La propuesta reúne 62 piezas coloniales procedentes de colecciones internacionales, incorpora investigaciones recientes y plantea una revisión historiográfica que sitúa al antiguo centro andino como foco artístico

Por María Jesús Sarca Antonio

El Museo de América inauguró en Madrid una exhibición dedicada a la pintura virreinal del Cusco, abierta al público hasta abril, con cerca de 60 obras —muchas conservadas durante décadas en depósitos, iglesias y colecciones privadas españolas— que ahora se presentan en diálogo con piezas procedentes de instituciones culturales de España y Estados Unidos.

La muestra cuenta con el apoyo de la Thoma Foundation y préstamos del Archivo General de Indias, la Biblioteca Nacional de España, el Museo del Prado y la Catedral de Sevilla.

La muestra, titulada Pintura cuzqueña: Centro y periferia, propone releer la antigua capital inca como un eje creador cuya influencia se proyectó hacia territorios cercanos y circuitos trasatlánticos. Francisco Montes González, especialista en arte hispanoamericano y comisario del proyecto, explica que el concepto curatorial evita jerarquías tradicionales. “Hemos elegido un concepto que ya se ha utilizado en la historia del arte: centro y periferia, pero no para jerarquizar un lugar respecto a otro, sino para ofrecer una geografía que transite evidentemente desde el Cuzco como núcleo que irradia una serie de influencias que afectan a sus alrededores, tanto a escala regional como trasatlántica”, explica Montes.

El recorrido reúne fondos mayoritariamente españoles, algo poco frecuente en este campo de estudio. Montes subraya que las grandes exposiciones dedicadas al arte virreinal peruano dependían hasta ahora de préstamos directos desde Perú. En esta ocasión, la institución madrileña articuló un conjunto que incluye piezas propias y 25 obras cedidas, además de siete pinturas provenientes de la Thoma Foundation de Estados Unidos, considerada una de las mayores colecciones de arte virreinal a escala global.

También colaboran el Archivo General de Indias, la Biblioteca Nacional de España, el Museo del Prado, el Museo Arqueológico Nacional, el Museo Nacional de Antropología, el Museo de Bellas Artes de Sevilla y el Museo del Greco, junto con conventos, parroquias y catedrales andaluzas cuyos patrimonios rara vez acceden a exhibiciones públicas.

Color, símbolo y memoria andina

El montaje se despliega en una sala ovalada que sitúa al visitante en un punto central, evocando al Cusco como “ombligo” simbólico. Los muros lucen un tono rosado intenso asociado al llamado “cholapink”, término vinculado al artista peruano Reynaldo Luza. “El color lo elegimos por casualidad”, confiesa Montes. “Quisimos arriesgar e incluir tonalidades de rosa en los muros para que dialogaran con las flores en los cuadros y con el dorado de los marcos. Solo después descubrimos, gracias a colegas peruanos, la historia del ‘cholapink’ o fucsia serrano. No puedo creer la casualidad, es increíble”, comenta.

La memoria indígena ocupa un lugar clave en la lectura curatorial. Montes destaca la persistencia simbólica del textil andino, el uso del pan de oro y la presencia de objetos como queros, tupus y piezas de plata con iconografía de aves, figuras relevantes en la cosmovisión andina. Estos elementos dialogan con las pinturas para cuestionar categorías rígidas como “arte sincrético” o “arte mestizo”, conceptos que la historiografía reciente revisa por sus implicancias jerárquicas.

El proceso de investigación tomó más de un año y medio e incluyó trabajo en archivos, revisión bibliográfica y búsquedas en recintos religiosos y colecciones privadas. “Dimos con piezas inéditas”, sostiene el comisario.

La exhibición también desmonta la idea de una producción anónima. Montes menciona ejemplos concretos: “De hecho, tenemos un cuadro muy curioso de una devoción gallega encargada a un indiano y enviada a España, firmada por un tal Antonio Sarmiento, pintada en Cusco en 1655. Luego tenemos otros dos cobres firmados por un tal Mateo Samanés. El principal problema es que no se ha investigado lo suficiente en los archivos. Ahora mismo hay investigadoras como Ewa Kubiak arrojando cada vez más información. Era necesario sumergirse en los archivos del Cusco, en notarías, para encontrar contratos. Ya podemos hablar de una nómina importante de maestros. El hecho de firmar conlleva un intento de reconocimiento y estatus. Muchas veces firmaban cuando los cuadros iban a ser exportados”.

Diálogos visuales entre Europa y los Andes

El guion expositivo muestra vínculos entre modelos europeos y reinterpretaciones locales. Obras relacionadas con Francisco de Zurbarán dialogan con versiones cusqueñas donde surgen paisajes frondosos, aves y textiles minuciosos. Artistas como Basilio de Santa Cruz Puma Callao y Diego Quispe Tito incorporan recursos ornamentales distintivos, mientras cobres pintados y grabados flamencos adaptados evidencian intercambios visuales reinterpretados desde un entorno cultural andino.

Una reproducción del retablo de la Virgen de Copacabana aparece como pieza central en plata labrada, evocando objetos devocionales transportados hacia Europa. “En esas épocas, las reproducciones del retablo eran llevados o regalados a sus familiares en España”, comenta Montes, recordando que el metal provenía de las minas de Potosí, eje económico del virreinato.

La muestra reúne cerca de 60 obras de pintura virreinal cusqueña, muchas de ellas exhibidas por primera vez fuera de depósitos y colecciones religiosas españolas.

“Esta exposición quiere revisar y actualizar la pintura cuzqueña en el marco de las nuevas perspectivas historiográficas”, apunta Montes. Con esta propuesta, Madrid se convierte en sede de una revisión crítica que sitúa al Cusco como centro activo dentro de la historia del arte global.

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