La icónica casa patio que José Luis Sert proyectó para Chimbote en los años 40 y construyó en Cambridge en los 50 hoy tiene una nueva vida en Pachacámac. El diseñador y gestor cultural Armando Andrade replicó esta joya de la arquitectura moderna, convirtiéndola en un refugio donde arte, memoria y luz dialogan alrededor de un patio central.
Por: Renzo Espinosa Mangini
En Pachacámac, lejos del ruido de la ciudad y con el cielo abierto como telón de fondo, una casa dialoga con la historia. No es una vivienda más: es la reinterpretación peruana de la mítica Casa Sert, diseñada por el arquitecto catalán José Luis Sert en Cambridge, Massachusetts, a mediados de los años 50. Lo que pocos saben es que esa casa nació antes como una idea para Chimbote.
Gracias al diseñador y gestor cultural Armando Andrade, ese proyecto inconcluso en el norte del Perú encuentra, décadas después, una versión tangible en suelo limeño. La casa no es una copia literal, sino una réplica conceptual, fiel al espíritu del patio como corazón del habitar moderno.

El comedor se abre hacia el patio central, reafirmando el corazón introspectivo de la casa. Las obras dialogan con la arquitectura moderna, tal como lo imaginó Sert: arte y vida cotidiana compartiendo un mismo espacio.
Del sueño de Chimbote a Cambridge
En 1943, el gobierno estadounidense impulsó un ambicioso plan para convertir Chimbote en el gran puerto de América del Sur. Sert fue convocado para diseñar parte de esa nueva ciudad. Dentro de ese proyecto, ideó una casa patio pensada para el clima del norte peruano: ventilación cruzada, orientación solar precisa y espacios contenidos pero generosos.
El golpe de Estado de Manuel Odría frustró el plan. La ciudad soñada no se construyó. Sin embargo, Sert retomó esa idea años después, cuando era decano de la Escuela de Arquitectura de Harvard y levantó en Cambridge su famosa Casa Sert (1957-1958). Allí, el patio central se convirtió en eje organizador y símbolo de introspección.
“La fachada no existe, no sacrificamos nada hacia afuera”, escribió Sert sobre su casa, definiéndola como un espacio introspectivo, volcado hacia su interior.

Armando Andrade revisa publicaciones sobre Sert en el umbral entre interior y jardín: una escena que resume el espíritu reflexivo y personal del proyecto.

El muro geométrico en blanco y negro marca el ritmo del recorrido exterior y reafirma el carácter introspectivo de la casa, volcada hacia su propio universo.
El patio como corazón
La casa que Armando Andrade construyó en Pachacámac retoma esa esencia: dos volúmenes paralelos conectados por un patio central que articula la vida diaria. La división es clara y funcional: zona de día y zona de noche, con la cocina como punto de encuentro.
El patio no es solo un gesto estético. Es transición, luz, ventilación y pausa. Permite que el interior y el exterior se mezclen sin dramatismo. Las alturas controladas –cercanas a los 2,26 metros, como en la casa original– generan una escala humana que evita la grandilocuencia. Aquí no hay excesos, sino proporción.
Andrade utilizó el Modulor de Le Corbusier como guía de medidas, respetando la lógica moderna, que prioriza la experiencia del cuerpo en el espacio. “Es impresionante sentir que los techos nunca se sienten pesados ni bajos”, comenta. “Visualmente, esa lateralidad expande la casa y logra un intercambio constante entre interior y exterior”.

En la zona social, el color y el arte contemporáneo conviven con una escala doméstica precisa. La proporción y la calidez reemplazan cualquier exceso, reafirmando la esencia moderna del proyecto.

