Juvenal Baracco repasa su formación, su obra en la costa y su mirada crítica sobre la ciudad, la enseñanza y el futuro de la arquitectura.

Por: Renzo Espinosa Mangini

Hay una forma muy personal en la que Juvenal Baracco (Lima, 1940) entiende el espacio. Cuando habla de arquitectura, lo hace desde su experiencia, desde los lugares que ha habitado y observado a lo largo de su vida. Su mirada no se queda en lo técnico: está atravesada por la memoria, el paisaje y su propia historia. “La sensibilidad inconsciente que traía del entorno natural de mi juventud es herencia de mi madre”, dice.

Formado en la UNI entre la Ingeniería Civil y la Arquitectura, Baracco construyó desde temprano una mirada propia. A esa base académica se sumó una infancia atravesada por la geografía peruana –costa y sierra–, que marcaría su manera de leer el territorio. En su obra, especialmente en el litoral, el clima, el paisaje y el lugar se integran como una sola experiencia. Hoy, con más de cinco décadas como docente y una trayectoria que ha influido en generaciones de arquitectos, observa con atención el presente de la disciplina.

Casa Ghezzi, Playa Los Pulpos (1983).

Estudió Ingeniería Civil y Arquitectura casi al mismo tiempo en la UNI. ¿Cómo ha influido esa combinación en su manera de pensar el espacio costero peruano?

Cuando decidí estudiar Arquitectura, ya tenía una formación universitaria previa, incluso como dirigente. Eso me permitió aprovechar mejor los estudios. Pero, más allá de lo académico, hubo una sensibilidad que venía de antes, del entorno natural de mi juventud. Mi infancia en la sierra también fue clave para entender el espacio y reconocer distintas formas de habitar el territorio peruano.

—La Casa Ghezzi y la Casa Hastings introdujeron un lenguaje nuevo en la costa. ¿Respondían a una carencia o a una búsqueda personal?

Ambas cosas. Cada proyecto tenía condiciones específicas que resolver. En la Casa Hastings fueron importantes la escala peatonal posterior y la fuerza de la volumetría hacia el mar. En la Casa Ghezzi, el uso festivo y la relación con el lugar definieron un espacio pensado para el encuentro. También influyó un trabajo previo en Paracas, donde planteé una propuesta en un entorno extremo que exigía nuevas respuestas.

Escuela de Oficiales de la Fuerza Aérea del Perú (1982).

Aulario de la Universidad Ricardo Palma (2007).

—Mirando sus inicios, ¿qué une su primera obra con las más recientes?

Alguien dijo que los arquitectos tienen un solo proyecto en la vida y se pasan el tiempo buscándolo. Yo no puedo separar lo que hago hoy de mis primeros intentos como estudiante. La memoria es una sola y se expresa de distintas maneras a lo largo del tiempo.

—Lleva más de cinco décadas enseñando. ¿Cómo han cambiado los estudiantes?

Vivimos en un mundo que cambia cada vez más rápido. Los estudiantes no pueden saber aún qué tipo de oficio necesitarán. Nuestro trabajo es enseñarles a aprender constantemente, a adaptarse y a entender que el conocimiento está en permanente construcción.

Juvenal Baracco ha construido una obra donde memoria, paisaje y experiencia se entrelazan. “Intenté hacer una arquitectura sin tiempo, pero con lugar”, resume sobre su búsqueda.

¿Cuál es el error más común que ve hoy en los estudiantes?

No darse cuenta del potencial que tienen como creadores de una nueva cultura. Muchas veces subestiman su capacidad de transformar el entorno desde sus propias ideas.

¿Qué significa ver tantas generaciones formadas bajo su mirada?

Que vivimos en una sociedad con mucho talento, con una capacidad real de imaginar y construir nuevas formas de habitar. Eso se ve en cada generación que pasa por las aulas.

Casa Hastings, Barranco (1975).

 

A nivel global, la arquitectura parece dominada por la imagen. ¿Se está perdiendo el contacto con el lugar?

La ambición está banalizando territorios. La tecnología genera la ilusión de que siempre podemos mejorar, pero cada transformación implica una pérdida. Eso produce una sensación constante de insatisfacción y desconcierto frente a lo que construimos.

En Lima, ¿cómo califica a la arquitectura actual?

Es un negocio floreciente para algunos. La informalidad paga caro en servicios y transporte, y las clases medias viven en espacios cada vez más reducidos. Eso cambia la forma de vivir, de relacionarse y de construir vida familiar dentro de la ciudad.

Casa Salinas, Playa El Misterio, Asia (1998–2003).

Dormitorios de la Escuela de Oficiales de la Fuerza Aérea del Perú (1982).

¿Ve esperanza en las nuevas generaciones?

Sí. Hay muchos jóvenes talentosos, con ideas interesantes y con una sensibilidad distinta frente a los problemas actuales. Existe una base sólida para pensar en nuevas formas de hacer arquitectura en el país.

Su exposición en el Centro Cultural Ccori Wasi revisa su obra. ¿Descubrió algo nuevo?

La muestra reúne trabajos que reflejan el talento, la inteligencia y las búsquedas de una sociedad que necesita expresarse. Al revisarlos, uno también reconoce procesos, ideas y caminos que han ido tomando forma con el tiempo.

Casa Baracco Dávila (1992).

Aulario de la Universidad Ricardo Palma, vista aérea (2007).

¿Qué espera que se lleve el público?

Que todavía hay caminos abiertos para que los jóvenes arquitectos puedan expresarse con libertad. Que el oficio sigue siendo un espacio de exploración y de búsqueda personal.

Después de tantos reconocimientos, ¿qué proyecto sigue pendiente?

El próximo. Siempre hay una idea en proceso, algo que todavía no se ha resuelto y que empuja a seguir trabajando.

¿Cómo le gustaría que se describa su obra en el futuro?

Como la de alguien que intentó hacer una arquitectura sin tiempo, pero con lugar. Una arquitectura que dialogue con su entorno y que pueda ser entendida desde la experiencia de quienes la habitan.

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