Lucy se levanta por la mañana y se dedica a asuntos relacionados con su labor como directora del Ballet Municipal de Lima. Por la tarde, se desempeña como profesora de la academia de ballet que lleva su nombre. Lleva en este oficio casi sesenta años. “Dicto clases todos los días hasta las nueve de la noche. Hay mucho que hacer, tanto con la compañía como con la academia”, dice.

“Tiene el tamaño del escenario, así que aquí los bailarines pueden ensayar como se debe”, dice sobre el flamante salón que mandó construir hace un año en su academia.

Una de sus innumerables hazañas es haber fundado el Ballet del Teatro Municipal de Lima en 1983. “Cuando comenzamos, los bailarines no tenían sueldo; simplemente repartíamos entre todos las ganancias de las funciones”, recuerda. “Ahora, los chicos están inscritos en el Ministerio de Trabajo y tienen beneficios sociales”. Pero la labor de Lucy va más allá: prácticamente todas las generaciones de bailarines de ballet clásico en el país se han formado bajo su tutela o la de sus alumnos que luego se convirtieron en profesores. Además, ella es la abanderada de la ardua tarea de educar al público peruano en lo que a ballet se refiere.

ALMA DE MAESTRA

Se inició en la danza desde niña, pero el camino de la docencia no lo eligió del todo, aunque la vocación siempre estuvo latente en ella. “A mí me decían de chiquita: ‘Maestra ciruela, que no sabe leer y pone escuela’”, recuerda con alegría. “Cuando yo aún era bailarina en la Asociación de Artistas Aficionados, tuve un maestro francés al que a veces no se le entendía claramente; entonces, mis compañeras me hacían preguntas a mí y yo les explicaba. Cuando una profesora tuvo que ausentarse por un tiempo, él recomendó que me pusieran a mí a reemplazarla, porque vio que podía llegar a enseñar. Y así fue como empecé a dictar clases en la AAA en 1958. Después, me dieron otra clase más y, luego, me llamaron del Santa Úrsula y del Beata Imelda”, cuenta. “Me gusta mucho enseñar”.

Arriba: Lucy, de 27 años, ensaya junto al bailarín inglés Alan Woodard para el ballet “Esquemas”, en 1962. Abajo: Con solo tres años, Lucy posa en el patio de su casa, convertida ahora en el Museo Larco.

MERECIDOS APLAUSOS

En 2006, el Estado peruano la distinguió con la medalla de la Orden El Sol en el grado de Comendadora; sin embargo, el de este año es, sin duda, el reconocimiento más importante de su carrera. “Me siento como si hubiera ganado el Premio Nobel”, dice Lucy, con dulzura, acerca del galardón que la Royal Academy of Dance le ha concedido, gracias al esfuerzo de Mamie Raguz, profesora de ballet y alumna suya, quien, sin decirle nada, reunió los documentos que han hecho posible este homenaje.

Durante el ensayo de “Don Quijote”, en 2013.

Lucy habita una gran casa que es también su academia. El ballet es el protagonista de su vida. Desde su sala, que, como ella misma explica, se ha quedado casi sin luz desde que se construyó el gran salón de baile en el segundo piso (cuya luminosidad –por el contrario– es abrumadora y remite a aquella producida por los reflectores de un escenario), la maestra mira en retrospectiva. Entonces, confiesa que, a pesar de los sacrificios, si pudiera volver a empezar, elegiría el mismo rumbo que tomó su vida, pues, a través de sus alumnos –a quienes siente como sus hijos– ha tenido tantas satisfacciones como cuando bailaba. “Yo no he llegado a ser una gran bailarina, no tenía las condiciones. Me parece que pude hacer mucho más como maestra”, dice. “Mientras Dios me dé fuerzas, seguiré con lo que he venido haciendo”.

Por Vania Dale Alvarado

Publicado originalmente en la edición impresa de Cosas 620, ya a la venta.