El proyecto, bautizado como Casa Poseidón, fue diseñado por el arquitecto Jordi Puig y concluido en 2014. Desde entonces, la vivienda se posa sobre el acantilado como una pieza pensada para durar, resistir el paso del tiempo y convivir con un paisaje tan potente como el del litoral de Pucusana.

Por: Renzo Espinosa Mangini | Fotos: Gonzalo Cáceres Dancuart 

Hay casas que buscan imponerse al paisaje y otras que entienden que el verdadero lujo está en saber acompañarlo. Esta, ubicada en Pucusana –a 60 kilómetros de Lima–, pertenece sin duda al segundo grupo. Su base no es una terraza ni un jardín: es un acantilado. Desde allí, la casa se eleva con elegancia sobre el peñasco para dominar una vista de 180 grados del Pacífico, un privilegio reservado para pocos terrenos y bien aprovechado por una arquitectura que decide contemplar.

La relación con el mar es directa y sin miedo. Cada pliegue del volumen fue pensado para encuadrar un fragmento distinto del océano. Desde el dormitorio principal, que se asoma hacia un islote frente a la costa, hasta la ducha del baño en suite, enfrentada de lleno a las olas, pasando por la piscina y la terraza –el corazón social de la casa–, suspendidas sobre la costa de Pucusana.

Los voladizos y quiebres del volumen no son un gesto formal: permiten encuadrar vistas específicas del mar y aprovechar la condición angular del peñasco.

Los voladizos y quiebres del volumen no son un gesto formal: permiten encuadrar vistas específicas del mar y aprovechar la condición angular del peñasco.

El ingreso, sobrio y contenido, marca el primer gesto de la casa: una puerta de madera envejecida frente al océano, donde la arquitectura se anuncia con silencio y precisión.

El ingreso, sobrio y contenido, marca el primer gesto de la casa: una puerta de madera frente al océano, donde la arquitectura se anuncia con silencio y precisión.

Una arquitectura que se adapta al peñasco

El terreno, de más de mil metros cuadrados, era generoso en tamaño, pero complejo en ejecución. Lejos de forzar una solución espectacular, el proyecto se apoya en una idea clara: ensamblar la arquitectura al lugar, admirar el entorno y dejar que sea el paisaje el que marque el ritmo. El resultado es una casa que funciona como un palco privilegiado desde donde se pueden observar el mar, el cielo y la roca

La geometría responde a esa lógica. La punta del peñasco ofrece una visual en ángulo obtuso y el diseño aprovecha esa condición para generar nuevos encuadres hacia los espigones. Un volumen quebrado, casi como una máscara, define la estética general de la casa y proyecta las visuales desde los ambientes principales. No es un gesto caprichoso: es una decisión precisa para mirar mejor.

Los propietarios, de gustos clásicos y vida social intensa, buscaban una casa para habitar todo el año. Eso exigía funcionalidad, confort y una clara organización del programa. La solución fue una estructura de cuatro niveles, con la previsión de un departamento independiente en el nivel más bajo del peñasco, proyectado como una obra futura. Nada sobra, nada está de más.

El balcón corrido se proyecta sobre el vacío y refuerza la sensación de estar suspendido sobre el Pacífico, con vistas directas a los espigones.

El balcón corrido se proyecta sobre el vacío y refuerza la sensación de estar suspendido sobre el Pacífico, con vistas directas a los espigones.

La relación con el océano es constante. Desde las áreas sociales hasta los espacios más íntimos, la arquitectura se abre sin temor al paisaje.

La relación con el océano es constante. Desde las áreas sociales hasta los espacios más íntimos, la arquitectura se abre sin temor al paisaje.

El ingreso es deliberadamente austero. Un área de estacionamiento y una puerta de madera envejecida marcan el acceso. Al atravesarla, se revela un ascensor vidriado que acompaña el recorrido vertical sin perder nunca la relación con el entorno. Incluso en el ascenso y descenso, el mar está presente. Para quienes prefieren el recorrido a pie, una escultórica escalera de hormigón atraviesa la casa en línea recta, conectando desde la puerta de entrada hasta el living y, más abajo, la piscina.

El dormitorio principal apuesta por la calma: líneas limpias, materiales nobles y una atmósfera pensada para el descanso frente al mar.

El dormitorio principal apuesta por la calma: líneas limpias, materiales nobles y una atmósfera pensada para el descanso frente al mar.

Materiables nobles y una vida en capas

Los materiales refuerzan la idea de sobriedad y pertenencia. La piedra laja beige reviste los muros y dialoga con la roca natural del basamento, que se amalgama con el peñasco mientras la casa desciende unos doce metros desde el nivel de ingreso. Las fachaletas apaisadas de mármol Travertino envuelven los voladizos y enmarcan la silueta completa. La madera aparece en celosías que filtran la luz del atardecer y bajan la intensidad del sol naranja sin bloquear la vista.

La paleta es contenida: blancos, beiges y tonos cálidos dominan interiores y exteriores. La excepción es la piscina, pintada de un azul profundo que replica el color del mar y termina de fundir la arquitectura con el paisaje. La continuidad entre dentro y fuera se refuerza con solados de mármol que se repiten sin interrupciones, generando una sensación de fluidez permanente.

El dormitorio principal apuesta por una atmósfera serena y funcional.

El dormitorio principal apuesta por una atmósfera serena y funcional.

La piscina de borde infinito replica el azul profundo del mar y se convierte en el punto donde la casa parece desaparecer en el paisaje.

La piscina de borde infinito replica el azul profundo del mar y se convierte en el punto donde la casa parece desaparecer en el paisaje.

La casa se organiza de manera simple y lineal. Sin recovecos ni gestos innecesarios, distribuye sus usos según el nivel. En el primer nivel hacia abajo se desarrolla el área más íntima: el estar, el comedor, la cocina y el dormitorio principal, con baño, vestidor, balcón corrido y una terraza donde la contemplación es casi una actividad obligatoria. Desde allí, la vista se clava en un islote mar adentro; para lograr ese encuadre, el volumen se quiebra de forma precisa.

Un nivel más abajo aparece el área social, pensada para recibir y celebrar. Aquí la casa se abre por completo: un hall distribuye tres dormitorios con baño, el área de servicio se resguarda en un patio y, al frente, una gran terraza de Travertino poroso se extiende junto a la piscina de borde infinito. Es el espacio más elegido, donde el paisaje se presenta sin filtros.

Desde la cama, la vista se clava en el océano. Aquí, la contemplación no es un gesto estético, sino parte esencial de la vida cotidiana.

Desde la cama, la vista se clava en el océano. Aquí, la contemplación no es un gesto estético, sino parte esencial de la vida cotidiana.

La ducha del baño en suite se abre hacia el exterior y convierte el acto cotidiano en una experiencia sensorial, con el océano como telón de fondo.

La ducha del baño en suite se abre hacia el exterior y convierte el acto cotidiano en una experiencia sensorial, con el océano como telón de fondo.

Más abajo aún, casi oculto, queda el nivel de servicios. Pero incluso allí hay un gesto inesperado: una puerta secreta que permite acceder directamente al mar. Un detalle que resume el espíritu de la casa: siempre hay una forma de acercarse un poco más al océano.

De noche, la iluminación indirecta –resuelta con apliques y rajas en el techo– despega los volúmenes y convierte la casa en una especie de faro sobre el peñasco.

El acantilado, actor principal de esta obra, sostiene una arquitectura que se mimetiza con la geografía y deja que el paisaje haga el resto. Porque aquí, más que habitar una casa, se trata de vivir al borde del mar. •

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