Tras casi una década al frente de Ginsberg + Tzu, Claudia Pareja abre un nuevo capítulo con Vesper Tzu, su proyecto más personal. Con una apuesta frontal por la pintura joven latinoamericana y la estética de una nueva generación de artistas, la galerista explica en entrevista exclusiva con COSAS este rebranding y lo que significa para la escena del arte contemporáneo peruano.

Por: Alessia Carboni

En el ecosistema del arte contemporáneo limeño, los nombres suelen ser anclas de identidad. Durante casi una década, la alianza entre Claudia Pareja y Silvana Pestana bajo el sello Ginsberg + Tzu fue un referente del arte de contenido político y rigor conceptual. Pero 2026 llega con una transformación que Claudia define como orgánica y necesaria.

Más que un cambio de nombre, Vesper Tzu representa una nueva etapa curatorial.

Vesper Tzu no nace de una ruptura, sino de la conclusión natural de un ciclo. «Se dio de manera orgánica porque las dos empezamos a tener intereses y preocupaciones diferentes», recuerda Pareja, quien asegura sentir un profundo agradecimiento hacia Pestana y destaca que las une una amistad de muchos años. Lo que emerge ahora es un proyecto que lleva la impronta personal de su fundadora.

«Ginsberg tenía una identidad que formamos en conjunto, pero Vesper refleja más mi idiosincrasia personal y un interés que he cultivado por diez años.» Vesper Tzu trae consigo una premisa clara: el retorno a la estética. «Me interesa el lugar de la belleza en el mundo: para sanar, para el disfrute y el goce. El placer de ver algo bello.»

Una escena sin fronteras

Si la etapa anterior priorizaba el contenido social y la problemática local, Vesper Tzu abre su mirada hacia un horizonte más internacional y poético. «Me preocupa mucho la poesía en el arte», dice Pareja.

Claudia ha consolidado un roster de artistas que define como «ciudadanos del mundo» —formados en ciudades como Nueva York o Madrid— cuyas obras no responden necesariamente a la coyuntura local, sino a inquietudes más universales: la condición humana, la nostalgia o el paisaje emocional. Aun así, sus trabajos mantienen un vínculo profundo con la esencia latinoamericana.

Aunque fotografía y papel ganan terreno, la pintura sigue siendo la reina del mercado: un formato con tradición, estabilidad y fuerte presencia en el circuito internacional.

El color como identidad

Uno de los pilares más ambiciosos de Vesper Tzu es su enfoque en la pintura latinoamericana desde una óptica propia, sin tomar a Europa como punto constante de referencia. «En Perú tenemos un manejo del color que en Europa es imposible concebir: los colores de los Andes, los colores de la selva, nuestra capacidad para combinar estos colores y generar estéticas a partir de eso», afirma Pareja.

Y va más lejos: se anima a proponer categorías nuevas. Si en literatura el mundo se rindió ante el realismo mágico, en la pintura regional propone algo equivalente. «Usamos la categoría de surrealismo, pero esa es una etiqueta europea. Aquí podríamos hablar de un surrealismo mágico.» Con esta idea, Pareja sugiere que muchas obras latinoamericanas mezclan lo cotidiano con lo fantástico de manera natural, un imaginario donde lo extraño convive con lo real sin necesidad de explicaciones. Para sostener esta tesis con rigor, la galería ha incorporado al historiador de arte y curador Daniel Bernedo, de la Universidad San Marcos, quien trabaja en el archivo e investigación académica que respalda el proyecto.

Ignacio Noguerol, Andrea Grau, Daniel Barclay y Yone Makino forman parte de una generación que redefine la pintura peruana desde una sensibilidad global.

Las apuestas de Vesper Tzu

La transición mantiene a figuras ya consolidadas como Ignacio Noguerol, de quien Claudia predice un futuro brillante: «Creo que va a ser uno de los grandes pintores peruanos; tiene una forma de ver la costa y luego interpretarla que es sumamente interesante, hay algo casi japonés en su pintura.» También destaca la versatilidad de Daniel Barclay —quien domina tanto la abstracción como la figuración— y la proyección internacional de Andrea Grau, cuya primera muestra en Nueva York ha tenido una recepción muy positiva.

Varios artistas del roster ya comienzan a proyectarse fuera del país, con exposiciones en ciudades como Nueva York y Santo Domingo.

