“El trastorno autodestructivo, que en política equivale a tener la viga en el ojo propio de tanto mirar la paja en el ojo ajeno”.
El trastorno autodestructivo que ronda perniciosamente la vida de todo político peruano, hasta guiar sus instintos y reflejos, resulta altamente peligroso y mortífero tanto para quien gobierna como para quien quiere gobernar. Jerí en el poder demostró, por todo lo que llegamos a ver y constatar, que terminaría devorado por su capacidad autodestructiva. López Aliaga y Keiko Fujimori tienen que cuidarse de repetir, desde ahora en campaña y a futuro en el poder, si la suerte los acompaña, el trastorno autodestructivo de muchos de los que los han precedido en la dura e ingrata búsqueda del poder en el Perú.
Ahora que hablamos de la década políticamente perdida (2016–2026), ¿acaso los quince años precedentes, de 2001 a 2006 y de 2006 a 2016, no representan el colapso de los principales partidos políticos, venidos, algunos, protagónicamente, del siglo XX? ¿Dónde están las organizaciones políticas que gobernaron durante esos quince años? ¿Dónde está el Perú Posible de Toledo, dónde el Apra de García, dónde el Partido Nacionalista de Humala, dónde Peruanos por el Cambio de Kuczynski? ¿Se los llevó el trastorno autodestructivo?
Con todo lo que se diga de Alianza para el Progreso y de su líder político César Acuña, el trastorno autodestructivo del poder parece no haberlos alcanzado, no solo por haber sobrevivido al colapso partidario de los últimos veinticinco años, sino porque han llegado a incidir decisivamente en el poder de los últimos tiempos, al punto de convertirse en actores clave en crisis sucesivas, gracias a una sola cosa de la que carecen los demás partidos: liderazgo y organización política nacional. Esto debe recordarnos una necesidad crucial: la de un sistema de partidos capaz, si no de eliminar, por lo menos de atenuar sustancialmente, el trastorno autodestructivo de la política peruana.