A dos décadas de su muerte, el recuerdo de la princesa Diana sigue sorprendentemente vivo. Especiales de televisión, documentales y ediciones conmemorativas de revistas han traído la imagen de la princesa a una nueva generación; y para quienes siguieron los detalles de su vida y su trágica muerte, este aniversario es una nueva oportunidad para reflexionar sobre su extraordinario legado.

Por Manuel Santelices / Francisca Olivares / Bernardita Cruz

El 29 de julio de 1981, con veinte años recién cumplidos, Diana ingresó a la Catedral de Saint Paul para casarse con el príncipe Charles.

Diana cambió para siempre los mundos de la prensa, la celebridad y la monarquía. Para bien o para mal, abrió puertas que luego no pudieron ser cerradas, y la Corona se vio obligada a abandonar el estoicismo, la discreción y la frialdad que hasta entonces la habían caracterizado, y reemplazarlos por calidez, apertura y franqueza.

Diana no solo modernizó la monarquía, sino que la transformó profundamente y, con el poco tiempo que tuvo para hacerlo, preparó a sus dos hijos para que cumplieran con las responsabilidades de sus cargos en la forma más humana y solidaria posible, haciéndoles entender que el mundo llegaba mucho más allá de las rejas del Palacio de Buckingham. En un reciente programa especial de HBO dedicado a la memoria de la princesa, William y Harry recuerdan cómo su madre los llevó desde niños a visitar a las personas sin hogar, a los enfermos y los más desposeídos, una tradición que ellos han continuado con genuina pasión y entusiasmo.

“Ella aportaba aire fresco a todo lo que hacía”, recuerda William. En la foto, aparece junto a su madre y su hermano Harry.

Lo de Diana fue una revolución, algo que nadie hubiera esperado de la joven de veinte años que, en julio de 1981, ante una audiencia televisiva de casi 750 millones de espectadores, entró a la Catedral de St. Paul de Londres para contraer matrimonio con Charles, príncipe de Gales. Diana provenía de una de las familias más nobles de Inglaterra y, como Charles, era también descendiente de James I, el primer rey Estuardo. Además, era la primera inglesa en casarse con un heredero al trono en trescientos años, terminando con una larga tradición de convenientes matrimonios destinados, en parte, a conservar lazos geopolíticos, alianzas de sangre y proveer los herederos adecuados.

La princesa parecía la novia ideal, al menos en el papel. Escondida debajo del enorme velo de su traje de novia se encontraba una mujer dulce e inocente que, como exigía Buckingham por entonces, había sido sometida a pruebas para confirmar su virginidad.

Diana junto a su hijo menor, Harry, quien nació en 1984.

Como todos sabemos a estas alturas, el cuento de hadas prometido no llegó nunca. Charles, enamorado desde hacía años de Camilla Parker-Bowles, contrajo matrimonio con Diana más por obligación que por amor, y en cuanto terminó su muy publicitada luna de miel, la dejó ahí, abandonada en su enorme palacio, a las órdenes de la severa burocracia monárquica. Como defensa, la princesa usó sus armas más poderosas: encanto y empatía naturales. En poco tiempo se convirtió en la gran estrella de la monarquía, un rol que el resto de los miembros de la familia observó con desconfianza y, en ocasiones, hasta con abierta molestia.

Diana supo crear una narrativa de su existencia que poco a poco se transformó en una apasionante teleserie, con intrigas, secretos, escándalos, romances e infidelidades; con ella como gran protagonista. Su estilo también fue cambiando con el tiempo, haciéndose más refinado y maduro, lo que la llevó a ser elevada al estatus de ícono de la moda.

El romance de Diana y Dodi Al-Fayed se convirtió en el gran escándalo del verano europeo de 1997.

Sin poder hablar abiertamente sobre sus dramas, la princesa usó el poder de la imagen para transmitir su mensaje. Su tristeza es obvia en fotografías que la muestran en elegantes cenas de Estado o actos oficiales junto a su marido, sentados uno junto al otro, pero a un mundo de distancia, sin hablar ni sonreírse, ella con los ojos lánguidos de tedio y soledad.

A fines de los ochenta, la vida amorosa de Diana tomó un nuevo giro con la aparición
del oficial de caballería
James Hewitt, que jugaba al polo con Charles.

La separación definitiva llegó en medio de un huracán de portadas y notas en tabloides, y le dio a la princesa dos regalos: libertad y oportunidad de una venganza. Ella usó ambas con gran gusto. Concedió una famosa entrevista a la BBC en la que dijo: “Había tres personas en mi matrimonio”; y luego se reinventó a sí misma como una glamorosa figura internacional con intenso interés por los problemas humanitarios. Su fama siguió creciendo, al extremo de convertirse en la mujer más fotografiada del planeta. El voraz apetito de la prensa y el público por todo lo que tuviera que ver con ella desencadenó una persecución sin precedentes, mucho mayor de la que padecieron Jackie Kennedy o Greta Garbo, en sus respectivas épocas, y que se debió no solo a la fama de la princesa, sino, más importante aún, al vertiginoso ritmo de la industria de la celebridad moderna.

Su último romance, con un playboy multimillonario musulmán, elevó las apuestas al máximo, y su vida se convirtió en una carrera que terminó, trágicamente, con el accidente en París, su cuerpo inconsciente al interior de un Mercedes-Benz destrozado, y los paparazzi aprovechando la última oportunidad que tuvieron para lanzar sus flashes sobre ella.

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