Una casa de adobe en ruinas se convirtió en el lugar donde la artista, reconocida como “la madre del modernismo estadounidense”, vivió, trabajó y encontró inspiración en el paisaje de Nuevo México.
Por Redacción CASAS
En 1945, Georgia O’Keeffe compró un terreno de cuatro acres en el pueblo de Abiquiú. Ahí había una casa de adobe, de estilo hacienda y organizada alrededor de un patio central. Estaba abandonada, en ruinas, casi absorbida por el paisaje. Sin embargo, para O’Keeffe eso no fue un problema.
Decidió reconstruirla y adaptarla a su manera de trabajar. Con el tiempo, ese espacio se convirtió en su hogar y su estudio hasta el final de su vida. La arquitectura, los materiales locales y las vistas del entorno se integraron en su proceso creativo. Esta exposición reúne pinturas inspiradas en esa casa de Abiquiú, varias de ellas mostradas por primera vez en décadas. También incluye una recreación de su estudio, con una mesa diseñada por la propia artista y sus herramientas originales.

Muros de color arcilla, formas simples y materiales locales definen la casa en Abiquiú, pensada para integrarse con el entorno.

La casa de adobe en Abiquiú fue el refugio donde Georgia O’Keeffe encontró inspiración en el paisaje de Nuevo México y desarrolló gran parte de su obra.
Un proyecto compartido
Para la restauración, O’Keeffe trabajó junto a su amiga, la escritora Maria Chabot. Mantuvieron la estructura original, pero redefinieron los espacios. Chabot diseñó áreas domésticas, un jardín con árboles frutales y el estudio más grande que tuvo la artista. Además, propuso ampliar las ventanas para abrir la vista hacia los álamos y la meseta que rodeaban la propiedad.
La casa, rodeada por muros, miraba hacia su patio interior. A diferencia de su primera residencia en Ghost Ranch, aquí las vistas no eran inmediatas. La solución fue crear un nuevo punto de observación.

Georgia O’Keeffe en el patio de su casa en Abiquiú, un espacio íntimo que acompañó su vida y su obra.
Ese vínculo con el exterior no fue solo visual. Las decisiones en la casa –abrir muros, ampliar ventanas, separar el estudio– respondían a una necesidad concreta: mirar mejor. En Abiquiú, la arquitectura dejó de ser un fondo y pasó a formar parte del proceso creativo.
Con el tiempo, ese espacio se volvió inseparable de su obra. La casa, el estudio y el paisaje funcionaban como un mismo sistema, donde cada elemento influía en el otro. O’Keeffe no solo habitó ese lugar: lo construyó a su medida para pintar desde ahí.
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