Mi encuentro con Richard Tuttle fue una conversación, no una entrevista. O un monólogo salpicado de breves intervenciones, si se prefiere. Nos reunimos en el café del MALI y hablamos por más de una hora; mientras, en el impresionante patio central del museo, varias decenas de niños pintaban sobre caballetes. De fondo, unas banderolas inmensas que rodeaban el recinto anunciaban la exposición del artista estadounidense. “Huyo de mi ego y luego vengo aquí y veo mi nombre gigante en todos lados en el museo y… ¡Mi ego explota! Pero, hoy en día, encuentro belleza en esto, puedo mirarlo y decir: ‘Es lindo’. Y continuar con mi vida y mi trabajo”, me dice Tuttle.

En una de sus entrevistas, el artista confesó ser un verdadero problema para un entrevistador. Después de haberlo conocido, entiendo a qué se refiere. Pero es importante aclarar que, si bien es difícil aterrizar los pensamientos aparentemente dispersos de Richard, pocas veces he sido partícipe de una conversación tan enriquecedora. Y es que Tuttle reniega de la linealidad del lenguaje, concretamente, de la del alfabeto occidental. “Estoy muy molesto ahora con mi tradición, porque mi civilización, mucho antes de que yo viniera aquí, decidió usar el alfabeto. Y nuestra manera de escribir está íntimamente conectada con nuestra manera de pensar. La forma en que pensamos viene de las palabras. Entonces, cuando usas el alfabeto, estás tomando una enorme decisión, porque este está diseñado para intercambiar información. En Grecia, en cambio, usan el jeroglífico, y eso está del lado de la experiencia y no de la información”, dice, enfático.

“La personas muy religiosas, generalmente, necesitan creer en la vida ulterior. Y esa es gente que no desarrolla sus sentidos. Y no solo eso, además cree en reprimirlos”.

“La personas muy religiosas, generalmente, necesitan creer en la vida ulterior. Y esa es gente que no desarrolla sus sentidos. Y no solo eso, además cree en reprimirlos”.

Quizá por eso, cada vez que intenta elaborar una respuesta concreta, cierra los ojos, los aprieta con fuerza, y parece que su cabeza fuera a explotar. A veces tarda en responder, intercambia conectores y se mantiene con esa expresión de absoluta concentración, como si el esfuerzo por que las palabras adecuadas vinieran a su mente y a su boca significara una odisea. A veces, siento que se rinde; otras, que simplemente toma un atajo o encuentra otro tema que, de alguna manera, conecta con lo que acaba de decir. Y cambia significativamente el tópico de conversación. Pero, siempre, el que pone sobre la mesa es aún más interesante.

AL CIELO DE NOCHE DE LIMA

Richard Tuttle ha sido la persona que más ha influido en mí en estos últimos tres o cinco años a través de sus conversaciones. No pasan más de dos días sin que tenga que pensar en alguna de las cosas que él me ha dicho”, me cuenta Juan Carlos Verme por teléfono. “Hace muchos años que me topé con su obra, y me pareció que era muy importante, que me hablaba de cosas que me conmovían. Luego, a raíz de conocerlo, descubrí a una persona impresionante que me cautivó de una forma en que creo que tú también has percibido”, me dice. “Tiene una personalidad magnética”.

El actual director del Museo de Arte de Lima pensó que la visita del artista al Perú resultaría muy interesante tanto para Tuttle como para el público local, así que decidió invitarlo. El resultado de esa propuesta se exhibe ahora en el MALI y en Proyecto AMIL. “Es una sola exposición desdoblada en dos espacios y con dos temáticas distintas: la de AMIL es histórica. Hay obras que van desde los años setenta y ochenta hasta otras mucho más recientes. Pero la del MALI es una obra hecha ex profeso para el MALI. Según Verme, esta exposición debe ser abordada libre de prejuicios. “No hay que esperar que nos guste”, aclara. “Porque cualquier obra radicalmente nueva, desconocida e insospechada es más difícil que nos guste a la primera. Vayamos con la cabeza limpia a ver qué nos dice a cada uno. Y ojalá vayamos una segunda y una tercera vez”.

A Richard Tuttle le tomó aproximadamente año y medio preparar las piezas que exhibiría en el MALI. Cuando acabe la muestra, el museo lanzará una publicación sobre esta exposición en dos partes.

A Richard Tuttle le tomó aproximadamente año y medio preparar las piezas que exhibiría en el MALI. Cuando acabe la muestra, el museo lanzará una publicación sobre esta exposición en dos partes.

LA FILOSOFÍA DE TUTTLE

En algún momento de nuestra conversación, el artista reflexionó acerca del afán mimético que heredamos del Renacimiento y echó luces sobre su concepción del arte. “La mayor parte del arte tiene que ver con agarrar un espejo hacia el mundo y obtener un reflejo. Parece que la gente quiere eso, es una tradición muy arraigada en el tiempo. Pero, como yo lo veo, este mundo solo está completo al ochenta por ciento”, dice. “El trabajo del arte, para mí, es completar ese espacio que falta; y el trabajo del artista consiste en lograr que el espectador confíe en ti para que tú le des ese mundo perfecto”. Antes, ya había empezado a elaborar algo relacionado con este tema. “Con Leonardo (Da Vinci) surge la siguiente pregunta: ‘En el mundo, ¿dibujas lo que ves o dibujas lo que sabes?’. Incluso si vas a la mejor escuela de arte, los alumnos te responderán que dibujan lo que ven. Leonardo, por su parte, dibujaba lo que sabía. De esa manera, el resultado jamás es una mala representación”.

Richard Tuttle, sin duda alguna, dibuja lo que sabe. Y lo que sabe es mucho. “Si bien tiene una cultura vastísima, Richard es una persona con una capacidad de síntesis impresionante, abrumadora. Y creo que su arte consiste en eso: en sintetizar el conocimiento, pero con una percepción, una sensibilidad y un gusto exquisitos”, explicó posteriormente Juan Carlos Verme.

Por Vania Dale Alvarado
Fotos de Maricé Castañeda

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