Durante el Oncenio, la capital celebraba tres días con desfiles, concursos de reinas, carros alegóricos y fiestas de sociedad en hoteles como el Bolívar y el Gran Hotel Atahualpa

Por: Redacción COSAS

En la década de 1920, la ciudad convirtió febrero en un mes lleno de fiestas por los Carnavales que paralizaba las actividades laborales durante tres días. Bajo el gobierno de Augusto Bernardino Leguía, Lima organizó corsos alegóricos, concursos de reinas y bailes de sociedad que recorrían el Jirón de la Unión, plaza San Martín y Paseo Colón.

Los carnavales en Lima presentaban carros alegóricos que avanzaban por las calles del Centro Histórico, un evento lleno de música, tradición, cultura y arte.

El modelo europeo y la fiesta criolla

De acuerdo con Marco Antonio Capristán Núñez, investigador de la historia de Lima, el mandatario estudió los carnavales más célebres de Francia y Venecia con la intención de adaptar formatos a la capital. Durante su segundo gobierno (1919-1930), declaró feriados domingo, lunes y martes previos al miércoles de ceniza para garantizar asistencia masiva.

El programa municipal anunciaba el desfile desde el Paseo Colón hacia plaza Bolognesi, plaza San Martín, Plaza de Armas y Barrios Altos, hasta el Parque Universitario. Carros convertidos en pavos reales, tumbas egipcias o barcos piratas trasladaban a la reina y su corte. Tras ellas, el rey y la reina infantil. Al finalizar, recepción en el Consejo Provincial con el presidente como invitado central.

Celebraciones de 1928: el corso avanza con carros alegóricos de inspiración veneciana, con las postulantes a reinas del carnaval, entre serpentinas, perfumes y música en vivo.

El coleccionista Juan Mendoza resume esa relación entre poder y multitud: “Leguía supo usar su relación con la multitud en estas fiestas como elemento de legitimación. Él presidía el carnaval, la reina desfilaba a su lado”.

La prensa celebraba el ambiente. “El presente año el carnaval ha transcurrido en medio de verdadera, sana y cultural alegría”, reportaba en 1925 un redactor de El Comercio. “Las señoras y señoritas caminan llenas de confianza y seguridad al saber que no serían molestadas por nadie”, añadía.

Perfumes, chisguetes y galanteo

En las calles, la dinámica mezclaba picardía y etiqueta. “Antes no había globos; por eso, la gente los reemplazaba con un huevo donde le hacían un hueco y lo llenaban con perfume, talco y serpentina. Luego lo tapaban con cera y lo tiraban. Esta era la principal artillería para los jugadores”, explicó Marco.

“Otra herramienta que usaban eran los chisguetes que contenían perfume. Eso fue la moda por unos 20 años en Lima”, detalló.

El historiador Sandro Patrucco sitúa la tradición dentro del calendario litúrgico: antes de la Cuaresma, el desorden permitía liberar tensiones. Citando a Mijail Bajtin, sostiene que la inversión simbólica del orden reforzaba luego la normalidad. Durante el Virreinato y la República, salpicar colonia podía entenderse como gesto de galantería entre “gente decente”.

Con el cambio de siglo, las autoridades intentaron regular prácticas consideradas excesivas. “Entonces se vivía una continua tensión para mantener controlada a la plebe”, señala Patrucco. Aun así, Leguía introdujo aderezos mediterráneos, reemplazó agua sucia por fragancias florales e impulsó carros más elaborados.

Limeños lucían  trajes de colombinas, pierrots y toreros para ser parte de toda una fiesta perfumada y animada con valsecitos.

Hoteles, bailes y vida social

La fiesta se extendía a salones y terrazas. En 1924, el Gran Hotel Atahualpa en La Punta organizó ‘diner dansant’ en honor a la reina. El cubierto costaba seis soles de la época, equivalente hoy a 600. También ofrecían celebraciones el hotel Bolívar, el Lido de Venezia en San Miguel y el Royal de Chosica. El bufet incluía tamales, chicharrones, arroz con pato y anticuchos; junto al pisco circulaban vino riojano, coñac, jerez, oporto y cidra. El Jardín Estrasburgo iluminaba el Portal de Escribanos con estética veneciana y orquesta de jazz.

Barranco, La Punta y Ancón fortalecieron bailes de fantasía tras 1930, cuando la caída de Leguía diluyó el liderazgo oficial. Surgieron reinas del trabajo, del comercio, del Mercado Central y de instituciones públicas, reflejo de una celebración menos centralizada.

Un grupo de jóvenes limeñas vestidas para el carnaval posa ante el lente del fotógrafo Julio Dávila.

La reina del carnaval posa sobre su carro alegórico en 1928, rodeada de su corte y ataviada con traje de fantasía.

El decreto que puso fin a los carnavales

A mediados de siglo predominó el juego con agua en barrios populares. El municipio patrocinó festivales en el Campo de Marte, prohibiendo salpicaduras por la epidemia de gripe. En 1958, la elección de Matilde Guillot como soberana coincidió con cuestionamientos sobre la pertinencia de tres días festivos. Ese domingo se desperdiciaron 200 mil litros de agua y varias líneas de ómnibus dejaron de circular.

Marco Capristán resume el giro dramático: “La gente comenzó a jugar de forma agresiva en los barrios populares de la capital. En el año 58 hubo 22 muertos y casi 200 heridos. Esta noticia salió en los periódicos de aquella época. Por ese motivo suspendieron el corso alegórico y otras actividades, menos los juegos”.

Bailes de fantasía en salones emblemáticos como el hotel Bolívar y el Gran Hotel Atahualpa reunían a la sociedad limeña alrededor de bufets criollos y orquestas de jazz durante la temporada carnavalera de los años veinte.

“Como aumentó la violencia en los juegos, en el año 59 se decidió prohibir el Carnaval de Lima, también los tres días de feriados, que eran domingo, lunes y martes de febrero, y se declararon laborables para evitar más tragedias”, agregó.

El 18 de febrero las cifras oficiales registraron 11 fallecidos y cerca de 4.000 lesionados. Desde su columna, Luis Felipe Angell escribió: “Esta demostración colectiva de bestialidad ha puesto en evidencia un peligroso desquiciamiento moral de nuestra juventud”. Tres días después, Manuel Prado firmó el Decreto Supremo 348 que eliminó las jornadas festivas.

Con el paso del tiempo, Cajamarca y Ayacucho asumieron protagonismo nacional. En Lima quedó la memoria de serpentinas, antifaces y chisguetes perfumados que, durante décadas, transformaron la Ciudad de los Reyes en un teatro al aire libre donde cualquiera podía reinventarse tras una máscara.

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