Con el 92% de actas procesadas, el ausentismo en Lima Metropolitana alcanza el 20%, por debajo del 2021 —marcado por la pandemia—, pero aún por encima de los niveles históricos de 2016 y 2011, evidenciando una menor participación ciudadana.
Por: Renzo Espinosa
A medida que avanza el conteo de votos por parte de la ONPE y el país aguarda con expectativa los resultados oficiales de las elecciones generales del último domingo —en especial la definición de quiénes disputarán la segunda vuelta—, comienzan a aparecer datos que invitan a una lectura más rigurosa, incluso incómoda, de nuestra realidad electoral.
Entre ellos, uno destaca con claridad: la participación ciudadana en Lima Metropolitana no ha sido particularmente alta. Por el contrario, muestra una ligera caída si se le compara con el proceso del 2021. Con el 92% de actas procesadas, el ausentismo alcanza el 20%, una cifra menor al 25% registrado hace cinco años, pero que no puede leerse como una mejora significativa si se considera el contexto.

Aunque las urnas volvieron a llenarse, la asistencia ciudadana sigue por debajo de los niveles históricos de 2011 y 2016.
En 2021, el país atravesaba una pandemia que condicionaba la movilidad, generaba temor al contagio y alteraba la logística electoral. Hoy, sin ese escenario excepcional, cabría esperar una recuperación más clara en la asistencia a las urnas. Sin embargo, ello no ha ocurrido.
Más aún, si ampliamos la mirada y comparamos estos datos con elecciones anteriores, la tendencia resulta más evidente. En 2016, el ausentismo en Lima fue de aproximadamente 13%, y en 2011, de 12%. Es decir, el nivel actual se sitúa significativamente por encima de los estándares históricos, lo que revela un retroceso en la participación ciudadana.

La participación en Lima Metropolitana muestra señales de desgaste, con un ausentismo que alcanza el 20% pese al fin de la pandemia.
Este comportamiento no puede atribuirse únicamente a factores coyunturales. Más bien, parece reflejar un fenómeno más profundo: el desgaste del vínculo entre la ciudadanía y la política. El desencanto, la fragmentación de la oferta electoral y la desconfianza en las instituciones podrían estar jugando un rol determinante en esta menor disposición a participar.
El desafío, entonces, no es solo garantizar procesos electorales eficientes, sino reconstruir la confianza y el sentido de representación. Porque una democracia sólida no se mide únicamente por la realización de elecciones, sino por la convicción de sus ciudadanos de que participar en ellas vale la pena.
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