14 de junio de 2012
Sabina de Szyszlo – Lecciones de buen gusto
Por: Gabriel Gargurevich Pazos.
Dice que en la vida las cosas se aprenden mejor con la práctica. Quizá por eso odió estudiar en el colegio y luego en el instituto de cocina. Lo admite: siempre sido un poco rebelde. La nieta de Fernando de Szyszlo nos cuenta su historia de éxito en torno a la pastelería.
Así que ahí se encontraba, nuevamente, orbitando en la cocina de su casa, esperando a que la empleada de servicio se distrajera para, ¡zas!, coger una cebolla entera y devorarla como si fuera una manzana. A los 4 años, Sabina de Szyszlo también engullía rabanitos crudos y, a veces, carne molida, así, sin cocinar: “Siempre he sido bien tragoncita”.
Odiaba el colegio, “era medio rebelde”, no se ubicaba. Tampoco sentía que era buena para el francés, que era parte del currículo. En realidad –reconoce– nunca fue buena para ningún idioma: “Hace poco fui con mi mejor amiga a Tailandia, Bali y Camboya. Conocimos gente de todo el mundo. Me hice amiga de un francés, y cuando conversaba con él yo mezclaba el inglés con el francés, ¡horrible! Pero, al final, siempre sobrevivo”. Para ella, todo en la vida se aprende con la práctica, “y sin presión; si no, me bloqueo”.

Entró a Le Cordon Bleu Perú en el 2006, para estudiar cocina, pero a partir del segundo ciclo todo se volvió imposible para ella. En los exámenes parciales llegaba un momento en que se desesperaba y “tiraba todo”, y le rogaba al compañero de al lado que le regalara, por ejemplo, una papa horneada. Para la prueba final del tercer ciclo, le pidieron inventar un plato con “interiores”, como mollejas, riñones, “cualquier cosa que elijas de esas menudencias”, con ají y papas. Entonces, con sus compañeros de grupo, preparó ravioles rellenos de papas. El profesor los destrozó. Les dijo: “¿Qué es esto?”. Entonces decidió dejar de sufrir y se cambió a pastelería, “más tranquilo, otro ritmo”.
Meses antes de graduarse, en el 2008, consiguió unas prácticas en La Bonbonniere, el restaurante de Marisa Guiulfo. Ahí trabajó de la mano del chef Hernán Ramírez y conoció a Romina Cockburn, de quien se hizo amiga. Cuando llegó mayo, Romina le propuso hacer tortas para venderlas por el Día de la Madre. Trabajaron con masa elástica –ideal para hacer decoraciones en postres–, y las ofrecieron, vía e-mail, a sus amigos. El resultado fue un pedido de cincuenta tortas, que hornearon, sin descanso y casi sin dormir. En junio, para el Día del Padre, repitieron la jugada. Entonces, cayeron en la cuenta de que el negocio iba en serio. Decidieron ponerle un nombre a la empresa: La Dulciteca.
Cuando terminó la carrera en Le Cordon Bleu Perú, en julio del 2008, su abuelo, el artista Fernando de Szyszlo le ofreció comprarle…
La historia completa en la edición 495.