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07 de marzo de 2012

Roberto Meza - Querido profesor

Por: Gabriel Gargurevich Pazos / Foto de Kirfa Lens

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La escuela de tabla Olas Perú, la más antigua de América Latina, acaba de cumplir veinte años de fundada. Su director ha enseñado a cuarenta mil tablistas, entre los que se encuentra Sofía Mulánovich. Su vida, dentro y fuera del mar, está repleta de adrenalina y milagros.

Miércoles, ocho de la mañana. Playa Makaha. Estoy buscando a Roberto Meza, más conocido como “Muelas”. Su escuela de tabla Olas Perú acaba de cumplir veinte años de creada, lo que la convierte en la más antigua de América Latina. Encontrar a Roberto no resulta fácil ante la cantidad de toldos con softboards apiñados y jóvenes bronceados que anuncian clases de tabla al paso o el alquiler de tablas, como si fuesen “jaladores” de las tiendas del Jirón de la Unión. No hay que dejarse aturdir, sino seguir caminando por el malecón hasta encontrar la camioneta con el rótulo “Escuela de tabla Olas Perú: 20 años formando campeones para la vida”.

El espíritu que transmite Roberto al darte la mano es el de un eterno adolescente, vigoroso, a sus 43 años. Esto, por la franca sonrisa y los ojos achinados que encienden un rostro surcado por una vida de sol implacable. En el Perú, hay ochenta mil tablistas aproximadamente, de los cuales cuarenta mil han sido alumnos de “Muelas”.

–Es increíble cómo han proliferado las escuelas de tabla –le comento.
–Sí, pero hay gente que nace para enseñar y otra que no –acota, parado a mi lado, mirando el horizonte marítimo–. En todo caso, me parece bien porque se está formalizando la enseñanza. –Sus ojos chinos me miran de lado y continúa–: Al principio, mis amigos no me creían, me decían: “¿Vas a vivir de una escuela de tabla?”. Pero yo aposté por eso.

Todo empezó un 5 de enero de 1992 en Punta Hermosa, cuando la señora Inés Aljovín de Mulánovich tocó la puerta de la casa de Roberto y le pidió que le enseñara a correr tabla a su pequeña hija Sofía. En ese entonces, Roberto era campeón nacional y un año antes había ganado un campeonato en Chile y otro en Ecuador, lo que lo convirtió en campeón del Pacífico Sur.

–Herbert, el papá de Sofía, corría tabla, pero no tenía el tiempo para enseñarle a su hija –cuenta Roberto mientras observa cómo algunos de sus alumnos, que tienen entre 7 y 14 años, en promedio, entran al mar acompañados de los instructores–.

La cosa es que la mamá de Sofía me dijo: “Tú eres la persona idónea para enseñarle, ¡tú eres el hombre! Eres un buen chico, ¡te pago cincuenta dólares por clase!”. Así que Roberto pensó: “Bueno, probaré, nada pierdo”. Al día siguiente, el flamante maestro decidía cuál era el mejor momento para entrar al mar de Punta Hermosa con Sofía. Los chiquillos del balneario, quienes no se habían perdido un segundo de la escena, rodearon a “Muelas”, quien se encontró en una situación inesperada: todos demandaban a gritos ser su alumno. En dos semanas, su clase ya tenía veinte. Entre ellos se encontraban los hoy reconocidos tablistas Ignacio Bedoya, Joaquín y Gerónimo Castagnetto, Matías Mulánovich –hermano de Sofía– y Tony Pedraglio. Más adelante, los seguirían Cristóbal de Col, Carlos Mario Zapata, Gabriel Villarán, Salvador Voysest, Gabriel Aramburú, José “Jarita” Gómez y su hermana Analí, Martín Jerí Jr., Miguel Tudela, Sebastián Alarcón, los hermanos Sebastián y Alonso Correa, Lucca Saldívar, entre muchos otros campeones del surfing moderno. En esa época, tenía una vieja camioneta amarilla Volkswagen Kombi que le servía para ir a La Puntilla o a Cerro Azul, donde se realizaron las primeras clases.

