Ubicada frente a la bahía, esta casa propone una forma pausada de vivir: entre patios, sombras y recorridos que conectan interior y exterior sin forzarlos. Una arquitectura que no se impone al paisaje, sino que aprende a acompañarlo.

Por: Renzo Espinosa Mangini | Fotos: Renzo Rebagliati

En Paracas, el tiempo parece avanzar distinto: el viento marca las horas, el silencio se hace sentir y el desierto convive con el mar. En ese escenario se levanta Villa Brava I, una casa que no busca llamar la atención desde el primer vistazo, sino revelarse mientras se recorre. Aquí, la arquitectura es una experiencia que se construye paso a paso.

El proyecto, obra de los arquitectos Patricia Llosa Bueno y Rodolfo Cortegana Morgan, se emplaza en un terreno largo y estrecho —6,40 metros de ancho por 45 de fondo—, una condición que, lejos de ser una limitación, se convierte en el punto de partida. La casa se organiza como una secuencia, casi como un relato: espacios y vacíos se encadenan, dejando huellas en el recorrido cotidiano. No hay una única escena protagónica, sino una serie de momentos que dialogan entre sí, acompañados siempre por la luz, la sombra y el silencio del entorno.

La sala se abre como un espacio continuo donde concreto, madera y luz natural construyen una atmósfera.

La sala se abre como un espacio continuo donde concreto, madera y luz natural construyen una atmósfera.

La cocina como pieza central, integrada al recorrido y definida por materiales honestos y proporciones exactas.

La cocina como pieza central, integrada al recorrido y definida por materiales honestos y proporciones exactas.

Entre refugio y horizonte

Desde el inicio, la relación con el lugar es clara. Paracas es reserva natural y santuario, un territorio donde la presencia humana debe saber acomodarse. El paisaje es desértico, pero vivo; la flora y la fauna aparecen sobre la superficie, y el mar establece un horizonte que invita a abrir la mirada. Al mismo tiempo, los vientos intensos exigen refugio. Villa Brava I se mueve en esa tensión: proteger sin cerrarse, abrirse sin exponerse del todo.

La casa responde a esa condición a través de una continuidad fluida entre interior y exterior. Los límites se desdibujan, no por ausencia de muros, sino por la manera en que los espacios se conectan. Los patios son clave en esta estrategia. Funcionan como intervalos y, a la vez, como una presencia vaciada del desierto dentro de la casa. No son simples áreas de iluminación o ventilación, sino espacios que marcan el ritmo de la vida diaria.

La circulación como experiencia, un tránsito contenido que ralentiza el paso y acompaña a la mirada.

La circulación como experiencia, un tránsito contenido que ralentiza el paso y acompaña a la mirada.

El patio como extensión del interior, un espacio de sombra y encuentro donde el desierto se incorpora a la casa.

El patio como extensión del interior, un espacio de sombra y encuentro donde el desierto se incorpora a la casa.

Estos patios se suceden a lo largo del lote y articulan la totalidad del proyecto. Son exteriores interiorizados, lugares donde el tiempo se siente de otra manera. La verticalización de algunos de estos vacíos intensifica esa percepción: la luz cae desde arriba, las sombras se desplazan lentamente y el cielo se cuela en la rutina doméstica. En Paracas, pasar del sol a la sombra es parte del habitar; la casa lo asume como algo natural.

Recorrer, mirar, habitar

Formalmente, Villa Brava I se construye a partir de la repetición. Una serie de pórticos de concreto cruzan el ancho del terreno y liberan los recorridos longitudinales. Esta estructura seriada no solo resuelve lo constructivo, sino que define el carácter del espacio. La ejecución, a cargo de Américo Chávez Constructores, refuerza esa lógica de precisión y sobriedad, donde cada elemento cumple un rol claro dentro del conjunto. Las vigas se hacen visibles, ordenan el trazo y confinan ciertos ambientes sin necesidad de cerrarlos por completo.

Recorridos longitudinales articulados por muros perforados que filtran luz, viento y visuales.

