Las imágenes del rey Jigme Khesar Namgyel Wangchuck, la reina Jetsun Pema y sus tres hijos durante el Día Nacional de Bután vuelven a poner el foco en la monarquía del Himalaya y en el modelo que convirtió al país en sinónimo de felicidad, tradición y sostenibilidad.

Por: Redacción COSAS

Las fotos lo dicen todo antes de que alguien intente explicarlo. Trajes tradicionales impecables, sonrisas sin artificio, niños que no parecen posar y un protocolo que no intimida. Así celebró Bután su Día Nacional, con los Reyes dragón y sus tres “príncipes dragones” convertidos —sin proponérselo— en la imagen más poderosa del país más feliz del mundo.

Jigme Khesar Namgyel Wangchuck y la reina Jetsun Pema, comparada desde hace años con una “Kate Middleton del Himalaya”, presidieron los actos acompañados por sus hijos: el príncipe heredero Jigme Namgyel, de 9 años; el príncipe Jigme Ugyen, de 5; y la pequeña princesa Sonam Yangden, de apenas 2, que robó miradas y protagonismo con la naturalidad que solo tienen los niños cuando nadie les exige actuar como adultos en miniatura.

No es una aparición puntual ni un gesto de marketing real. En Bután, la familia es parte central del relato de la monarquía, y también de su popularidad. Los ciudadanos los reconocen, los sienten cercanos y los ven como una extensión de sus propios valores: sencillez, continuidad y respeto por la tradición.

Los dos herederos caminan de la mano frente a su pueblo, vestidos con trajes tradicionales y una naturalidad que resume el espíritu cercano de la monarquía butanesa.

El Rey se inclina ante su gente en un gesto sencillo y elocuente, mientras el país entero celebra su historia, su cultura y su idea de bienestar compartido

El Día Nacional: historia, color y dragones

Cada 17 de diciembre, el país entero se vuelca en una celebración que va mucho más allá del calendario. Ese día se conmemora la coronación del primer rey de Bután, Jigme Singye Wangchuck, en 1907, y se recuerda el inicio de una monarquía que adoptó el dragón —el Druk— como símbolo de fuerza, protección y espíritu nacional.

Desfiles, danzas tradicionales y ceremonias llenan principalmente Thimphu, la capital, donde la familia real aparece siempre vestida con indumentaria tradicional. No hay concesiones a la moda occidental ni guiños forzados a la modernidad: aquí, la identidad se muestra sin traducciones.

Las imágenes resultantes —vibrantes, coloridas, profundamente coherentes— viajan por el mundo y reavivan una fascinación persistente: ¿cómo un país pequeño, remoto y sin grandes lujos se convirtió en referente global de bienestar?

El heredero descansa unos instantes entre flores y ceremonias, ajeno al protocolo, recordando que en Bután incluso la realeza crece a su propio ritmo.

La felicidad como política de Estado

La respuesta no está solo en las sonrisas reales. Está en una idea que Bután convirtió en doctrina hace décadas: la Felicidad Nacional Bruta (FNB). Fue el cuarto rey, Jigme Singye Wangchuck, quien sentenció que el bienestar de un pueblo era un mejor indicador que el Producto Interior Bruto.

Desde entonces, el país mide su progreso a partir de variables como el desarrollo socioeconómico, la preservación de la naturaleza, la protección de la cultura y el buen gobierno. No es poesía institucional: es política pública.

Los datos lo respaldan. Según la encuesta nacional de 2022, casi el 50% de la población se declara ampliamente o profundamente feliz. La esperanza de vida pasó de 37 años en 1960 a 73 en 2019. Hay más hospitales, más escuelas y una economía que crece impulsada por la energía hidroeléctrica, una de las grandes fortalezas del país.

Concentración y serenidad en los gestos de los jóvenes príncipes durante los rituales del Día Nacional, una tradición que se transmite desde la i

El resultado es un paisaje prácticamente intacto, una cultura viva y una ausencia casi total de grandes multinacionales. En Bután no hay cadenas de comida rápida dominando las esquinas. Hay templos incrustados en acantilados, rutas de senderismo que quitan el aliento y una cotidianidad que todavía se reconoce a sí misma.

Felices, verdes y en riesgo

Bután es, además, uno de los pocos países del mundo que puede presumir de ser carbono negativo. Su Constitución exige que al menos el 60% del territorio sea bosque —hoy es más del 72%—, lo que le permite absorber más CO₂ del que emite. Junto a Panamá y Surinam, forma un club ambiental tan pequeño como influyente.

La energía hidroeléctrica no solo abastece al país, sino que se exporta a India, reduciendo emisiones regionales. Y ahora, Bután explora nuevas tecnologías para monetizar su captura de carbono en los mercados internacionales.

Madre e hija comparten un momento de calma durante las celebraciones nacionales, envueltas en seda, tradición y una complicidad silenciosa que define a la realeza de Bután.

Las mujeres de la familia real de Bután posan juntas con trajes tradicionales ricamente bordados, una imagen de continuidad, identidad y orgullo cultural durante el Día Nacional.

Paradójicamente, este modelo ejemplar está amenazado por el cambio climático. El deshielo de los glaciares del Himalaya provoca riadas cada vez más violentas. El país que mejor cuida la naturaleza es también uno de los más vulnerables a su deterioro.

Tal vez por eso las fotos del Día Nacional impactan tanto. No muestran solo una familia real carismática ni una celebración exótica. Muestran coherencia. Un país que celebra su historia, protege su entorno, pone a las personas en el centro y educa a sus futuros reyes —literalmente— frente a la mirada de su pueblo.

En Bután, la felicidad no es un eslogan. Es una práctica diaria. Y, a veces, también una imagen perfecta de familia bajo el cielo del Himalaya.

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