En entrevista para CASAS, Peter Kleijnenburg, interiorista nacido y establecido en Luxemburgo, nos invita a conocer su particular manera de entender el diseño: una práctica profundamente personal, donde la autenticidad prima sobre la tendencia y cada espacio se construye desde la memoria, la observación y el carácter.
Por: Alessia Carboni
Con un ojo excepcional para combinar elementos dispares en composiciones armónicas y sugerentes, Kleijnenburg ha creado interiores que no solo impactan visualmente, sino que también transmiten una identidad clara. “Definiría mi estilo como ecléctico, un poco maximalista y, sobre todo, muy personal”, explica. Para él, diseñar no consiste en seguir modas efímeras, sino en construir espacios que dialoguen con quienes los habitan. “Me interesa crear ambientes únicos y auténticos, que partan de lo personal y no de lo que está de moda en ese momento”, afirma.

Para Kleijnenburg, el diseño interior no comienza en catálogos ni tendencias, sino en la memoria personal y en una relación honesta con los objetos que nos rodean.
Su trabajo combina antigüedades, piezas vintage y elementos contemporáneos sin responder a fórmulas rígidas. El proceso, lejos de ser lineal, se construye a partir de asociaciones y decisiones que se van revelando en el camino. “A veces siento que un objeto que ya tengo necesita dialogar con otro. Empiezo a buscarlo y, en el proceso, aparece algo distinto que encaja incluso mejor. Es un recorrido muy orgánico”, explica. El resultado son espacios con capas, profundidad y una identidad imposible de replicar.
Las piezas antiguas ocupan un lugar central en su lenguaje visual. “Si tuviera que elegir un elemento clave, diría que siempre son las piezas vintage. Aportan carácter de una manera que ningún objeto nuevo, por más costoso que sea, puede lograr. Son las que realmente definen un espacio y generan conversación”.

El eclecticismo aparece aquí como una práctica consciente: mezclar épocas y estilos no para sorprender, sino para construir espacios con identidad propia y duradera.
Esta mirada se traduce también en una gran versatilidad para mezclar estilos: en algunos proyectos predominan los lenguajes contemporáneos con acentos puntuales del pasado; en otros, las piezas históricas toman protagonismo absoluto, equilibradas por gestos actuales. Cada combinación responde al espacio, al cliente y al contexto, pero siempre conserva su impronta personal.
Herencia y objetos con historia
En su departamento en Luxemburgo, esta forma de entender el diseño se expresa con especial claridad. El espacio está habitado por una gran cantidad de objetos heredados que construyen una narrativa íntima y coherente. Como hijo de padres únicos, Kleijnenburg recibió numerosas pertenencias de abuelos y bisabuelos, integrándolas a su vida cotidiana. “Me atraen profundamente ese tipo de piezas porque soy una persona nostálgica.
Valoro los recuerdos de la infancia y los objetos que fueron importantes para mi familia. Vivir rodeado de esas memorias tiene un peso emocional muy fuerte”, comparte. Diseñar a partir de este punto no implica comenzar desde cero, sino asumir un desafío creativo que transforma la herencia en presente.

Las antigüedades funcionan como anclas emocionales dentro del hogar, aportando carácter, profundidad y un relato imposible de reproducir con piezas nuevas.
Este vínculo con los objetos se hace visible en múltiples detalles del hogar, donde cada pieza tiene un origen preciso y una razón de estar allí. Dos cuadros ubicados sobre las puertas del dormitorio pertenecieron a sus bisabuelos y replican exactamente la disposición que tenían en la casa familiar.
Las cortinas heredadas de sus abuelos —que su madre sitúa alrededor de 1967— encajaron perfectamente en las ventanas sin necesidad de modificaciones, transformando por completo la atmósfera del espacio: cerradas, crean un ambiente íntimo y casi mágico; abiertas, dejan entrar una luz alegre y colorida. De esos mismos abuelos proviene también la alfombra del living. En el dormitorio, un pequeño armario fue fabricado por su tatarabuelo paterno, mientras que las lámparas de pared de madera sobre el sofá fueron hechas por su bisabuelo materno, a las que Peter solo actualizó las pantallas.

