Una tarde, cuando era solo un chico, Manongo Mujica (65 años) jugaba en el jardín de su casa, en silencio. De pronto, la sombra de su padre iba apareciendo, cada vez más cerca, pintada sobre el pasto. El silencio se quebró con la voz del hombre invitándolo a caminar con él. “Empezamos a andar en silencio, subimos y bajamos una montaña, y luego de una hora me regresó al sitio en donde me había encontrado jugando”, cuenta. Nunca antes habían caminado juntos. “Yo sentí la necesidad de mi padre de compartir algo conmigo, pero sin palabras, y esos son los momentos que quiero vivir con mis nietos, momentos sin palabras. Para mí, ese fue un acto de abuelo”, expone. La conexión que se ha creado entre Manongo y sus nietos, aquella que trasciende cuerpo y mente, se basa en ese silencio que a su vez ha sabido cómo despertar los sonidos más viscerales de un músico que encontró en el sonido del mar su razón de ser: buscar el sonido de la respiración de la marea.img_9765manongo

 

¿Cuándo apareció su primera conexión con el silencio?
De chico pasaba mucho tiempo solo en la playa Cantolao, pero hubo un día en que el sonido de la ola arrastrando las piedras, yéndose y viniendo, me conmocionó mucho. Desde ese momento supe que tenía que dedicarme a encontrar el sonido de la respiración del mar. Él me ha enseñado la relación entre la música y la respiración, y que la música parte del silencio. La mejor música es la que respira, la que fluye.

¿Se subestima el silencio?
Muchísimo. El silencio ha desaparecido. Cuando regresé de Europa hace unos años, empecé a viajar por el Perú para encontrar ese silencio tan íntimo que había descubierto de niño en viajes con mi padre. Encontré lo que años más tarde llamé el “paisaje sonoro”, un estado interior en el que la circunstancia externa no es la que debe primar, sino la forma en la que uno se abre para recibir la realidad externa como música.

¿La relación con sus nietos está atravesada por la música?
Sin duda. Hace un tiempo, Noah me pidió que le enseñara un grupo de rock y vimos juntos una película de The Beatles. Lo marcó. Tanto que el otro día me preguntó, con profunda tristeza, por qué se separaron. Con Nerea, más bien, he compartido la pintura. Salvador, que es el más pequeño, me ha movilizado a buscar el tono de la sensación que él genera en mí. La calidez y la sensación de felicidad es algo que el músico necesita expresar. Quizá uno empieza a ser más humilde cuando está tocado por la gracia de ser abuelo, que es como un estado de poesía.

Por Ailen Pérez
Fotos de Maricé Castañeda

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