El Pontífice recibió a los dignatarios laicos de la Casa Pontificia y explicó que su labor junto a jefes de Estado y visitantes ilustres debe reflejar hospitalidad, discreción y testimonio cristiano
Por: Amadeo Rey
Hace varios años, un buen amigo mío, el italiano Duque Diego de Vargas Machuca, marqués de Vatolla, presidente de la Real Comisión para Italia de la Sagrada y Militar Orden Constantiniana de San Jorge, que además de gentilhombre de Su Santidad fue uno de los últimos miembros de la Guardia Noble Pontificia antes de que ese cuerpo fuera disuelto por Pablo VI en 1970, me llamó por teléfono desde su casa de Milán. Allí solía yo alojarme cuando visitaba la capital lombarda, ciudad donde yo mismo había vivido un tiempo. Diego me comunicó que el Papa Francisco le había convocado a una reunión, junto a los demás gentilhombres de Su Santidad. Él y muchos de sus colegas tenían cierto temor acerca del futuro de sus responsabilidades y cometidos en un mundo en el que las funciones ceremoniales y el respeto a la tradición van menguando.
Tras la reunión, Diego me llamó de nuevo y, aliviado, me comentó lo que el Santo Padre les había comunicado. Les instaba a seguir prestando su servicio en el Vaticano, enfatizando la necesidad de que, mientras acompañaban a los dignatarios en visita al Papa, les hablaran de Cristo. Era y es importante subrayar ese fondo espiritual de una función ceremonial, que tiene un sustrato que va más allá de lo puramente externo, pues no olvidemos que se desarrolla en los palacios apostólicos, sede del “Alter Cristus”, representante de Cristo en la Tierra.
La mayoría de los gentilhombres de Su Santidad son italianos. No obstante, reflejo de la universalidad de la Iglesia -católico significa precisamente universal- algunos de ellos son ciudadanos de otros países. He tenido la suerte de conocer y de ser amigo de algunos españoles gentilhombres de Su Santidad. Siempre recordaré a mi querido embajador Carlos Abella y Ramallo, gran canciller de la citada Orden Constantiniana, que representó a España muchos años ante la Santa Sede y la Orden de Malta, y que fue hecho gentilhombre de Su Santidad por San Juan Pablo II en 2004. Uno de sus últimos servicios, ya dolorosamente enfermo de la enfermedad que le llevó a la tumba en 2014, fue en la entronización del Papa Francisco. Ya muy delgado, pero siempre elegante, endosando un impecable frac y el dorado triple collar de los gentilhombres, con las armas pontificias y las letras GSS entrelazadas en sus medallones, realizó su tarea con el “savoir faire” que le caracterizaba.
Su cargo es vitalicio y acompañan a San Pedro del Vaticano, desde su residencia en Roma, a los visitantes ilustres, jefes de Estado y autoridades extranjeras o diplomáticos acreditados ante la Santa Sede
Ayer, antes de Ángelus dominical, el Papa León XIV convocó por vez primera a los gentilhombres de Su Santidad, además de a los agregados de antecámara -encargados de funciones operativas en el Palacio Apostólico- y sediarios pontificios, que prestan asistencia personal y logística al Papa. Días antes mi buen amigo Manuel Gullón y de Oñate, conde de Tepa, español y gentilhombre de Su Santidad, me comentaba que iba a asistir a esa audiencia especial.
Dicen que es de bien nacido ser agradecido y el Santo Padre expresó su gratitud y otorgó su bendición a quienes desinteresadamente prestan un servicio fiel y discreto al Pontífice por amor a la Iglesia. Resumió su mensaje en tres palabras: “disponer, acoger y saludar”, recordándoles la necesidad de preparar su labor hasta en los mínimos detalles. Recalcó que lleven a cabo un servicio tan atento como humilde, siendo nobles pero no pomposos, elegantes pero no sofisticados, transmitiendo amabilidad por doquier. León XIV dio una sencilla y a la vez clara lección de ceremonial pontificio destacando que éste refleja la amorosa solicitud del Sucesor de Pedro para todos, sean príncipes o peregrinos, patriarcas o postulantes, resaltando la sobria belleza de ese ceremonial. Les instó a llevar una vida coherente, ya que el servicio de honor requiere una fe sólida, una deontología particular, con un estilo marcado por la devoción a la Iglesia y al Papa, diciéndoles “que las acciones, la postura y la mirada de cada día sean siempre un espejo luminoso de ello”.
Los gentilhombres, dignatarios laicos de la Casa Pontificia son desde 1968 -cuando Pablo VI promulgó el motu proprio Pontificalis Domus- los herederos de los antiguos “camareros lacos de capa y espada”. Su cargo es vitalicio y acompañan a San Pedro del Vaticano, desde su residencia en Roma, a los visitantes ilustres, jefes de Estado y autoridades extranjeras o diplomáticos acreditados ante la Santa Sede. Van vestidos de frac, con chaleco negro, corbata blanca, condecoraciones y, por supuesto, el dorado collar que les distingue.
Forman parte, como los sediarios pontificios -antiguos portadores de la silla gestatoria- y los agregados de antecámara de la Casa Pontificia. El Prefecto de ésta, ayudado por un Prefecto Adjunto y un Regente, se encarga de la organización de la antecámara pontificia, del ceremonial en las visitas de Estado y demás ocasiones solemnes en las que participan personalidades civiles, como las audiencias, la presentación de cartas credenciales del cuerpo diplomático acreditado ante la Santa Sede, teniendo un papel fundamental en la entronización del Papa, de consuno con la Oficina de Protocolo de la Secretaría de Estado.
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