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12 de julio de 2012

Beto Ortiz: “He sobrevivido”

Por: Mariano Olivera La Rosa.

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Entrevista a unas cuatro personas al día en el noticiero matutino “Abre los ojos” y acaba de estrenarse como conductor de “El valor de la verdad”, que se emite los sábados a las once de la noche por Frecuencia Latina. Como está al mando de un programa donde no mentir es el único requisito para alcanzar la gloria, le proponemos decirnos la verdad. Toda la verdad. Y no nos defrauda.

Son las cinco de la tarde y Beto no ha almorzado. A estas alturas, es casi normal que no lo haya hecho. Se levanta a las cuatro de la mañana, llega al canal antes de las cinco y termina el noticiero a las nueve y treinta. Por la tarde, regresa al canal para grabar de porrazo la primera temporada de “El valor de la verdad”. Tres horas diarias. Salvo hoy, que toca entrevista larga y sesión de fotos para la posteridad. Pero antes, una sopa criolla y una copa de tinto. La espera y el hambre comienzan a distraerse con la primera pregunta.

–Queda la sensación de que te autoexiliaste por razones políticas.
–Yo me fui del Perú por motivos personales. Fue una época en que todo me salió mal. Tenía que desaparecer. Llegué a un punto de no retorno, a una debacle personal.

–Había depresión de por medio.
–Sí, fuerte.
–¿El único episodio que has tenido?
–El peor. Tampoco es que tenga un alma vallejiana y ande todo el tiempo melancólico. He tenido mis momentos, pero ese fue el desbarrancamiento mayor.

–La madrugada del 4 de octubre de 2006, regresas del exilio. En lugar de familiares y amigos, te espera la policía, y en lugar de ir a tu casa a dormir, te llevan a la Cuarta Sala Penal Especial de Miraflores para responder a más de cuatro horas de interrogatorio. ¿En ese rato no te arrepentiste un poco de haber regresado?
–No, me moría de ganas de volver. Mi madre estaba ya muy enferma –falleció en enero de 2008 a causa del Alzheimer–. Mi mayor temor era no regresar a tiempo para verla.

–Al volver, ya no te reconoció.
–No, pero ya sabía lo que me esperaba. Me iba dando cuenta por el teléfono, por las fotos… Llegó un momento en que las conversaciones telefónicas se hicieron imposibles, hasta el punto de que ya no me hablaba nada.

–¿Cómo fue ese reencuentro?
–Fue hermoso. Mi mamá podía estar inconsciente, en estado de coma, con un respirador, pero seguía siendo mi mamá. Lo que me hizo sufrir fue la sensación de que al haber hecho yo las cosas tan mal también la había afectado a ella; que mi torpeza para administrar mi vida y mi éxito podía haber tenido como efecto secundario hacerle daño. Si juegas mal tus cartas y te arruinas solo, bueno, pues, jódete; pero ¿afectar a tus padres? Soy hijo único, ya estaba bastante establecido que yo me encargaba de ellos, entonces, al desbarrancarme, de alguna manera los jalaba para abajo. Pero, al mismo tiempo, esa rabia, esa culpa o esa frustración eran un estímulo para seguir peleando. Fue una época dura, la más difícil de mi vida, sin duda.

–¿Una época que prefieres no recordar?
–Al contrario, me gusta recordarla. Creo que estoy un poco orgulloso de haber sobrevivido, de no haber tirado la toalla… hubo momentos en que provocaba, porque me fui a la nada.

–Pero nunca has tenido un impulso suicida.
–No, ni siquiera en los peores momentos se me ha pasado por la cabeza. Creo que suicidarte es mentarte la madre a ti mismo. Si piensas todo el trabajo que has costado… En mi caso, mi vieja se casó bastante mayor, intentó como tres o cuatro veces tener hijos y le costó. Entonces, el suicidio me parece…

–Una falta de respeto.
–Totalmente. No hay derecho. No juzgo a los que lo hacen, pero la gente que dice que hay que ser muy valiente para matarse… no sé, ah, creo que hay que ser más valiente para quedarse.

“No me atraen los gays”

–Hace poco, la Municipalidad de Lima tuvo la torpeza de publicar un comunicado en el que se trazaba la consigna de erradicar del centro de Lima a la “gente de mal vivir”, léase, “delincuentes, ebrios, drogadictos, meretrices y homosexuales”.
–Aun siendo como es, Lima se ha vuelto una ciudad bastante más respirable que hace 25 años, porque la gente se cuida de ser homofóbica; se ve mal, lo cual no quiere decir que no lo sea. Estoy seguro de que un montón de invitados que van al programa y me felicitan, cuando hablan de mí, dicen “el cabro de Beto Ortiz”, que es lo primero que hay que decir para marcar distancia. Donde sí ha cambiado la mentalidad es en la gente más joven. Observo con cierta envidia cómo los chicos de 20 años se relacionan con sus amigos gays de una manera totalmente saludable. En mi época, era impensable; si eras gay, eras el apestado. Me ha tocado ir a discotecas donde había que decir claves para ingresar o tenías que entrar por la puerta falsa, lo cual se prestaba a una serie de bromas. Había una discoteca llamada La Espalda, porque entrabas por atrás. Un lugar gay no podía tener puerta a la calle o un letrero en la fachada, y no podías exhibirte afuera; había que esconderse en las catacumbas.

–Ahora incluso puedes encontrar pareja por internet.
–Sí, pero ligar por internet es demasiado utilitario. En Estados Unidos llega a un nivel de deshumanización digno de una película de terror. Te encuentras con gente que te cita, llegas al lugar, le dices “hola, me llamo Beto” y te responden “I’m not into talking”.
–¿Has experimentado esa clase de encuentros?
–Claro. Creo que he probado un poco de todo, no me he privado de lo que me ha dado curiosidad. Cuando vivía en Estados Unidos, mis niveles de soledad eran tan grandes que he tenido novios nepaleses, egipcios, marroquís; novios chinos que no hablaban inglés…

La historia completa en la edición 497.

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