos y vueltos a redactar, pero con algunas correcciones. “Son los cuadernos de un genio”, me dice el profesor; y sus alumnos ríen.
¿Por qué borronean tanto y por qué el profesor no los jala en la revisión de cuaderno? El profesor explica que esos cuadernos, tachaduras y correcciones, ponen en evidencia que sus estudiantes se han dado cuenta de algún error que inmediatamente han pasado a corregir. La corrección de un texto demuestra que el estudiante está mejorando su capacidad crítica. Por supuesto, llega un momento en que todo acaba pasado a limpio, y cuando eso ocurre, ellos se dan cuenta de que mejoran.
Hubo un tiempo en que los hombres necesitaban pasar a mano los textos de un libro a otro; luego, se inventó la imprenta. Un profesor que “dicta” y somete a sus escolares a “copiar” pierde maravillosas horas en una tarea mecánica que no produce más que aburrimiento y desencanto.
3. En la escuela del futuro, los profesores aprenden con los niños.
En Irlanda, según sostiene el periodista Andrés Oppenheimer en su libro “Cuentos chinos”, uno de los proyectos que realizaban los chicos de entre 9 y 10 años, en los años noventa, cuando la revolución educativa los llevó a dar un salto en economía y desarrollo humano, era investigar al grupo musical U2. Esta banda irlandesa era un ícono para los nativos de la isla, e investigarla suponía estudiar sus letras, descubrir qué había de contenido social e histórico en ellas, cómo se podía organizar un concierto, cuánto dinero se necesitaba para contratarlos, pagar el escenario, vender las entradas y hacer la publicidad.
Los niños, acompañados de los profesores de todas las áreas, se daban a la tarea de entrevistar desde promotores de música, hasta estudiantes de Literatura que analizaran y explicaran las letras del grupo. El resultado –que les llevaba dos meses– era un libro con informes redactados por los estudiantes, que luego, por grupos, se exponían en clase. Los chicos, a los diez años, no solo descubrían que una banda de rock podía ser parte de su historia nacional: lo más importante es que estaban teóricamente preparados –y lo sabían– para organizar el concierto de una megabanda.
La escuela del futuro forma a un niño para que sea capaz de ver el futuro, porque desarrolla su imaginación. De recrearlo, porque impulsa su actitud crítica. De transformarlo, porque todo le ha demostrado que es capaz.