Desde el 18 de marzo protagoniza Luz de gas en el Teatro Británico. Allí, interpreta a un hombre que busca enloquecer a su esposa. Pero en la vida real, Javier sigue enamorado de Patricia Villalobos, con quien lleva 29 años de matrimonio.

Tu padre no veía con buenos ojos que te dedicaras a la actuación. En qué punto le dijiste: “Viejo, mira, estoy viviendo de esto”

No necesité decirlo porque mi accionar lo demostró. Fue curioso, pero veinte años después de que me recomendara tomarlo solamente como una afición, hice una obra que se llamó “El contrabajo”, que fue la primera que dirigió Chela de Ferrari, y el día del estreno, al salir, mi papá me dijo: “Sí, pues, esto es lo que tenías que hacer”. Fue la confirmación de que no me equivoqué. Me ayudó un montón a seguir adelante, a no deprimirme… Bueno, habré tenido muchas depresiones (ríe), pero me sirvió el impulso de demostrar a mi viejo que sí se puede, que el trabajo del actor es una profesión. No se trata de decir: “Soy actor”, y me siento a que me llamen; el actor también tiene que gestionar. Es algo que entendí gracias a esa preocupación de mi viejo.

¿Él falleció?

Sí, hace tres meses. Tenía noventa y cinco años; ha estado muy bien hasta hace muy poco. Finalmente ha descansado en paz y ha tenido una vida plena, seis hijos, doce nietos, diez bisnietos, y mucha gente alrededor que lo quería.

Tú aún no eres abuelo.

No…

¿Quisieras serlo pronto?

Bueno, cuando me toque. Sería lindísimo, pero hay que dar tiempo a los chicos. Todavía están terminando un proceso, eso es primero (su hijo Nicolás es actor e instructor de taekwondo, y su hija Micaela estudia Dirección Teatral en la Universidad de Palermo, en Buenos Aires). Ya me tocará.

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Viajaste a España a mediados de los ochenta (estudió interpretación en Madrid, con Cristina Rota). ¿Pensaste en quedarte allí?

Inicialmente, no fue la idea. Además, me tocó vivir la época en que se hizo el plebiscito para decidir si España pertenecía o no a la Comunidad Económica Europea; me tocó vivir toda esa transición, y decidí volver a Lima en el momento en que probablemente debí quedarme. Apenas España se incorporó a la Unión Europea, aumentaron sus producciones televisivas, comenzó a hacerse un montón de cine… Algo parecido pasó cuando me ofrecieron el papel protagónico en una telenovela en el Perú, en el momento en el que ya tenía el pasaje comprado para irme a España.

¿Te arrepientes de tus decisiones?

No, no… Justo cuando estaba a punto de irme, Gustavo Bueno me dijo: “¡No seas imbécil!”… Bueno, en realidad me dijo otras palabras (risas)… “El tren pasa una sola vez en la vida; no te vayas, acepta ese papel; te vas después”. Y, de pronto, tenía razón, el tren pasa una sola vez, pero en la vida pasan muchos trenes. Ese lo dejé pasar, decidí tomar otros y no me arrepiento. Estoy agradecidísimo por todas las posibilidades que me ha dado la vida, por lo que me brinda, porque cada vez tengo más gratificaciones en todo sentido.

No estabas casado en esa época.

No. A Patricia la conocí en España. Los dos somos peruanos, habíamos ido a estudiar allá, nos encontramos a catorce mil kilómetros de distancia de nuestra tierra, y nos enamoramos allí. Cuando regresamos, nos casamos y empezamos a tener hijos… Ella es quien me ayuda a no equivocarme, es mi ancla, la que me permite tener los pies en la tierra.

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¿Has sido presa del ego?

Creo que todos los actores pasamos por eso. Pero a Patricia le tengo que agradecer mucho. Ella siempre me volvía a la realidad.

¿Cómo llevas la fama, la notoriedad?

Es parte del trabajo, de lo que hacemos. Yo todavía tengo la suerte de poder salir a la calle. Pero me dedico a esto, es mi chamba, es lo que amo, y entiendo también que nos debemos al público. Si me paran y me piden una foto o un autógrafo, yo encantado. Pero también hay gente especial. Por ejemplo, cuando hice “El ángel vengador: Calígula”, una noche iba caminando por el Malecón 28 de Julio y, de pronto, un carro me cerró el paso, se bajó un tipo y me dijo: “¡¡Calígula no ha muerto, c… de tu madre!!”. Yo me quedé totalmente asustado. ¡Imagínate!, eran las doce de la noche, estaba todo oscuro, no había nada de tráfico… ¿Qué necesidad había de hacer algo así? Pero pueden suceder ese tipo de cosas, y uno tiene que saber manejarlas, porque está más expuesto que el resto.

Felizmente, ahí quedó…

Claro, se cagó de risa, subió a su carro y se fue: ya había hecho su payasada. 

Por Mariano Olivera La Rosa