Tras recibir una mención especial en la Berlinale por «Allá en el cielo», el director peruano habla sobre infancia, muerte, trabajo comunitario. En entrevista con COSAS, adelanta el estreno de su primera película titulada «El vuelo de las hojas».

Por: Renzo Espinosa Mangini 

Conversamos con Roddy Dextre a través de una videollamada. Está fuera del país, tomándose unos días de descanso, pero todavía con la emoción reciente de lo vivido en Berlín. Hace apenas unas jornadas, «Allá en el cielo» se proyectó con salas llenas en la sección Generation K14 Plus de la Berlinale y recibió una mención especial del jurado. El logro lo encuentra lejos de casa, aunque plenamente consciente del momento que atraviesa.

Con calma, repasa los tres años que tomó levantar el proyecto, el trabajo con niños no actores y la decisión de contar una historia situada en un cementerio de Ica, donde la vida cotidiana convive con la muerte sin dramatismos. Más que celebrar un premio, Dextre habla de proceso, de comunidad y de la necesidad de seguir haciendo cine en el Perú.

La historia sigue a Chito, un niño de 11 años que crece en la periferia de Lima, donde la vida y la muerte conviven a diario, y retrata con sensibilidad una infancia marcada por la precariedad, pero también por la imaginación y la esperanza.

«Allá en el cielo» no solo se estrenó en una sala llena en la Berlinale, sino que además recibió una mención especial en su categoría. Felicitaciones por eso. ¿Qué ha significado para ti este reconocimiento en un festival de esta magnitud?

Muchas gracias. Nosotros estuvimos nominados en la Berlinale Generation K14 Plus al Oso de Cristal. Un cortometraje iraní obtuvo el premio y nosotros recibimos la mención especial del jurado. Para mí, para el equipo que estuvo en Berlín y para todos los que participamos en el proyecto, fue algo maravilloso. Han sido alrededor de tres años de trabajo, además de un proceso muy comunitario con los barrios y con los chicos, y un casting larguísimo. Más allá del reconocimiento, lo más valioso fue poder compartir el corto durante cinco días con salas llenas y ante tantas miradas distintas. Ese fue el regalo más grande que nos dio el festival.

¿Qué fue lo primero que quisiste contar en esta historia? ¿Cómo fue el inicio del proyecto o en qué momento te diste cuenta que este relato debía convertirse en un cortometraje?

Tengo un compromiso social desde el arte que quiero hacer. Vengo de una infancia privilegiada, crecí en Ica, en una ciudad pequeña, y siempre sentí la necesidad de contar historias que dialoguen con realidades que conozco de cerca. El cementerio de Saraja, por ejemplo, es un espacio muy presente en mi infancia. Ahí los niños trabajan, venden flores, cambian el agua, alquilan escaleras para los nichos. Eso sigue ocurriendo hasta hoy. Mis abuelos están enterrados ahí y hace poco volví a visitarlos; todo continúa igual.

Esa convivencia constante entre vida y muerte me movilizó. Quise contar una historia situada en un espacio donde no exista una división clara entre ambas, donde los chicos no solo trabajen, sino también jueguen y se rían. En el corto vemos que el barrio y el cementerio prácticamente son uno solo: las tumbas están frente a sus casas. Esa mezcla es el corazón de la historia. Todos convivimos con la muerte, pero a ellos les toca hacerlo de una forma mucho más concreta.

 

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La película aborda la infancia en contextos donde la vida y la muerte conviven cotidianamente. ¿Qué reflexión buscabas generar en el público?

Nunca fue mi intención dar una lección o plantear un mensaje explícito. Siempre quisimos contar la historia de la forma más honesta posible. De hecho, hay muchas cosas que no están resueltas en el cortometraje, porque me interesa que el espectador participe y complete la historia desde su propia mirada. Siento que cada persona termina de escribirla al verla. No buscamos imponer un juicio, sino abrir un espacio para que cada quien construya su propia reflexión.

Tras la reacción del público en Berlín y la mención especial, ¿sientes que el cortometraje ha encontrado el eco que esperabas a nivel internacional?

Solo estar nominados ya era un paso enorme. La curaduría es muy exigente; llegan más de 3,000 o 4,000 cortos de todo el mundo. Competíamos con películas chinas, italianas, inglesas, mexicanas, iraníes. Estar ahí ya era un sueño.

Cuando en la gala anunciaron la mención especial fue como cerrar un círculo después de tres años de trabajo. Además, la experiencia en Berlín fue increíble: nos trataron muy bien y recibimos un feedback muy generoso de otros cineastas. Fue un momento muy bonito y estamos profundamente agradecidos con el festival.

Niños del barrio convierten el cementerio en su espacio cotidiano: entre nichos y mausoleos, la infancia encuentra lugar para jugar, trabajar y crecer.

Niños del barrio convierten el cementerio en su espacio cotidiano: entre nichos y mausoleos, la infancia encuentra lugar para jugar, trabajar y crecer.

Trabajaste con adolescentes y niños que no son actores. ¿Cómo fue el rodaje con ellos y qué aprendizajes te dejó esta experiencia?

