Con José María Balcázar al mando, la sucesión constante de mandatarios evidencia que la estabilidad macroeconómica convive con una incertidumbre política que limita decisiones estratégicas de largo plazo.
Por: Rollin Thorne Davenport
La reciente asunción de José María Balcázar a la Presidencia de la República vuelve a colocar al país frente a una realidad incómoda: el Perú vive en transición permanente. Desde el 2016, cuando fue elegido Pedro Pablo Kuczynski, ocho personas han ocupado el más alto cargo del Estado.
La sucesión constante de mandatarios no ha respondido a ciclos políticos normales, sino a una constante crisis que ha incluido vacancias, censuras y confrontaciones abiertas entre poderes. Más que una alternancia democrática, lo que se ha consolidado es una gobernabilidad frágil, incapaz de ofrecer una mínima estabilidad política.
La censura de José Jerí y la elección de Balcázar confirma un patrón reiterado: el Ejecutivo debilitado y un Congreso que ejerce el poder decisivo. Sin embargo, en este caso hay un elemento adicional que no puede ignorarse. El hoy presidente Balcázar proviene de las filas de Vladimir Cerrón y de Pedro Castillo.
Su trayectoria política está ligada a Perú Libre, el partido que llevó al poder a Castillo, hoy procesado y privado de su libertad tras un intento de quebrar el orden constitucional. Aunque Balcázar no fue protagonista de aquel episodio, su cercanía política y su respaldo al expresidente plantean legítimas dudas sobre la orientación que dará a este breve gobierno de transición.
A ello se suman sus cambios de bancada, sus polémicas y preocupantes declaraciones públicas sobre el matrimonio infantil y las investigaciones que lo alcanzan. Lejos de representar a una figura de consenso que contribuya a descomprimir el ambiente político, su perfil genera escepticismo en sectores que esperaban una conducción estrictamente técnica y neutral en esta etapa final previa a las elecciones generales de abril.La posibilidad de un eventual indulto a Castillo, mencionada anteriormente por el propio Balcázar, introduce un factor de tensión adicional en un contexto que exige prudencia institucional.
La paradoja es que, mientras la política se muestra volátil, la economía ha mantenido una relativa estabilidad. La inflación permanece controlada y el crecimiento económico bordea el 3,5%. Esa resiliencia macroeconómica ha amortiguado los efectos de la crisis institucional, pero no puede sustituir la necesidad de previsibilidad. La inversión privada no se ha retirado, aunque opera con cautela.
Los proyectos se postergan, las decisiones estratégicas se evalúan con mayor prudencia y el horizonte se acorta.
El riesgo de esta década no es necesariamente un quiebre abrupto, sino un deterioro gradual de la institucionalidad. Cuando la inestabilidad se vuelve recurrente, las instituciones pierden capacidad de conducción y la ciudadanía normaliza la precariedad. Un Ejecutivo condicionado por equilibrios parlamentarios frágiles prioriza la supervivencia antes que la reforma estructural. Las políticas públicas quedan atrapadas en negociaciones coyunturales y el país avanza sin dirección estratégica clara de mediano o largo plazo.
“Aunque la economía muestra resiliencia, la sucesión de mandatarios refleja un país incapaz de consolidar reglas previsibles y liderazgo
duradero”.
El contexto inmediato agrava esa fragilidad. La amenaza de un Niño Costero exigirá coordinación técnica y liderazgo firme en sectores
como agricultura e infraestructura, mientras que la autonomía del sistema electoral deberá preservarse con rigor para garantizar elecciones generales transparentes. En un entorno de confianza debilitada, cualquier señal de interferencia política amplifica el riesgo.
El Perú ha demostrado que puede sostener estabilidad macroeconómica incluso en medio de una coyuntura convulsionada, pero la pregunta es cuánto tiempo puede prolongarse ese equilibrio. Sumar ocho presidentes en menos de una década no es solo una cifra,
sino que refleja un sistema que no logra consolidar reglas previsibles ni autoridad duradera. La resiliencia económica tiene límites, y ningún país puede aspirar a un desarrollo real si la incertidumbre política se convierte en su única constante.
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