La conveniencia o no de organizar unos Juegos Olímpicos o Panamericanos, como será el caso de Lima en 2019, se ha convertido en los últimos años en una discusión habitual en los países anfitriones. La gran pregunta es: ¿cuánto gasta y qué gana la ciudad que los organiza?

Por Luis Felipe Gamarra

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Budapest, Hamburgo, Boston, Los Ángeles y Roma son algunas de las ciudades que semanas atrás se retiraron de la disputa para ser sede de los Juegos Olímpicos de 2024, dejando a París como única ciudad candidata. Los antecedentes de Atenas 2004, Beijing 2008 y Londres 2012, en términos de riesgo económico, y la posibilidad de enfrentar una fuerte oposición política y ciudadana fueron las principales razones para atemorizar a delegaciones que hasta hace poco encontraban en la organización de eventos deportivos una inmensa posibilidad de desarrollo. Hoy, como nunca, son muchos los estudios académicos que respaldan estos temores, clarificando los verdaderos costos, retornos o beneficios que representan, para una ciudad o un país, ser sede de una junta deportiva de la talla de los Juegos Olímpicos o de los Panamericanos. A nivel económico son decenas los reportes de prestigiosos centros de investigación, como Harvard, Stanford, la Complutense de Madrid y la Universidad de Chile, que coinciden en que el balance final es negativo en términos monetarios.

Las grandes inversiones públicas para la construcción de infraestructura deportiva, tan proclives a actos de corrupción y sobrecostos, hacen que, salvo algunas honrosas excepciones, la inversión del anfitrión no termine de repercutir en beneficio del ciudadano. La historia reciente revela que los juegos deportivos realizados en Atenas 2004 (Juegos Olímpicos), Guadalajara 2011 (Panamericanos), Sochi 2014 (Juegos Olímpicos de Invierno), Toronto 2015 (Panamericanos) y Río de Janeiro 2016 (Juegos Olímpicos) dejaron ciudades fuertemente endeudadas y prácticamente sin obras de infraestructura útiles en el largo plazo. Al respecto, el economista Andrew Zimbalist, Ph.D. de Harvard y autor del libro “Circus Maximus. El negocio económico detrás de la organización de los Juegos Olímpicos y el Mundial de Fútbol”, señala que el promedio de los sobrecostos desde 1960 en juegos deportivos es de 156% por encima del costo previsto. Por ese motivo, más allá del tema financiero, es necesario diferenciar entre los gastos en organización (no utilizables después del acontecimiento) e inversiones en obras públicas.

Los comités organizadores más exitosos demuestran que para hacer eficiente la inversión en un gran evento deportivo es vital reducir al máximo los gastos de organización y, en cambio, desplegar la mayor parte del presupuesto en inversiones de obras que permanezcan en el largo plazo, que queden como legado tangible para los vecinos. En ese sentido, lamentablemente, son pocos los ejemplos de inversiones eficientes en obras, como Berlín (1936), Cali (1971), Barcelona (1992) y Nagano (1998), que lograron importantes cambios urbanísticos, y las inversiones en el ornato de las ciudades y las vías de transporte quedaron para la ciudad. Por el contrario, en años recientes, los juegos deportivos han generado enormes crisis económicas, como en Grecia, que se endeudó a tal punto que generó una crisis económica sin precedentes en todo Europa, o Brasil, que frenó su crecimiento económico tras ser sede de los juegos, sin contar los numerosos casos de corrupción que implican, como no podía ser de otra forma, a la constructora Odebrecht.

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Ganancias intangibles

A pesar de todo lo reseñado, respecto de las dificultades de organizar juegos deportivos de gran envergadura, es importante señalar que existen beneficios difíciles de cuantificar en el largo plazo, vinculados más con la definición de una Marca País –o Marca Ciudad–, cambios sociales –el gobierno chino aprovechó Beijing 2008 para corregir el hábito de escupir en la calle– y en la visibilización de la ciudad como destino turístico. Para el arquitecto Augusto Ortiz de Zevallos, el ser sede de un evento de esta naturaleza constituye una oportunidad única para que una ciudad se dé a conocer y explote sus posibilidades turísticas, comerciales y urbanísticas. “Unos Juegos Panamericanos pueden configurar una gran oportunidad”, dice. “Impulsar un crecimiento sostenido del turismo, crear ciudadanía y acercar a la población al deporte. Pero se necesita un planeamiento para convertir un evento de esta naturaleza en el motor del desarrollo de una ciudad”. Ortiz de Zevallos recuerda el caso de Barcelona 1992, que marcó la transformación de la metrópoli costera para siempre, convirtiéndola en un foco cosmopolita del Mediterráneo. “Barcelona es un ejemplo clave. La ciudad dejó de mirar a las montañas y volteó al mar. Eso cambió toda la relación del ciudadano y del visitante con la ciudad”, afirma el arquitecto.

En tal sentido, un estudio realizado por ESAN sobre los factores críticos de la organización de los Panamericanos Lima 2019, refiere que tanto los Panamericanos de Cali, Toronto y Guadalajara como los Juegos Olímpicos de Múnich 1972, Barcelona 1992 y los Juegos Olímpicos de Invierno Sochi 2014 sirvieron para impulsar cambios urbanísticos importantes, sobre todo en lo concerniente al transporte y la infraestructura aeroportuaria. Un claro ejemplo fueron los Juegos Olímpicos de Invierno de Nagano 1998, que posibilitaron la construcción del tren bala, que redujo de forma considerable el tiempo de viaje entre la ciudad anfitriona y Tokio, y se convirtió en el estándar del transporte moderno. Otras prácticas similares nos remiten a Barcelona 1992, que convirtió la otrora Villa Olímpica en lo que hoy es Poblenou, acaso el barrio más moderno y caro de la ciudad, o Londres 2012, que definió desde el inicio obras urbanas enfocadas en la conectividad y la recuperación del ornato. Al respecto, el periodista mexicano Marco Antonio Islas, editor del suplemento deportivo del diario “El Informador”, explica que los Panamericanos de Guadalajara 2011, además del derroche y la corrupción, generaron mejoras en la infraestructura de las vías de transporte y una importante modernización del Aeropuerto Internacional de Guadalajara.

“Estoy convencido de que ser sede de los Panamericanos, más allá de los costos, puede servir como un disparador para atender demandas sociales largamente postergadas. Los juegos son una oportunidad para discutir la ciudad que queremos”, dice Islas. Los estudios de los centros de investigación de Harvard y Stanford coinciden en la importancia de planificar, y revelan que históricamente ha habido una atención inadecuada en la planificación para la etapa posterior a los juegos o su legado. Por ello, más allá del inicial entusiasmo de convertirse en el epicentro por algunas semanas de uno de los más importantes eventos deportivos, será vital para Lima ver los juegos no como un fin en sí mismo, sino como el motor que puede impulsar una serie de cambios sociales y urbanísticos en la sociedad. No obstante, según los cálculos de los entes oficiales, solo se ha avanzado con el 0,5% de las obras necesarias, por lo que no solo existen dudas sobre si Lima podrá aprovechar la infraestructura en el largo plazo, sino si realmente se llegará a tener el 100% de las construcciones requeridas para ser sede. Es decir, ni motivo ni motor.

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Artículo publicado en la revista CASAS #250