A setenta años de la visita del escritor Ernest Hemingway, la tradicional playa de Piura renace como destino turístico con la inauguración del primer hotel Inkaterra en la costa del Pacífico.

Por: José Koechlin von Stein, presidente fundador de Inkaterra

Cabo Blanco constituye un punto de convergencia geográfica y cultural de relevancia internacional. Su riqueza biológica registra hitos fundamentales de la navegación y la literatura. Por ejemplo, pocos saben que hace setenta años se dio la mítica visita de Ernest Hemingway, quien en 1956 llegó acompañado de su esposa Mary Welsh a esta localidad del norte del Perú. Si bien durante un poco más de treinta días el escritor estadounidense supervisó la adaptación de una de sus obras a la pantalla grande, también gozó de la buena mesa, licores y la vida en paz dentro del exclusivo Fishing Club.

Según el grupo de personas que acompañó durante casi un mes al intenso literato, Hemingway se volvió hábil con la caña de pescar y sacaba del mar los merlines negros que aleteaban por zafarse de su anzuelo. El escritor no solo interactuó con la comunidad de pescadores, sino que inmortalizó la abundancia del Pacífico Tropical, elevando a Cabo Blanco a la categoría de mito literario y geográfico. Esta etapa representó el auge de un modelo de exclusividad y exploración que definió la identidad de la caleta por décadas.

Ernest Hemingway permaneció 36 días en Cabo Blanco en 1956 para filmar la adaptación de “El viejo y el mar”

El escritor Ernest Hemingway tuvo cercanía con pescadores artesanales durante su visita a Cabo Blanco.

Pero los setenta años de la visita de Ernest Hemingway a Cabo Blanco coinciden con otros motivos de celebración. En su 50 aniversario como pionera del ecoturismo en el Perú, y poco después de ser distinguida con cinco Llaves Michelin, Inkaterra está a puertas de inaugurar su octava propiedad, la cual será su primer hotel en la costa del Pacífico Tropical: Inkaterra Cabo Blanco.

Ubicado en el extremo norte del litoral peruano, Cabo Blanco es el lugar privilegiado donde tres corrientes marinas –Humboldt, El Niño y Cromwell– confluyen en un movimiento perpetuo de aguas frías y cálidas. Este fenómeno genera uno de los afloramientos más ricos del planeta, donde se concentra cerca del 70% de la biodiversidad marina del Perú. Ello dio origen a la tradición milenaria de la pesca artesanal a vela, que durante siglos ha definido la identidad local y que en 2018 fue declarada patrimonio cultural vivo tras una iniciativa liderada por Inkaterra Asociación.

El merlín negro de 707 kilos capturado en 1953 en Cabo Blanco se mantiene como récord mundial de pesca deportiva.

La pesca artesanal a vela fue reconocida como patrimonio cultural vivo en 2018, tras una iniciativa impulsada por Inkaterra Asociación.

Meca mundial de la pesca deportiva en la década de 1950, Cabo Blanco cuenta con dos récords mundiales aún vigentes: el merlín negro (Istiompax indica) de 1560 libras –707 kilos– capturado en agosto de 1953 por Alfred Glassell, máximo trofeo según la International Game Fish Association; y el atún de ojo grande (Thunnus obesus) de 435 libras –197 kilos–, conseguido en abril de 1957. Luego de que la hazaña de Alfred Glassell fuese anunciada en la portada de “Sports Illustrated”, varias leyendas de Hollywood llegaron a Cabo Blanco persiguiendo el sol y el mar. En 1956, poco después de publicar “El viejo y el mar” y de ser reconocido con el Premio Nobel de Literatura, el escritor Ernest Hemingway visitó Cabo Blanco, atraído por el mito naciente de este mar de abundancia.

Epicentro de un circuito de olas de clase mundial, Cabo Blanco es un destino icónico desde que aventureros del surf trazaron las primeras rutas del norte peruano y bautizaron el pipeline frente a sus orillas como “la ola perfecta”. Además de ser un lugar idóneo para la práctica de deportes acuáticos como el kite surf y el buceo, Cabo Blanco es cuna de gigantes marinos. En sus aguas puede avistarse el Blue Five, o megafauna del Pacífico: ballenas jorobadas, mantarrayas, orcas, delfines y tortugas marinas.

El proyecto Inkaterra Cabo Blanco integra una reserva marina privada de 104 hectáreas con programas de acuicultura y reforestación.

Bajo la visión de Inkaterra, Cabo Blanco vuelve a ser un punto de confluencia entre historia y ciencia, cultura y naturaleza, tradición y futuro. Esta iniciativa va más allá de un proyecto hotelero, pues se trata del desarrollo integral de Cabo Blanco, a fin de que este lugar icónico recupere su esplendor por medio de la restauración del equilibrio entre naturaleza, comunidad y paisaje. De este modo, buscamos que Cabo Blanco se convierta en un modelo replicable para la creación de otros destinos turísticos en el Perú.