–Verlos contentos es la máxima motivación. –Entonces, delante de nosotros, pasa un niño un tanto subido de peso que recién sale del mar, y Roberto interrumpe nuestra conversación para alentarlo: “¡Muy bien lo has hecho!, ¡te felicito!, ¡ahora sí!, ¡a cumplir los sueños, ¿ah?!”. Luego, sigue: “Pero cuando los niños que han tenido más problemas para aprender consiguen su objetivo, la motivación es mayor. El surfing es todo un reto. Los psicólogos dicen que ayuda a tomar decisiones rápidamente”.

Roberto le ha enseñado a correr olas al hijo del reconocido psicoanalista Jorge Bruce. Un día, el profesor le dijo al terapeuta: “¿Cuándo me vas a subir al diván?”. Bruce respondió: “¡Pero si lo que tú haces ya es una terapia!”. Es así que empieza a trabajar con los colegios Cambridge, Markham, Roosevelt, y Franco Peruano. Hoy, también trabaja con el Humboldt.

–¡Hasta a los sobrinos de Humala les he enseñado! Cuando Roberto tenía 5 años, por querer ver unos cachorritos, se cayó de cabeza del segundo piso de su casa en Miraflores al patio de la casa vecina. –A los meses me recuperé del coma. Un alumno de unos ocho años se le acerca, mojado, para estrecharle la mano. Roberto sale de sus recuerdos para atenderlo: “¿Cómo te dije que hay que saludar? Sí, mirando a los ojos, claro. A ver, de nuevo… Eso…”, y sacude el pelo del niño. Luego, continúa: “La vaina es que aprendí a leer recién a los 10 años porque el accidente me había afectado un nervio del aprendizaje… Al salir del coma, los doctores no sabían cuándo iba a volver a la normalidad. A veces, en el barrio jugábamos fútbol y de pronto cambiaba el chip y, ¡zas!, me ponía del lado del equipo rival. Los de mi equipo me querían matar y decían que estaba loco, pero mi hermano mayor, Ricardo, siempre me defendía. Me decían ‘Teto’ porque era medio sonsito”.

Una vez, su madre, Charo, lo llevó a un grupo de oración en Huaraz. Una noche, el pequeño Roberto fue deslumbrado por una aureola que apareció en el cielo. Al verla, Roberto sintió paz. Al llegar a Lima, Roberto cogió un diario y recuerda que consiguió entender lo que leía. “¡Puedo leer!”, exclamó. “Fue un milagro, definitivamente”. –A pesar de que desde los 18 hasta los 33 años me alejé de Dios, siempre estuvo el amor hacia él, presente pero dormido… –Un grupo de niños está calentando para entrar al mar con el preparador físico–.

Tenía una empresa ya constituida –la escuela de tabla–, casa propia, autos, chicas y hasta había probado algunas drogas. En realidad, probé de todo. Pero sentía un vacío y me dije que mejor debía probar a Dios, Hoy, Roberto es capellán del movimiento mundial Christian Surfers, “un puente entre la gente que corre olas y las iglesias cristianas locales”. Se acaba de casar con Silvana Pastorelli, con quien vive en San Bartolo. No tiene hijos –“¡estamos trabajando en ello!”–, pero siente que sus alumnos lo son un poco.

Roberto, que en 1999 viajó a Australia y se graduó como instructor de tabla y siguió cursos de salvataje, primeros auxilios y rescate, ahora cuenta con su cuartel de operaciones en Punta Hermosa, gracias al apoyo del alcalde de ese distrito, quien hace 17 años le donó un terreno a su escuela. “Muelas”, el que se paró en una tabla a los 8 años al primer intento, aunque esta estaba al revés, “¡con las quillas para arriba!”, se ofrece a darme una clase gratis. Le pregunto si no estoy un poco viejo para ello. “Nunca es tarde para ser mejor persona”, me responde dándome un apretón de manos y mirándome directamente a los ojos.

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