Más que un espacio funcional, la cocina limeña revela cómo se organizan el trabajo, la vida familiar y la ciudad, entre tradiciones locales y modelos importados que siguen definiendo nuestra forma de habitar.
Por: Sebastián Cillóniz
En un proyecto nuevo, la cocina condensa buena parte de la inversión económica y tecnológica, no solo por la acumulación de equipos, sino porque articula un saber proyectual específico que deberá actualizarse con el tiempo. Heredera de la racionalización moderna que la convirtió en una máquina eficiente, la cocina funciona como el espacio cotidiano de producción y de vida en familia.
En Lima, las cocinas suelen estar cerradas. Nuestra gastronomía, rica en guisos, salteados y frituras, dialoga poco con la idea contemporánea de la cocina abierta que la integra con la sala y el comedor. A su vez, el comedor de diario activa la cocina según la escenografía de la vida doméstica. Allí se desayuna apurado, se almuerza en tránsito, se cena sin invitados y se sostiene la repetición cotidiana de la vida sin el peso social de la representación.

La cocina como infraestructura invisible: circulación, almacenamiento y trabajo se organizan en un espacio cerrado donde la eficiencia técnica sostiene la vida doméstica cotidiana.
En este ámbito conviven tiempos, cuerpos y roles distintos. Están quienes cocinan, quienes trabajan cocinando, quienes comen y ensucian, quienes limpian y quienes trabajan limpiando. Todos conviven; no siempre todos viven en la casa. La cocina limeña es infraestructura técnica y coreografía doméstica.
Aquí se hacen visibles las condiciones materiales y sociales en las que el trabajo doméstico, remunerado o afectivo, coexiste.
Nuestras cocinas pueden entenderse como una superposición de prácticas locales y modelos importados. El siglo XX abordó la cocina como un problema técnico, cuya expresión más conocida fue la Frankfurt Kitchen de Margarete Schütte-Lihotzky: un espacio reducido y optimizado que buscaba liberar tiempo y energía para una vida moderna emancipada. Aquella promesa no se cumplió del todo, pues el reparto del trabajo doméstico permaneció intacto, solo más eficiente y menos visible.
Mientras la historia occidental oscilaba entre optimizar la cocina o eliminarla, Lima fue construyendo una tercera vía. La cocina se desplazó y se tensó entre lo doméstico y lo colectivo. Al salir de la casa, la cocina se hizo visible. En ese desplazamiento, se convierte en un espacio privilegiado para leer la vida familiar y urbana en constante convivencia. En una ciudad reconocida por su gastronomía, resulta inevitable pensar que la arquitectura de la cocina puede anticipar, también, el futuro de la arquitectura de la ciudad. •

Entre ollas, tiempos y cuerpos distintos, la cocina se vuelve escenario colectivo del trabajo doméstico, donde lo productivo y lo afectivo conviven sin jerarquías visibles.
Sobre Sebastián Cillóniz
Arquitecto y docente, formado en la Pontificia Universidad Católica del Perú (PUCP) y con un Master of Advanced Architectural Design por la Universidad de Columbia en Nueva York. Combina la práctica profesional con la reflexión crítica sobre la vivienda y los espacios cotidianos, entendiendo el diseño como una herramienta para pensar, ordenar y mejorar la vida diaria con rigor, sensibilidad y criterio técnico. Ha sido reconocido con el Hexágono de Oro (Plan Selva, 2016) y ha participado en proyectos curatoriales como Living Scaffolding, Pabellón del Perú en la Bienal de Arquitectura de Venecia. Actualmente dirige Sebastián Cillóniz Arquitectura, donde desarrolla proyectos residenciales que integran claridad conceptual, buen gusto y una gestión consciente del presupuesto, acompañando a sus clientes en decisiones complejas con solvencia intelectual y precisión proyectual.
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@cllz_arquitectura
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