26 de julio de 2012
Entrevista a Michael Phelps- Soy leyenda
Por: Duncan White.
Está a un paso de lograr la increíble hazaña de obtener 18 medallas de oro y convertirse así en el atleta más triunfador en la historia de los Juegos Olímpicos. Metódico, sacrificado y ambicioso, el nadador estadounidense será sin duda la máxima estrella de la fiesta deportiva en Londres.
A través de la ceguera, Michael Phelps persigue la perspicacia. El más grande atleta en la historia de los Juegos Olímpicos visualiza la carrera ideal antes de ir a dormir cada noche, un riguroso ejercicio mental en el que se imagina deslizándose por el agua en tiempo real, brazada tras brazada, descifrando los íntimos ritmos de la competencia perfecta.

Cada noche, Phelps nada en la oscuridad. Y luego hace lo mismo en la piscina, nadando con una venda en los ojos. “Tengo unos goggles (lentes para nadar) que están pintados de negro”, dice Phelps, quien de esta manera, cada vez que nada tiene que confiar en su intuición para dar la vuelta antes de chocar contra la pared.
“Lo hago para poder sentir realmente cada brazada que doy. Es raro, por supuesto, pero quiero estar literalmente listo para cualquier cosa que se interponga en mi camino. No quiero abandonar nunca esa zona de confort”.

Esto es “natación zen”, pero tiene sus raíces en asuntos bastante terrenales. En Beijing, la cruzada de Phelps por ocho medallas de oro estuvo a punto de estropearse cuando sus goggles se llenaron de agua durante la final de los 200 metros estilo mariposa. Pero no hubo pánico: él estaba preparado. Phelps no solo ganó la carrera, sino que rompió la marca mundial en esa prueba. “Si no hubiera estado preparado para todo lo que puede ocurrir, cuando mis goggles empezaron a llenarse de agua, probablemente habría enloquecido. Por eso nado en la oscuridad”.
Phelps empezó a visualizar el nado perfecto cuando tenía 12 años. Él había comenzado a nadar para su cautivador y demandante coach, Bob Bowman, quien buscaba encontrar una manera para que su “protegido” pudiera dominar sus excesos de energía.
Antes de acostarse, Debbie, la madre de Phelps, solía entrar a su habitación para decirle que relaje poco a poco su cuerpo, hasta alcanzar un estado perfecto para la meditación. En ese momento, siguiendo las instrucciones de Bowman, el nadador empezaba a “ver la película” dentro de su cabeza.
Era una película que Phelps dejó de ver después de Beijing. Perdió su motivación para meterse a la piscina. Se pasó, en sus propias palabras, “tres años sin hacer mucho”, antes de recuperar el foco un año atrás. Ahora está haciendo otra vez las mismas rutinas del pasado, preparando su cuerpo y su mente para el asalto final en los Juegos Olímpicos de Londres.
Un récord insuperable

Su objetivo es acumular la mayor cantidad de medallas olímpicas conseguidas por un solo atleta en la historia. Hasta el momento tiene 16, solo una debacle espectacular en Londres impediría que supere las 18 medallas logradas por la gimnasta soviética Laris Latynina, quien compitió por última vez en los Juegos Olímpicos de Tokio en 1964.
Para la mayoría de atletas, fijarse esta clase de objetivos es una locura. Pero Phelps, naturalmente, no es un atleta ordinario.
“A lo largo de mi carrera nadie ha sido capaz de interponerse en mi camino. He pasado por altibajos, pero nadie va a poner un límite a lo que hago. Voy a hacer lo que quiero, cuando quiera. Así es como siempre he trabajado. Si quiero algo, voy y lo obtengo. Me siento confiado. Desde el verano pasado me siento muy feliz, y hacía mucho tiempo que no me sentía así. Cuando estoy en el agua, me siento feliz. Probablemente ahora estoy haciendo cosas que no quería hacer o simplemente no hice durante los últimos tres años. Ahora hago cosas en los entrenamientos que probablemente antes no hubiera hecho”.
El regreso a los viejos métodos ha llegado con un retorno a sus lugares predilectos. Para su preparación para Beijing, Phelps y Bowman se mudaron a las instalaciones de la Universidad de Michigan en Ann Arbor. Ahora está de vuelta en Meadowbrook, la piscina donde todo comenzó para él. Está enclavada en Mount Washington, un pintoresco suburbio ubicado al norte de su ciudad natal, Baltimore.
Cuando visito el edificio, está lleno de niños bulliciosos, que entran y salen de sus lecciones en la Escuela de Natación de Michael Phelps. Hay una piscina cubierta de cincuenta metros y otra en el exterior, del mismo tamaño, que fue construida en 1930. No se trata, sin duda, de la base de entrenamiento que uno asociaría con un atleta que recibe más de cinco millones de dólares al año en auspicios. Hay una pista, sin embargo, que está oculta bajo unos cobertores: lo que Phelps y su entrenador llaman una “piscina infinita”, un artilugio del tamaño de un jacuzzi que empuja el agua hacia el atleta como si se tratara de una cinta rodante acuática y que ha sido construido especialmente para que el nadador practique el estilo mariposa. Phelps le ha instalado un parlante especial para escuchar sus canciones favoritas de hip hop mientras nada.
La historia completa en la edición 498.