El comedor ocupa un lugar ambiguo en la casa: es escenario y rutina, excepción y repetición. Entre la formalidad del comedor principal y la intimidad del diario, la mesa sigue siendo el lugar donde se negocian decisiones, se celebran acuerdos y se construye convivencia.
Por: Sebastián Cillóniz
Podemos pensar que la casa se organiza en espacios infraestructurales y espacios que no lo son. Vimos en la columna pasada que la cocina puede entenderse como el lugar donde se produce, se organiza y se acelera la vida doméstica. El comedor aparece como su contrapuesto natural: el espacio donde la producción se suspende y se privilegia el encuentro. No es casual que, históricamente, el comedor haya sido uno de los ámbitos más cargados de significado dentro de la vivienda. Allí no solo se come; allí la casa se muestra, se representa y ensaya una forma de vida compartida.
En las casas limeñas de casi cualquier sector social suelen existir, de manera explícita o velada, dos comedores. Por un lado, el comedor de diario, muchas veces dentro de la cocina, o reemplazado por la barra del counter, que asiste a lo cotidiano: comer algo antes de salir al colegio o al trabajo, una cena rápida, una conversación interrumpida. Por otro, el comedor principal: el espacio cuidadosamente dispuesto para recibir visitas, entretener gastronómicamente, celebrar ocasiones especiales. Es el espacio de la hospitalidad. Uno representa, el otro sostiene. Uno aparece en las fotos, el otro estructura la rutina. La representación, sin embargo, aún deja ver tensiones de jerarquías sociales al interior de la casa.

Sarah Wigglesworth – “Dining Tables” (2001). La mesa como dispositivo. Wigglesworth registra el comedor como campo dinámico de cuerpos, objetos y trayectorias.
En Lima, esta duplicidad no es redundante. Expresa dos ideas culturales que se han imbricado con el tiempo. El comedor principal responde a la excepción, al evento y a la mirada del otro. El de diario pertenece a la repetición y a la intimidad. Entre representación y convivencia se insertan las ideas de eficiencia e integración espacial heredadas de la posguerra europea, que acercan la mesa a la cocina por practicidad, pero sin eliminar del todo su espacio propio. Nuestra cultura local no ha renunciado a la sobremesa, y para que esta exista se necesita un lugar donde el tiempo pueda extenderse más allá de la preparación de la comida.
En este cruce aparece un híbrido particular: comedores funcionales, integrados, abiertos, que no están pensados para comer rápido. Comer en Lima sigue siendo, incluso en el día a día, un acto social. Alrededor de estas mesas se toman decisiones familiares, se discuten conflictos, se celebran acuerdos, se transmiten historias, se heredan posiciones. Cabe preguntarse si el auge de nuestra gastronomía en las últimas décadas no ha reforzado esta condición. Cocinar y comer han dejado de ser meros trámites domésticos para convertirse en prácticas culturalmente valoradas. La mesa recupera centralidad, no solo como mueble, sino como escenario de conversación.
La pandemia terminó de tensionar esta condición. El comedor, tradicionalmente un programa estable, absorbió funciones inesperadas: oficina, aula, espacio de reunión permanente. Reveló así una flexibilidad latente que lo aleja de su definición clásica. Hoy, más que un recinto exclusivo para comer o recibir, el comedor se perfila como una infraestructura social de la casa.

“El Almuerzo” – Antonio Berni (1947). La mesa como escena social. La representación doméstica también deja entrever estructuras sociales que exceden lo íntimo.
Sobre Sebastián Cillóniz
Arquitecto y docente, formado en la Pontificia Universidad Católica del Perú (PUCP) y con un Master of Advanced Architectural Design por la Universidad de Columbia en Nueva York. Combina la práctica profesional con la reflexión crítica sobre la vivienda y los espacios cotidianos, entendiendo el diseño como una herramienta para pensar, ordenar y mejorar la vida diaria con rigor, sensibilidad y criterio técnico. Ha sido reconocido con el Hexágono de Oro (Plan Selva, 2016) y ha participado en proyectos curatoriales como Living Scaffolding, Pabellón del Perú en la Bienal de Arquitectura de Venecia. Actualmente dirige Sebastián Cillóniz Arquitectura, donde desarrolla proyectos residenciales que integran claridad conceptual, buen gusto y una gestión consciente del presupuesto, acompañando a sus clientes en decisiones complejas con solvencia intelectual y precisión proyectual.
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@cllz_arquitectura
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