Conversé con Juan Carlos Adrianzén telefónicamente, mientras él recorría los distintos escenarios de la capital colombiana en que se presentará el III Festival de Música Clásica de Bogotá, un evento que se lleva a cabo durante Semana Santa y que, esta vez, tiene como temática a la Rusia romántica. “Son más de cincuenta conciertos en muchos espacios de Bogotá. Hemos hecho un recorrido por zonas de la ciudad que no conocía y que me permite ver lo que son las infraestructuras y los espacios, y cómo se manejan. Ahora mismo estoy en un atasco monumental cruzando la ciudad. Hay más atascos que en Lima, aunque aquí tocan muchísimo menos el claxon”, me cuenta.

A pesar de que el Teatro Mayor es, como su símil en el Perú, un teatro joven, y de que el cargo que tiene ahora es parecido al que tenía en el Gran Teatro Nacional, los retos que ha asumido en Colombia son tan distintos como distintas son las realidades de ambos países. El ejemplo del claxon es solo una pequeña muestra. “Lo admirable del Teatro Mayor, más allá de una programación espectacular y de un equipo de trabajo muy profesional que lidera Ramiro Osorio, director general, es el modelo de gestión sui géneris que tiene, creado específicamente aquí, que es una combinación de inversión pública e inversión privada, que viene dando muy buenos resultados”, explica. “Esto también responde a una política de Estado, del gobierno local y de la ciudad, que apuestan con un presupuesto. Este teatro funciona como funciona, porque se entiende que es un espacio que la comunidad y que el ciudadano de Bogotá merecen, y, sumado a esto, las empresas privadas también han encontrado la fórmula para brindar su apoyo a una iniciativa cultural de estas dimensiones”, agrega.

UN GRAN TEATRO

Pocos días después de que decidiera dejar su puesto de director del Gran Teatro Nacional, Salvador del Solar asumió el cargo de ministro de Cultura. “Con Salvador nos une una amistad de muchos años y un gran cariño. Trabajamos juntos en el Teatro Municipal en 1999 y, pues, nos hemos mantenido en comunicación todo este tiempo… Y, bueno, hemos hecho un cambio de fichas. Cuando pasó, nos reímos un poco al respecto, pero él sabe que cuenta con mi apoyo desde aquí. De igual modo, estoy al servicio de la gestión actual con Mauricio Salas (flamante director del Gran Teatro Nacional), que me parece la mejor apuesta que se ha podido hacer para dar continuidad al trabajo que se venía realizando. Es una persona que conoce perfectamente el teatro y, además, el ministerio y la organización pública, factores que también son importantes para liderar un proyecto como este. Estoy seguro de que lo va a hacer muy bien”, dice Juan Carlos con gratitud.

Juan Carlos Adrianzén

Tiene una maestría en Gestión Cultural de la Universidad Complutense de Madrid y un diploma en Relaciones Culturales Internacionales por la Universidad de Girona.

De sus tiempos en el Gran Teatro Nacional, alberga una infinidad de recuerdos gratos, de entre los que se anima a resaltar tres: el primer día en que tuvieron reventa de la Orquesta Sinfónica Nacional; las funciones del Elenco Nacional de Folclore en que el teatro se llenaba de un público de lo más diverso (“Veías que se encontraba gente de distintos estratos sociales, de distintas zonas de la ciudad. Ese espacio de convivencia en que se convirtió el teatro es una de las experiencias más emocionantes que viví ahí”); y, por supuesto, “la cara de sorpresa y emoción de los niños que asistían al Programa de Formación de Públicos”, que Juan Carlos, junto a Melissa Giorgio, creó e impulsó. Dirigido, fundamentalmente, a niños y adolescentes en edad escolar, es ahora uno de los principales caballos de batalla del Gran Teatro Nacional y el mejor ejemplo de que, durante su gestión, Adrianzén no se limitó a hacer del teatro un espacio de convergencia de las expresiones artísticas y culturales del Perú y el mundo, a través de una programación variada que respondiera a las características y demandas propias del público local, sino que, sobre todo, se preocupó por sembrar. “Si la nuestra fuera una sociedad que recibiera una educación con naturalidad, en la que se ha generado ya un hábito de consumo y acceso a la cultura, no sería necesario hacer una labor de educación propiamente. Pero ese no es nuestro caso, sino el de otros países. La realidad nuestra nos invita a tener una serie de políticas de acción muy concretas”, dice.

En ese sentido, el Programa de Formación de Públicos es un proyecto de largo aliento que busca educar a las nuevas generaciones en hábitos de consumo cultural para lograr ciudadanos cada vez más reflexivos y críticos. “Cuando nació el programa, no faltó quien dijo: ‘Esto es solamente gasto’, y eso pasa por no entender cuáles son las misiones de un teatro nacional. Puedes pensar que estamos haciendo una labor meramente didáctica y educativa, pero esto va a ir evolucionando según el público vaya enriqueciéndose y exigiendo otro tipo de actividades. Lo que nosotros intentamos fue sistematizar, formalizar e institucionalizar una manera de trabajar desde el Gran Teatro, que no tenía por qué ser, exclusivamente, un lugar de exposición de espectáculos al que asiste la gente por la noche, sino un espacio vivo en el que el ciudadano encuentre, justamente, eso que no ha tenido oportunidad de tener. Enfocarnos en un público de esa edad representa una maravillosa oportunidad, porque los niños están iniciando su construcción de hábitos de consumo y de comportamiento social, y, de esta manera, exploran, se desarrollan y se acercan al arte de una manera amable y lúdica”.

