Armando Andrade recompuso las dimensiones de un departamento trazando límites a través de la pintura de planos en las paredes. Las nuevas líneas le sirvieron para establecer la composición de las obras de arte y establecer un diálogo entre ellas. Esa es su propuesta: crear narrativas entre diferentes piezas para formar un universo. 

Por Gonzalo Galarza Cerf / Fotos de Gonzalo Cáceres Dancuart

Armando Andrade

Cuando ingresó al departamento, no le resultó fácil entender el espacio. Armando Andrade estuvo tres meses con dos muebles a los que cambiaba de lugar cada tanto, tratando de sentir el lugar. De oírlo, como revela. Hasta que el diálogo con el área social se abrió solo: el sofá tenía que estar desligado de las paredes, y el escritorio, al fondo. “Fue un espacio exigente. Lo miraba, lo volvía a mirar, le di veinte vueltas. Sentía que había una desproporción entre la medida del espacio y la altura. Tenía que recomponer esa verticalidad”, cuenta.

Andrade empezó a pintar paños de color ocre, dejando libres unos sesenta centímetros de tono blanco en la pared, hasta llegar al techo, que superaba los tres metros de altura. La medida también la repitió en el librero que se expande por toda la sala, para despejar la madera en la parte superior. “Eso hizo que la sensación del espacio cambiara. Usé esos planos para generar los límites sobre dónde colgar los cuadros y cómo hacerlo”, explica.

Armando Andrade

El coleccionista de arte se refiere a la tensión que debe haber a la hora de montar una obra y de su intención de acercarlas para generar un nuevo contenido. “Hay una propuesta narrativa de las piezas unidas que va cambiando, que es el poder de una casa, que te mete a un universo”, afirma.

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El universo de este departamento ubicado en la calle Pezet, en San Isidro, es el mundo de Andrade. Jorge Eduardo Eielson, por el cual siente una gran fascinación, ocupa un lugar preponderante. Pero también su pasión por el arte popular peruano, los caballos, el diseño. Ese nudo del artista con lienzo en negro y crudo que se luce al ingresar a la sala, en la biblioteca, es casi idéntico a la primera obra de Eielson que Andrade vio, cuando tenía dieciséis años.

Armando Andrade

“Esa obra de Eielson me pareció de una forma muy distinta, salida de la pintura, medio escultórica. Fue muy importante para mí. Casi cuarenta años después, tuve la oportunidad de comprar un cuadro muy similar. Fue como la recuperación de una memoria de juventud”, relata. Las casas, ilustra Andrade, son memorias inconclusas, pero memorias al fin y al cabo. Eielson está con sus nudos en la sala y el comedor, y también con sus versos en las paredes.

Armando Andrade

Un toque escénico

Debe ser, dice Andrade, el departamento más clásico que ha diseñado. En la sala y el comedor destacan muebles ingleses del siglo XIX y franceses. El elemento contemporáneo lo aporta esa gran alfombra damero en blanco y azul que diseñó. “Las cortinas azules fueron una decisión bien aventurada”, relata. El hecho de saber que estaba de paso en esa propiedad le permitió experimentar de forma libre. Su apuesta brinda un toque escénico al marco de la ventana, donde se encuentra el verso de Eielson dedicado al cielo limeño.

Al azul y el ocre se suma el rojo, para completar la paleta de colores. Es ese tono el que destaca al ingresar por el ascensor, que desemboca en un espacio cerrado. Andrade oscureció las vigas y encendió la pared con una serigrafía de una biblioteca con libros colorados. Sobre la mesa francesa se luce un grabado del atlas del Perú de 1865, de Mariano Felipe Paz Soldán. “La forma en que pones y encajas tus recuerdos en los espacios es fundamental”, señala Andrade.

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Armando Andrade

Vinculado a la tierra

En su propuesta, cada pieza y obra posee una historia, y cada decisión tiene un fondo que resulta iluminador. Para el comedor, decidió revestir las paredes con un papel que lo remitiera al bambú y a la paja. “Está inspirado en la última casa que hizo Pierre Bergé en Marrakech. Él decía que quería que el tiempo se detuviera, que se volviera más lento. Me  pareció lindo que con esa reflexión pudiera poner paja en la pared, algo muy primitivo, en el sentido de esa cosa bien de la tierra”, ilustra Andrade.

Detener el tiempo e incorporar esa idea en un espacio. Así trazó Andrade este proyecto, con un vasto conocimiento que se refleja también en su biblioteca. En ese mueble destacan libros de tres temáticas: diseño de interiores, arte y jardines. “La he revisado mucho en este tiempo. La pandemia nos está obligando a que nosotros revaloremos los espacios interiores, donde pasamos mucho tiempo, a mirarlos de la forma que sea, pero que traiga una energía, una vitalidad, algo nuevo”, reflexiona. Algo que ilumine la vida.

Armando Andrade

Artículo publicado en la revista CASAS #286