Reutilizar, transformar y preservar es parte esencial de su manera de habitar: un gesto estético, pero también ético, frente al descarte y la producción excesiva.
Otros objetos amplían este mapa familiar: un gran jarrón chino que perteneció a una tía de su abuela, traído desde Indonesia a los Países Bajos antes de la Segunda Guerra Mundial; un reloj de bronce, una placa original con el apellido Kleijnenburg, una mesa de noche con tapa de mármol blanco, un termómetro de pared y una balanza de cocina heredados de sus tatarabuelos. Incluso el molinillo de café y otra balanza visibles en la cocina provienen de distintas ramas de la familia.
La placa con el apellido, además, fue incorporada por Peter a su logo personal, como una extensión natural de su filosofía: reutilizar lo existente y honrar la historia. A estas piezas se suman un mueble de radio y tocadiscos mid-century de 1962 —todavía en funcionamiento—, lámparas de pared casi idénticas provenientes de ambos lados de la familia, un gran jarrón de Delft de sus padres y un jarrón Murano amarillo heredado de su bisabuela, visible incluso en antiguas fotografías familiares.

Más que seguir un método rígido, el proceso creativo se apoya en la observación, la proporción y una sensibilidad afinada para la composición espacial.
Completan la escena una mesa art déco regalo de cumpleaños para su abuela en 1940, retratos familiares organizados como un árbol genealógico visual, una silla amarilla de los años cincuenta conservada con su pátina original, lámparas armadas a partir de piezas recuperadas y arañas rescatadas de un departamento anterior destinado a demolición.
Color, reutilización y espacio
El color cumple un rol clave en la actualización de este universo. Aunque llegó a él de manera más consciente en los últimos años, hoy se ha convertido en una herramienta fundamental. “Durante mucho tiempo viví rodeado de blanco. Pero cuando te animas a usar colores más intensos, todo cambia: las antigüedades se vuelven más livianas, más actuales”, explica, siempre dentro de paletas naturales, similares a las de una alfombra persa antigua.
La reutilización es otro eje constante de su trabajo. En la cocina, por ejemplo, optó por transformar sin demoler: cambió encimeras, azulejos y colores, pero conservó la estructura y los electrodomésticos originales. “Trabajar con lo que ya existe me parece mucho más interesante que empezar desde cero”, afirma.

Lejos de buscar el minimalismo, el diseñador celebra los espacios llenos, donde el ojo puede recorrer, descubrir y establecer vínculos con múltiples capas visuales.
La disposición de los muebles responde a la misma lógica reflexiva. El sofá apoyado contra la pared permite una lectura completa del espacio, mientras que el televisor, ubicado en una esquina, libera superficie para objetos y arte. Una barrera visual sutil entre la sala y el comedor —compuesta por un baúl, una lámpara, un jarrón y plantas— introduce capas y profundidad, enriqueciendo el recorrido visual.
Inspirado por la estética marroquí, por la tradición artesanal y por una herencia familiar ligada a la carpintería, Kleijnenburg concibe su hogar como un espacio vivo, lleno de estímulos y relatos. “Me gusta que haya mucho para mirar, muchas historias escondidas en cada rincón, y poder descubrir algo nuevo todo el tiempo”, dice.

La disposición de los muebles responde a una idea clara: favorecer el recorrido visual, liberar superficies y permitir que los objetos dialoguen entre sí.
Curiosamente, esta pasión surgió de manera natural durante la pandemia, cuando creó una cuenta de Instagram que atrajo clientes. Aunque su carrera principal es como abogado y nunca estudió diseño formalmente, Kleijnenburg aplaude el poder de la intuición innata. «No es algo tan extraño: muchos grandes nombres del diseño en Londres o Nueva York dicen lo mismo. Si tienes un ojo entrenado, sabes combinar objetos, disfrutas el proceso y la gente aprecia tu estilo, eso puede ser suficiente. No todo el mundo necesita seguir el mismo camino académico», concluye, recordándonos que el verdadero talento trasciende las credenciales formales y florece desde una pasión genuina.
Suscríbase aquí a la edición impresa y sea parte de Club COSAS.