La autora peruana presenta una obra ilustrada por Olivier Chien que convierte una experiencia familiar en un relato que estimula observación, creatividad y construcción de los sentidos
Por: María Jesús Sarca Antonio
Una mañana cualquiera, una cuchara desaparece en el colegio y, en lugar de terminar en la caja de objetos perdidos, inicia una aventura por tierra, cielo y mar. Ese pequeño incidente —tan familiar para cualquier familia con niños— se convierte en el punto de partida de La cuchara perdida de Gabriel, el primer libro infantil de la historiadora y politóloga Christabelle Roca-Rey, una historia que explorar la imaginación y la forma en que los niños interpretan el mundo.

La cuchara perdida de Gabriel, de la editorial Planeta, es el primer libro infantil de Christabelle Roca-Rey e ilustrado por Olivier Chien.
— Vienes de estudiar la relación entre imagen y poder en contextos políticos. ¿De qué manera ese bagaje influye —aunque sea de forma sutil— en cómo construyes el mundo visual y simbólico de un cuento infantil?
En mis libros anteriores, me enfoqué en analizar como las imágenes construyen sentido, como pueden transmitir mucho sin necesidad de explicarlo todo, y en este libro, esto sigue presente. Para mi era importante que la historia avance tanto por lo que se dice como por lo que se ve. Es otro registro, pero la relación entre texto e imagen sigue siendo central.
— La historia parte de una anécdota cotidiana, pero se transforma en un viaje imaginativo. ¿En qué momento sentiste que esa experiencia personal dejaba de ser íntima para volverse compartible con otros niños?
Creo que el punto de partida es muy reconocible: ese vínculo que los niños crean con objetos que, desde fuera, pueden parecer triviales. Y como estos objetos, ya sea una mantita, un juguete, un peluche o en este caso una cuchara, a veces se pierden. A mí me interesaba tomar esa situación tan común e imaginar a donde podía ir a parar ese objeto.

“Para mí, la fantasía y la imaginación cumplen un rol fundamental en la vida de los niños”.
— ¿Qué te interesa explorar sobre el vínculo emocional que los niños establecen con los objetos, y qué dice eso sobre su forma de entender el mundo?
Me interesa como los niños les dan valor a cosas que, para un adulto, pueden pasar totalmente desapercibidas. Para Gabriel no es solo una cuchara, pasa a ser “su” cuchara, y eso cambia todo. Al final, las cosas no son solo lo que son, sino también la importancia que uno le da a esos objetos.
— Has mencionado la imaginación como una herramienta para pensar. ¿Crees que la literatura infantil puede ser también una forma de introducir, desde muy temprano, una mirada crítica o reflexiva sobre la realidad?
Definitivamente, pero no en el sentido tradicional que se le daba antes a la literatura infantil, donde tenías que terminar la historia con una moraleja concreta. A mí me interesa más lo que pasa durante la lectura. Los cuentos para niños estimulan la imaginación y también la capacidad de observar. En este libro, por ejemplo, la cuchara va pasando por diferentes lugares y situaciones, y el lector tiene que fijarse en los detalles y en cómo cambia el contexto. Para mí allí está el interés para los niños, en ese ejercicio de mirar con atención y de ir dándole sentido a lo que ocurre. Ese ejercicio ya implica una forma de reflexión.

Christabelle estuvo enfocada en estudiar cómo operan las imágenes en la política: “Definitivamente ese bagaje político influye porque, aunque parezcan mundos distintos, para mí están conectados”.
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