El estudio mantiene la escala contenida y humana: techos bajos, proporción medida y piezas geométricas que dialogan con textiles y diseño moderno.
La ejecución del proyecto estuvo a cargo de Casa Roselló, responsable de los exteriores, la fachada y los interiores, materializando con precisión esta reinterpretación contemporánea del diseño original de Sert.
La casa en Pachacámac también mantiene otro elemento central del proyecto de Sert: la chimenea como núcleo simbólico. No solo calienta; reúne. Andrade lo recuerda desde la memoria familiar: “Mi madre decía que el fuego no solo calienta el cuerpo, sino también el alma”.
Pero hay una dimensión aún más personal detrás de esta réplica en Pachacámac. Andrade no la concibió solo como un ejercicio arquitectónico o cultural, sino como un proyecto de vida compartido. “Quizás el motivo más importante para construir esta casa fue el deseo de que me acompañase hasta la vejez al lado de mi esposa”, escribe. Las ampliaciones y ajustes en la parte posterior no fueron decisiones técnicas aisladas, sino el resultado de conversaciones largas y cotidianas entre ella, la casa y él.

Cada ambiente funciona como un pequeño museo íntimo. Pinturas, textiles y objetos personales se integran al espacio con naturalidad, en una casa pensada para habitar el arte todos los días.

La sala secundaria, orientada al jardín, combina piezas de diseño, objetos escultóricos y texturas naturales en un equilibrio entre interior y exterior.
Una casa para el arte y la memoria
Más que una vivienda, esta casa funciona como un museo íntimo. Sert concebía sus espacios como escenarios para vivir el arte cotidianamente. En Cambridge, integró cerámicas de la cultura Chancay, pinturas cusqueñas y una obra monumental de Joan Miró.
En Pachacámac, Andrade sigue esa lógica. Cada muro sostiene recuerdos: cuadros perseguidos en galerías limeñas, piezas que dialogan con la arquitectura sin imponerse. La casa no exhibe; convive.

Frente a la chimenea —núcleo simbólico del proyecto—, el arte se convierte en telón de fondo de la reunión y la conversación.

El patio central confirma la esencia del proyecto: un espacio verde contenido por muros blancos donde la casa se organiza hacia adentro y la vida cotidiana gira alrededor del jardín.
“El libro me abrió otras perspectivas”, recuerda Andrade sobre su descubrimiento juvenil de Sert. “Aquella frase –‘Hay un momento en la vida en que uno tiene que traer todo su bagaje cultural’– dejó de ser una cita para convertirse en el acto fundacional de mi existencia”.
Esa declaración explica el sentido profundo del proyecto. No se trata solo de replicar una obra moderna. Se trata de traer a casa un linaje cultural, de cerrar un círculo histórico que empezó en Chimbote, se materializó en Cambridge y hoy encuentra eco en Pachacámac.

En el dormitorio, la escala doméstica y la colección de obras en el muro reafirman la idea de casa-museo: proporción medida, simetría y arte integrado a la rutina diaria.

La doble altura y el ventanal corrido potencian la relación con el patio; un móvil suspendido introduce movimiento en un espacio pensado para contemplar.
Arquitectura moderna en clave peruana
La casa de Pachacámac confirma que la arquitectura moderna no es fría ni distante cuando está bien entendida. El patio central, la luz controlada, la ventilación cruzada y la escala doméstica construyen un espacio cálido, introspectivo y profundamente humano.
En un momento en que muchas viviendas privilegian la fachada y la exhibición, esta casa apuesta por lo contrario: mirar hacia adentro. Como escribió Sert, es una arquitectura que no “sacrifica nada hacia afuera”. La experiencia está en el recorrido, en el patio bañado por el sol, en el tránsito fluido entre estancias.

El patio y la piscina extienden la casa hacia el exterior sin perder intimidad. La arquitectura se repliega hacia adentro, privilegiando la luz y la ventilación como parte esencial del diseño.
La réplica de Armando Andrade no es nostalgia ni homenaje vacío. Es una declaración: la modernidad latinoamericana sigue viva cuando se entiende su esencia.
En Pachacámac, la casa que Sert soñó para Chimbote respira otra vez. Y alrededor de su patio central, la historia, el arte y la vida cotidiana vuelven a encontrarse.
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