Sí, efectivamente, no son actores. Desde el inicio queríamos trabajar con chicos que realmente estuvieran acostumbrados a la calle, porque eso se nota en la forma de pararse, de mirar, de caminar, incluso en su piel. Hay algo en esa experiencia de vida que es imposible de fingir.

El proceso de casting duró alrededor de seis meses y estuvo liderado por Beto Benites. Hicimos incluso un campeonato de fútbol en el barrio para convocar chicos y sumar extras. Luego abrimos un casting más amplio en distintos distritos. Fue largo e intenso, pero muy enriquecedor.

Ramsés Naranjo encarna a un niño que transita su infancia entre juegos y trabajo en un cementerio limeño, donde la vida cotidiana convive con la muerte sin fronteras claras.

Ramsés Naranjo encarna a un niño que transita su infancia entre juegos y trabajo en un cementerio limeño, donde la vida cotidiana convive con la muerte sin fronteras claras. (Créditos: Martin del Pozo)

En el rodaje también fue un desafío, porque cada uno tenía un carácter fuerte, pero aprendí muchísimo de ellos. Más que pedirles que actuaran, mi trabajo fue dejar que fueran ellos mismos y, desde la puesta en escena y la cámara, construir la narrativa alrededor de su autenticidad.

¿Sientes que este reconocimiento marca un punto de partida en tu carrera?

Sí, definitivamente. Vengo de la publicidad, he trabajado en Perú, Brasil, México y para Latinoamérica en general. Este es mi primer cortometraje y mi primer festival como cineasta. Para mí marca el inicio de esta nueva etapa. Además, ya estoy escribiendo un largometraje que también aborda las infancias, así que este reconocimiento me da impulso para seguir soñando y haciendo cine.

Roddy Dextre y Julian Amaru

Roddy Dextre junto a Julian Amaru, director de fotografía del cortometraje. (Créditos: Martin del Pozo)

¿Cómo ves el momento actual del cine peruano? ¿Crees que hay una generación que está logrando posicionarse con más fuerza en festivales internacionales?

Definitivamente. Hay cineastas como Francesca Canepa que están haciendo cosas increíbles. Cuando hablamos de cine peruano debemos verlo como un movimiento. Cada película que logra abrirse camino, como “Raíz”, “Reinas” o “El secreto de las mariposas”, y otras tantas películas, no solo beneficia a cada cineasta, sino a todos. Cada logro fortalece la presencia internacional del cine peruano y abre puertas para los demás. Eso siempre es motivo de celebración.

¿Crees que las nuevas generaciones de cineastas están entendiendo el oficio de contar historias o se están dejando llevar por la urgencia de hacer cine?

Recién estoy empezando en el cine, así que no me siento en posición de dar lecciones. Lo que sí creo es que hacer cine es una tarea compleja y titánica, sobre todo por el financiamiento. Más allá del punto de partida o las motivaciones, lo importante es seguir haciendo películas y empujar para que nuevas historias sean posibles. Sea cine comercial, autoral o experimental, lo importante es construir una industria en el Perú.

Kenji Farfán interpreta a uno de los adolescentes del barrio.

Kenji Farfán interpreta a uno de los adolescentes del barrio. (Créditos: Martin del Pozo)

¿Crees que en el corto o mediano plazo podamos tener una ley sólida de fomento al cine, con más apoyo o inversión pública?

Es una pregunta difícil. El contexto del país es incierto a nivel macro, y el arte suele quedar en un plano más específico. Probablemente nos toque a los artistas involucrarnos más en el espacio público y político para impulsar las leyes que necesitamos. Si esperamos únicamente que los políticos o técnicos prioricen estos temas, el proceso puede ser muy largo.

¿Qué directores peruanos o extranjeros han influido en tu mirada cinematográfica? ¿Hay alguna referencia clara detrás de «Allá en el cielo»?

Mi cine favorito es el iraní desde hace muchos años. Me atraen sus premisas simples que desembocan en emociones y reflexiones complejas. En Perú, películas como Paraíso de Héctor Gálvez o Días de Santiago de Josué Méndez han sido muy importantes para mí.

También leo mucha literatura japonesa. Me interesa su manera de narrar desde la sutileza, las pausas y la elegancia, sin cerrar del todo las historias y dejando espacio para que el espectador participe. Esa búsqueda está muy presente en mi forma de entender el cine.

El cortometraje 'Allá en el cielo' confirma el buen momento del cine peruano en la Berlinale.

El cortometraje ‘Allá en el cielo’ confirma el buen momento del cine peruano en la Berlinale.

Después de este estreno y la mención especial en Berlín, ¿cuál es el siguiente paso para ti?

Estoy escribiendo mi ópera prima, un largometraje que se llama «El vuelo de las hojas», junto al productor Javier Salvador. Nuevamente gira en torno a las infancias y a contextos difíciles que los niños y adolescentes no eligen, pero que los obligan a madurar antes de tiempo. Este año quiero dedicarlo a escribir y reescribir el guion, con la esperanza de que el proyecto esté listo el próximo año.

***Si deseas ver el tráiler de «Allá en el cielo», haz clic aquí.

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