La princesa Irene de Grecia y Dinamarca, conocida por su dedicación a causas benéficas y su pasión por las artes escénicas, ha muerto este viernes en la capital española a los 83 años, tras una existencia marcada por el exilio familiar y una profunda inclinación por las tradiciones espirituales asiáticas
Por: Alessia Carboni
El deceso ocurrió en Madrid, donde residía desde hace décadas, aunque sin un rol protocolario formal en el país. Nacida en 1942 en una ciudad costera de Sudáfrica durante el forzoso alejamiento de su linaje real heleno debido a conflictos bélicos en Europa, Irene era la hermana menor de la reina emérita Sofía de España.
Su partida se produce en un contexto de salud delicada en sus últimos años, influida por problemas cognitivos, y deja un legado centrado en promover la armonía global a través de iniciativas solidarias. Fuentes cercanas a la familia real confirmaron el hecho, sin detallar causas específicas más allá de su avanzada edad.

La princesa Irene de Grecia dejó un legado de humildad y dedicación, viviendo en silencio junto a su hermana Sofía en Madrid durante décadas de complicidad familiar.
Orígenes Familiares
Irene creció en un entorno de inestabilidad política que obligó a su clan a vagar por varios países antes de asentarse. Hija del rey Pablo de Grecia y la reina Federica, experimentó de niña las turbulencias de la monarquía helena, que incluyeron periodos de destitución y restauración. Esta herencia la moldeó hacia una visión del mundo más introspectiva, alejada de los reflectores públicos.
En su juventud, se formó en interpretación musical bajo la tutela de una renombrada artista griega y presentó su primer recital en un prestigioso auditorio británico en 1969, enfocándose en compositores clásicos como Johann Sebastian Bach. Compartía con su hermana Sofía una admiración por figuras destacadas de la escena orquestal, como un famoso violinista y director de origen judío y un virtuoso del chelo ruso, cuyas pérdidas impactaron profundamente en ambas.

Inspirada por filosofías orientales tras estancias en India, Irene abrazó la espiritualidad austera, donando herencias para promover paz y bienestar universal.
Influencias Espirituales
Su evolución personal dio un giro significativo a partir de visitas recurrentes a Asia meridional desde finales de la década de 1960, acompañada por su madre y su hermana. Durante estancias prolongadas en una metrópoli del sur de India, Madrás —la actual Chennai—absorbió principios de corrientes filosóficas locales, como el budismo y el hinduismo, que enfatizan la compasión universal y la búsqueda de equilibrio interior.
Esta experiencia impulsó a Irene a fundar en 1986 la Fundación Mundo en Armonía, una organización dedicada a fomentar la convivencia pacífica entre culturas, que mantuvo sus actividades hasta 2023. Entre sus esfuerzos destacados figuraron programas para transferir ganado sobrante desde regiones europeas hacia comunidades rurales en el subcontinente indio y en naciones vecinas como Bangladesh, con el objetivo de fortalecer economías locales dependientes de la agricultura.

Apasionada por el piano desde joven, Irene encontró en la música un refugio emocional, ofreciendo recitales benéficos que unieron culturas y corazones.
Inspirada por un pensador ancestral de la tradición védica del siglo VIII, quien promovía ideas sobre la transitoriedad de la existencia material y la importancia del desapego guiado por la sabiduría, Irene integró estos conceptos en su enfoque altruista. Realizó formación académica en humanidades en una institución india, lo que le sirvió también como refugio emocional tras el inesperado fallecimiento de su madre en 1981 durante una rutina médica en España.
Ese mismo año, había perdido a su abuela materna, una aristócrata prusiana, en un lapso de apenas dos meses, lo que acentuó su inclinación hacia reflexiones existenciales. Sus parientes más jóvenes, con cariño, la apodaban de forma juguetona por su estilo de vida poco convencional, reflejando su personalidad única y apartada de normas tradicionales.
Labor Humanitaria
Aunque adoraba a los más pequeños y mantenía un vínculo especial con ellos, optó por no formar una familia propia, priorizando sus compromisos globales. Argumentaba que la maternidad habría demandado una entrega total que habría limitado su labor en otros ámbitos.
En España, donde se instaló como una residente discreta, evitó los eventos sociales salvo en contadas ocasiones ligadas a la realeza, como la ceremonia de asunción de su sobrino, el actual monarca Felipe VI, en el parlamento nacional en 1986. Jamás contrajo matrimonio y mantuvo un perfil bajo, centrada en apoyar a poblaciones vulnerables en zonas como el sudeste asiático.

Sin descendencia propia, se convirtió en la adorada «tía Pecu» para sobrinos y familia, ofreciendo apoyo inquebrantable en momentos privados y públicos.
Superó con resiliencia un diagnóstico oncológico en el pecho, respaldada por su hermana Sofía, y pudo retornar periódicamente a su tierra natal griega a inicios del siglo actual, tras décadas de separación forzada. Mantuvo lazos estrechos con su hermano, el difunto rey Constantino II, y su cuñada, valorando cualidades como la calma y el sentido del deber en Sofía, así como la calidez en el rey emérito Juan Carlos.
Su expertise en acciones de ayuda internacional, reconocida con un título honorífico en letras por una universidad estadounidense en 2002, se extendió a regiones como Vietnam, siempre con un énfasis en que tales esfuerzos deben surgir de motivaciones genuinas y ejecutarse con precisión.
En sus reflexiones finales, Irene aspiraba a un escenario de concordia planetaria, donde los cambios constantes revelan una esencia inalterable más allá de lo mundano. Su partida cierra un capítulo de dedicación silenciosa, dejando un ejemplo de cómo la nobleza puede traducirse en servicio práctico y desinteresado.
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