Recorridos longitudinales articulados por muros perforados que filtran luz, viento y visuales.

Mirar al cielo desde adentro, uno de los vacíos verticales que intensifican la relación entre luz, sombra y arquitectura.

Mirar al cielo desde adentro, uno de los vacíos verticales que intensifican la relación entre luz, sombra y arquitectura.

El espacio interior se verticaliza en momentos específicos, buscando la luz del cenit y estableciendo una relación directa con el cielo. En el primer nivel, esta estrategia permite liberar visuales cruzadas entre la bahía, el interior de la casa y el espacio superior. No se trata de grandes gestos, sino de decisiones precisas que van moldeando la experiencia de habitar. Los pisos de terrazo, desarrollados por Casa Rosselló, aportan continuidad material y una textura silenciosa que acompaña el tránsito diario sin imponerse, reforzando esa idea de arquitectura que se vive a través del cuerpo y el tiempo.

El recorrido es fundamental. Puentes, escaleras, planos y vigas se convierten en umbrales que desplazan la mirada y el cuerpo. La escalera, por ejemplo, no es solo un elemento funcional: su profundidad y la presencia de las vigas que contienen el muro de borde ralentizan el ascenso, obligando a una pausa. La sombra de la masa se decanta primero en el patio y luego acompaña ese movimiento vertical, recordando que aquí el tiempo no apura.

Volúmenes blancos y cortes precisos definen la fachada, una arquitectura que dialoga con el cielo y el desierto sin imponerse.

Volúmenes blancos y cortes precisos definen la fachada, una arquitectura que dialoga con el cielo y el desierto sin imponerse.

Detrás de estas decisiones hay una reflexión constante sobre el acto de habitar en el desierto y frente al mar. El proyecto recoge lecturas y referencias de otras arquitecturas que han interpretado este territorio a lo largo del tiempo, pero lo hace sin citas explícitas ni gestos evidentes. Más que un ejercicio teórico, Villa Brava I plantea una forma de vida: una casa capaz de ser refugio y lugar de encuentro, flexible frente a las estaciones y en diálogo permanente con su entorno.

El encargo del cliente apuntaba justamente a eso: una vivencia entrelazada entre interior y exterior, una vivienda que acompañe el paso del tiempo en estrecho vínculo con la bahía. La respuesta no fue un objeto cerrado, sino un sistema de relaciones espaciales que permite distintas maneras de ocupar la casa a lo largo del año. En verano, los patios y recorridos abiertos toman protagonismo; en otras épocas, los espacios más contenidos ofrecen abrigo frente al viento.

El baño principal, un espacio íntimo y silencioso donde la luz natural y los materiales definen la atmósfera.

El baño principal, un espacio íntimo y silencioso donde la luz natural y los materiales definen la atmósfera.

Desde el alzado, la casa expresa su singularidad sin estridencias. Repliega su interioridad y deja que el paisaje siga siendo el protagonista. No compite con el entorno ni busca imponerse como un hito aislado. Al contrario, se inscribe en un linaje de arquitecturas que entienden el desierto como un espacio de transición constante, donde lo construido debe saber desaparecer por momentos.

Villa Brava I es, en ese sentido, una casa que se deja recorrer más que mirar. Su valor está en la experiencia cotidiana: en cómo la luz entra a distintas horas, en cómo el silencio se filtra entre los muros, en cómo el cuerpo se mueve entre sombra y sol. Es una arquitectura que no grita, pero que se queda.

No es casual que este proyecto haya sido reconocido con el premio Gran Bienal Internacional en la categoría Producción Profesional Internacional en la Bienal Internacional de Arquitectura de Santa Cruz 2024. Más allá del reconocimiento, Villa Brava I confirma que a veces las mejores casas no son las que buscan decirlo todo de inmediato, sino las que saben acompañar, con coherencia y carácter, el paso lento del tiempo. •

Suscríbase aquí a la edición impresa y sea parte de Club COSAS.