facebook twitter youtube

regresar

12 de julio de 2012

Mónica Sánchez sabe disfrutar

Por: Gabriel Gargurevich Pazos.

COMPARTIR
compartir en twitter compartir por mail
Tamaño de letra
pequeño medio grande
Imprimir

Así como su vocación de ayudar a los demás. Por eso, este año, aceptó feliz ser la imagen de la campaña Buena Onda del Unicef, institución a la cual representa, y de la cual es embajadora en nuestro país. Pero ¿qué más le genera placer a una de nuestras actrices más importantes? Aquí ella nos lo cuenta y sin ningún pudor.

Luego de identificarme, un portón inmenso, metálico, plomo, pesado, se abre lentamente. Cruzo el estacionamiento del estudio televisivo, que logro divisar por un cartelito iluminado que dice: “Grabando”. Es de noche y ahí, entre los autos, reina el silencio. Un robusto señor con cara de ogro se despierta, se levanta de unas sillas ubicadas en una esquina que parece un depósito repleto de utilería inservible. Con tres celulares en la mano me mira con odio. Vuelvo a identificarme, realiza las llamadas correspondientes, haciendo malabares con los teléfonos, ensaya una sonrisa y me dice que puedo pasar. Me siento como Tom Cruise en la película de Kubrick, “Ojos bien cerrados”, donde consigue colarse a una fiesta clandestina que resulta ser una orgía sofisticada. Pero ahí dentro, en la mansión de los Maldini, se encuentra todo el elenco de “Al fondo hay sitio”, grabando desde las seis y treinta de la mañana. Son las siete de la noche y lo único que quieren hacer es largarse lo antes posible a sus casas.

Charito (Mónica Sánchez) está llorando y “Platanazo” (Christian Thorsen) le clava las garras, abrazándola por detrás. Fernanda de las Casas Picasso (Nataniel Sánchez) ha anunciado que no se quiere casar con su novio, Joel González Flores (Érick Elera), quien hace del hijo de Charito. Así que todos los personajes expresan su desconcierto de diferentes maneras. Charito (Mónica) llora. La escena termina y Mónica sigue llorando. Christian la suelta y Mónica sale corriendo. Me ve ahí parado, donde las luces de los reflectores no llegan, me saluda con una sonrisa y dice que no aguanta más los tacos ni el vestido negro –que la hace parecer una vampiresa venida a menos–, que si fuese por ella viviría en pijama, en buzo, todo el día. Entonces, pienso que quizá sus lágrimas fueron de verdad, por la incomodidad que le generan los zapatos y el vestido; me dice que se va a cambiar y que en cinco minutos nos encontramos en la cafetería.
Marco Zunino, que hace de Leonardo en la serie, también sale, decidido, de la sala de los Maldini. Le digo que está bien “enternado” y él me responde: “Será bien internado”.

Los camerinos están en un pasadizo oscuro que desemboca a la cafetería, donde estoy sentado en una mesa. Los actores y actrices salen disparados, como si fuesen pacientes de un hospital psiquiátrico a los que han dado de alta. Se despiden con una sonrisa, pero sus miradas me dicen que están realmente fatigados. Como Mónica, que llega, en buzo y zapatillas, y se sienta frente a mí. Poco a poco, el barullo va disminuyendo y así, cuando reina el silencio, es más fácil iniciar la conversación.

En un jacuzzi. En un jacuzzi, una buena copa de vino y su cama. En eso pensaba mientras se grababan los últimos minutos de la escena final del día. “¡Ah, y en unos masajes!”. Pero enseguida me dice que todo el esfuerzo valió la pena porque “las escenas quedaron bien bonitas”. Y le creo. Con esa sonrisa en su rostro ladeado, es imposible no hacerlo.

Descubrir la maravilla cada día, así como afirmar su “vocación de servicio natural a los demás” es algo en lo que viene trabajando desde hace cuatro años, aproximadamente, con la ayuda del “coaching emocional”, “un espacio que me abrió puertas y ventanas maravillosas dentro de mi propia existencia. Ahora me permito más el placer en general”. Más adelante, me explicará, en detalle, a qué se refiere.

Una mujer libre

“Yo soy hombre, yo soy hombre”, le decía a su madre cuando era pequeña. El hecho de haber crecido rodeada de cinco hermanos varones le hizo sentirse diferente a las demás niñas de su entorno. Le era más fácil entender a los chicos que a las chicas. Sus primeros grandes amigos fueron hombres y con ellos jugaba tiros al arco o volteaba ollas y sillas, improvisando una batería e imaginándose parte de una banda de rock. ¿Incineró insectos con una lupa? “¡Jamás!

La historia completa en la edición 497.

Últimas publicaciones

Comentarios