Pero el ojo de la galerista ya está puesto en quien considera su próximo gran descubrimiento: Yone Makino. La artista peruano-japonesa trabaja entre la figuración y el expresionismo con una paleta que Pareja define como maravillosa. «Sus cuadros tienen un ritmo y un movimiento que capturan. Son piezas con las que uno puede conversar y sentir que te llevan a un lugar, que te transportan y te hacen parte del momento», confiesa entusiasmada.

La galería como refugio y plataforma

—En un contexto donde los artistas pueden autopromocionarse, ¿sigue siendo relevante la figura del galerista?
Totalmente. El talento es fundamental, pero un artista necesita a alguien que lo acompañe en los momentos duros. Alguien que funcione como rebote, como oído, con quien procesar ideas y decisiones.

—¿Y en el plano más práctico?
También hay una parte muy concreta: la red de contactos, el acceso a ferias internacionales —que son carísimas— y toda la infraestructura que implica posicionar a un artista afuera. Como en cualquier proyecto, si tienes el socio correcto, llegas mucho más rápido.

“El talento es fundamental, pero un artista también necesita a alguien que lo acompañe en los momentos duros.”

El mercado y la vigencia

En cuanto al comportamiento del coleccionista local, Claudia analiza con agudeza las jerarquías que aún existen en el mercado peruano. 

—¿Cómo ves hoy al coleccionista peruano?
Todavía hay jerarquías muy marcadas. Aunque la fotografía y el papel están creciendo, la pintura sigue siendo la reina. No solo por tradición, sino porque ofrece mayor estabilidad en el mercado secundario.

—¿Cómo lees las tendencias actuales dentro del circuito del arte, especialmente cuando aparecen nuevos focos de interés?
Creo que el mundo del arte es muy duro con los descubrimientos. De pronto surge un foco —como ha pasado recientemente con ciertas miradas hacia lo amazónico— y todo empieza a concentrarse en torno a eso. El problema es que a veces pasamos muy rápido de un hallazgo al siguiente, y eso puede ser difícil tanto para el artista como para quienes adquirieron la obra pensando que su valor se sostendría.

—¿Qué hace que un artista logre sostenerse más allá de esas olas o tendencias?
Cuando hay un talento que trasciende cualquier lectura contextual. Por ejemplo, hay artistas que pueden partir de un lugar muy específico, pero cuya obra conecta a un nivel mucho más amplio. Pienso en el caso de Sara Flores: no es relevante solo por sus kenés o su origen shipibo-conibo, sino porque su talento es universal, comparable al descubrimiento tardío de grandes como Carmen Herrera. Su grandeza se reconoce a través de las fronteras; por eso hoy está en Venecia y en las galerías más importantes del mundo. 

—¿Qué le falta todavía a la escena peruana?
Público. En Perú todavía hay un grupo bastante limitado de personas que disfrutan del arte. Falta acercar más gente a las exposiciones, que entiendan que una experiencia estética puede impactar directamente en su bienestar y en su estado emocional.

La nueva generación de artistas representados por Vesper Tzu ofrece múltiples formas de entender la pintura contemporánea.

El inicio de un nuevo ciclo

Vesper Tzu se prepara para su debut en la Feria Pinta bajo su nuevo nombre, escenario clave para presentar esta nueva etapa y reconectar con coleccionistas. Otra cita importante será la exposición de Cuco Morales en el ICPNA: pintor ya consagrado dentro de la escena peruana, Morales ha confiado en Vesper Tzu el reto de ampliar su presencia internacional. Como parte de ese proceso, la galería lo llevará a Tokio a finales de año, en lo que será una de las apuestas más ambiciosas de su nueva etapa.

Para Claudia Pareja, la próxima revelación será Yone Makino: una pintura vibrante, entre figuración y expresionismo.

—Si tuvieras que definir esta nueva etapa en pocas palabras…
Poesía y conciencia crítica.

—¿Cómo conviven esas dos ideas dentro de Vesper Tzu?
No se contradicen, al contrario. Para mí, el arte es una idea encerrada en un objeto, pero ese objeto tiene que tener la capacidad de despertarnos interés. Tiene que haber una conexión inmediata, algo que te atraiga, y al mismo tiempo una profundidad que se vaya revelando con el tiempo.

—¿Qué busca representar entonces la galería?
Un espacio donde la profundidad de una idea y el poder de la belleza no compiten, sino que se exigen mutuamente. Donde el contenido sin forma no alcanza, y la forma sin contenido tampoco. Una galería que apuesta por un arte que piensa, pero que también es imposible dejar de mirar.

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