Hace dos años, Juan Carlos se casó en España con el actor, bailarín y coreógrafo Franklin Dávalos.

LA LEY DE MECENAZGO

Cuando le pregunté qué aspectos siente que faltaron trabajar durante su gestión, Juan Carlos fue preciso. “Creo que el trabajo de estos cinco años está claro, que los cimientos del teatro están bien puestos. Me hubiera gustado, quizá, dejar una estructura administrativa mucho más ágil, encontrar esa fórmula administrativa que permite la gestión de un presupuesto, que está amarrado también a la ausencia de una ley del mecenazgo. En su momento, discutimos el tema y le buscamos salidas con las gestiones del ministro Peirano y la de Álvarez-Calderón, y sé que la gestión del ministro Del Solar está apuntando a lograr esa agilidad administrativa que una infraestructura como la del Gran Teatro Nacional requiere”.

Las actividades culturales se apoyan, desde siempre, en iniciativas privadas. Por eso, la implementación de la ley de mecenazgo cultural no solo es fundamental, sino también urgente, como bien dice Juan Carlos. “El potencial está. Lo que hay que hacer es generar esas políticas culturales que marquen un lineamiento claro de trabajo. Por supuesto, esto hay que acompañarlo de otra medida urgente que hace años venimos solicitando, que es una ley de mecenazgo que permita que el sector privado acompañe las iniciativas culturales. Mientras esa ley no exista y el Estado no mejore el presupuesto que tiene asignado a cultura –que no llega ni al uno por ciento recomendado por Unesco–, todo son simplemente buenas intenciones y guerrear”, explica.

Juan Carlos Adrianzén; Zubin Mehta, director de la Filarmónica de Israel; y el presidente Pedro Pablo Kuczynski.

PERFIL DE GESTOR

Acorde con su concepción de la labor y el perfil que debería tener el gestor cultural –una figura cada vez más presente en un terreno todavía árido como es el peruano–, Juan Carlos no habló de los méritos de su gestión a título personal en ningún momento de nuestra conversación. “He visto con mucha alegría y entusiasmo que han surgido diplomados y cursos cortos en universidades. Incluso, a mí me ha tocado dictar clases relacionadas con la gestión cultural. Y eso es, definitivamente, positivo para un sector”, opina. “Lo que pasa es que, en el camino, quizás, se puede haber malentendido la figura del gestor cultural”, agrega. “El gestor cultural no es un promotor de eventos. Es una persona que genera lineamientos de trabajo que responden a una necesidad de una comunidad determinada, de un grupo social o un espacio de manera específica”.

José Antonio Hernández, director de la Organización de Estados Iberoamericanos; Diana Álvarez-Calderón, ex Ministra de Cultura; Samantha Lanaway, directora de British Council Perú; y Juan Carlos Adrianzén exhiben “Primera llamada”, publicación del Programa de Formación de Públicos.

Una mirada como esa, despojada lo más posible del ego, es necesaria para entender a cabalidad la verdadera finalidad de los gestores culturales, cuya tarea trasciende el ámbito de los aplausos y del reconocimiento. “La gestión cultural no consiste en programar o promover solo los artistas y eventos que a mí me interesan. El gestor debe formarse para tener la capacidad de, una vez ubicado un proyecto, decir: ‘Ok, ¿este proyecto para qué es?, ¿a quién está dirigido?, ¿a qué visión y a qué metas responde?’, y, a partir de eso, generar un trabajo acorde a esa política cultural. Por supuesto, para desarrollar cualquier proyecto en la gestión cultural, sea en las artes visuales, plásticas, escénicas, uno tiene que tener un conocimiento del sector, no solo de las herramientas legales o de gestión estratégica o administrativa que pueda haber adquirido en un curso. El gestor cultural tiene, por obligación, que tener un amplio conocimiento del espectro cultural”, concluye.

¿Y qué va a pasar con el Gran Teatro Nacional ahora que Juan Carlos no está al mando?”, es una pregunta legítima de quienes nos preocupamos por que se continúe con el trabajo que realizó Adrianzén durante su gestión. “No debería pasar nada”, responde él. “O debería pasar mucho para mejor, porque lo que se ha formado es una institución, no el teatro de Juan Carlos. A veces, se da que las personas en el puesto de gestores culturales no están formadas para eso o no tienen una idea clara sobre cuál es la finalidad de su institución. Y eso es algo que es momento de fortalecer en el Perú: la institucionalidad. Las inquietudes personales deben responder a una organización mayor, como es la institución, que está por encima de las personas y profesionales involucrados en ella”.

El imponente Teatro Mayor de Bogotá, desde dentro.

Ahora, desde su puesto en Bogotá, Juan Carlos está comprometido a tender un puente cultural entre el Perú y Colombia y, en general, entre los países iberoamericanos. Más que perder a un elemento clave para el desarrollo cultural del país, hemos ganado un aliado en tierras hermanas.

Por Vania Dale Alvarado

Publicado originalmente en Cosas 613