Siguiendo el sueño que compartí junto a mi esposa Denise, promovemos la conservación marina y rendimos homenaje a la herencia viva de la pesca artesanal a vela. Inkaterra Cabo Blanco es un modelo global de turismo regenerativo, en el que cada estancia contribuirá directamente al cuidado de la biodiversidad y a la resiliencia de la comunidad local.

El diseño combina estética mediterránea griega con técnicas constructivas mochicas adaptadas a la luz y el viento costero.

El diseño del hotel y el condominio rinde homenaje a Denise, cuya sensibilidad arquitectónica definirá por siempre la esencia de Inkaterra: elegancia, textura y una comunión sutil con los elementos orgánicos. La arquitectura, por secciones, combina el estilo mediterráneo griego con el manejo de la luz y el viento de la construcción ancestral Mochica.

Son dos kilómetros de playa, donde la vista al mar es idónea para que viajeros y residentes gocen de relajación, soledad y contemplación frente al océano. Edificada con materiales naturales como la piedra, la madera y el bambú –como lo hiciera el arquitecto José Álvarez Calderón en Paracas–, Inkaterra Cabo Blanco honra la tradición costera con una estética contemporánea, sostenible y profundamente arraigada al paisaje, con los médanos del desierto y las velas ancestrales que a diario surcan el horizonte marino.

Entre la amplia variedad de actividades que ofrece Inkaterra Cabo Blanco para disfrutar de esta gracia de la naturaleza, se encuentra la Miss Texas. Los viajeros podrán navegar a bordo del legendario yate desde donde pescaron Alfred Glassell y Ernest Hemingway, restaurado por Inkaterra como símbolo de la cruzada por la recuperación del Pacífico Tropical del Perú.

Inkaterra Cabo Blanco también se define como un refugio de bienestar holístico, con servicios de wellness como la talasoterapia, la haloterapia y otros métodos que se benefician del poder curativo de la sal marina.

José Koechlin von Stein, presidente fundador de Inkaterra, junto a su esposa Denise.

A través de Inkaterra Asociación, promovemos la investigación científica y la conservación de la biodiversidad para lograr la restauración integral del destino. Frente a la propiedad, Inkaterra maneja una reserva marina privada de 104 hectáreas para promover la pesca artesanal a vela e impulsar programas de acuicultura sostenible, con énfasis en conchas perleras para joyería elaborada por las mujeres de la comunidad local.

En tierra firme, el proyecto impulsa la restauración del bosque seco tropical, uno de los ecosistemas más frágiles del país. Mediante sistemas de fitodepuración que reutilizan aguas tratadas, se promueve la reforestación de especies nativas como el algarrobo peruano (Prosopis pallida), árbol emblemático que sirve de refugio a aves endémicas como el cortarrama peruano (Phytotoma raimondii).

La oferta de bienestar integra talasoterapia, haloterapia y tratamientos basados en propiedades curativas de la sal marina.

La recuperación también alcanza al propio pueblo. El malecón de Cabo Blanco será renovado utilizando materiales naturales como el bambú, buscando devolver a la caleta parte del encanto que la convirtió en destino legendario durante los años dorados de la pesca deportiva.

Tal vez Hemingway habría reconocido algo familiar en esta escena: el horizonte abierto, el viento sobre las velas de los pescadores y la eterna promesa del mar. Hoy, setenta años después de su visita, Cabo Blanco vuelve a nacer como un laboratorio vivo de conservación y esperanza.

Hemingway no se acaba nunca

Por: Fernando Ampuero

Todo el mundo quiere a Hemingway, todo el mundo lo odia. Los valores que animan su obra, según sus detractores, ya no interesan. ¿Quién admira a un cazador en el mundo conservacionista de hoy? ¿Quién celebra a un boxeador en plena decadencia del machismo? Hemingway es un mito, y no muy simpático que digamos. A lo largo de su legendaria biografía, nos recuerda a un dios griego: egoísta, fanfarrón, voluble, irónico, peligroso y vengativo. Una deidad llena de defectos humanos (yo no le perdono su envidia y mezquindad con Scott Fitzgerald, que tanto lo apoyó). Sin embargo, los mitos, mal que bien, nos ayudan a vivir. Por él leí a Chéjov y Turguéniev, y gracias a él ahora disfruto de Hammett, Salinger, Carver y, en otra frecuencia, de García Márquez y hasta del Coetzee de “Desgracia”. Estamos ante un tipo de escritor que crea adicción. Yo necesito cada cierto tiempo mi dosis de Hemingway. Aquellos que lo quieren, en cambio, rescatan la belleza de su estilo literario, claro y sencillo como una diáfana mañana. Para los escritores, Hemingway es el maestro del rigor. Muchas de sus frases, que son como cables pelados, hacen contacto eléctrico con la profundidad de nuestra conciencia.

Fernando Ampuero.

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