En los últimos años, la aparición de programas como Game of Thrones, Breaking Bad o House of Cards ha hecho que muchos consideren que la calidad de las producciones televisivas es superior a la de las cinematográficas. Y sobran razones para pensar eso. La primera serie de las que hemos mencionado cuenta con presupuestos millonarios, la otra tiene uno de los mejores guiones de la historia, y la última es protagonizada por dos actores increíbles como Kevin Spacey y Robin Wright. Sin embargo, es incorrecto decir que recién ahora se hacen productos televisivos de esta calidad. La primera muestra de ello es, indudablemente, Los Soprano, estrenada en 1999 y que tuvo seis magníficas temporadas con las que se llevó todos los premios que quiso. Pero hay también otro ejemplo, menos popular, que comprueba que hace tiempo la televisión ya era mejor que el cine: Freaks and Geeks.

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Como siendo víctima de su propio título y concepto, la serie, creada por Paul Feig y producida por un maestro de la comedia como Judd Apatow, fue marginada por la cadena NBC, que continuamente cambiaba sus horarios para que no se cruzara con otras transmisiones a las que ellos le daban prioridad. Si bien esto fue la causa de su suspensión y pronta cancelación (sólo llegó a tener 18 capítulos), su mala suerte mediática colaboró también en que se convirtiera en una serie de culto, pues desde su primera emisión contó con el respaldo de la crítica especializada. Y esto último no fue para nada arbitrario ni gratuito.

Freaks and Geeks, ambientada en el primer año escolar de la década de los ochenta, se ubica en el ficticio suburbio de Chippewa y tiene como personajes centrales a un grupo de estudiantes del Instituto McKinley, quienes, como el título lo indica, son un conjunto mixto de nerds y bichos raros. ¿Y qué género es? Decir, como todos, que es una comedia sería contar sólo una parte de la historia. El encanto de este show es que, sin perder su personalidad y buen humor, se adentra en el mundo de un grupo de adolescente que lo que hacen es precisamente adolecer.

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Pero la gracia del programa no se acaba en la producción ni en la ambientación detallada ni en sus temas, que harán que más de uno se identifique y los sufra o disfrute en carne propia, sino que todo esto se ve reforzado por un elenco entrañable. Para hablar de este cast que descubrió a figuras talentosísimas es necesario separarlo en dos tribus.

El primero, el de los freaks, tiene como eje a Lindsay Weir, interpretada por Linda Cardinelli, una talentosa chica de 16 años que no encuentra su lugar en el mundo pero que cada cierto tiempo se acopla a un grupo de renegados.

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Ahí sobresale la figura del personaje encarnado por un súper joven y súper delgado James Franco: Daniel Desario. Al lado de él están siempre su novia Kim Kelly, el ácido Ken Miller y el entusiasta Nick Andopolis, interpretados respectivamente por Busy Philipps, Seth Rogen y Jason Segel.

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El segundo equipo, el de los geeks, está integrado por Sam, hermano menor de Lindsay, personificado por John Francis Daley, quien a sus catorce años (era el menor del reparto) retrata de manera perfecta a este muchacho enano y flaco fanático de Star Wars y Steve Martin.

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A él lo acompañan inseparablemente otros dos personajes a los que es imposible odiar: Neal Schweiber y Bill Haverchuck. El primero, responsabilidad de Samm Levine, es un pequeño y lúcido judío que nunca desaprovecha la oportunidad para desplegar su talento humorístico mientras usa camisas, pullovers y cuellos de tortuga. El otro, interpretado por Martin Starr, es un desgarbado nerd que, con sus enormes lentes y su voz nasal, protagoniza algunos de los momentos más tiernos del programa (gracias a él uno escucha I’m One, de The Who, de una manera diferente).

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Hoy, felizmente, podemos disfrutar de Freaks and Geeks gracias a Netflix, que subió sus 18 episodios a su plataforma. Hay que animarse a conocer a este grupo de inadaptados y acompañarlos en su primer beso, en su eterno enfrentamiento al rechazo y en sus dramáticos problemas familiares. De ninguna forma existirá un arrepentimiento después de eso. Se los podemos asegurar.

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Por Omar Mejía Yóplac