Una vez más, sin una agenda política dominante que sea capaz de marcar el horizonte, el Perú ingresó a un nuevo tiempo de parálisis. Entre el tira y afloja por el indulto a Fujimori y por cuál será finalmente el lugar escogido para la misa del Papa en Lima, retornó la confrontación del Gobierno con el Congreso, poniendo prácticamente en repliegue la salida a la cancha del nuevo Gabinete Ministerial. Las primeras reacciones a la brusca caída del Perú en el ranking de competitividad y al nuevo intento de retorno a la bicameralidad, devuelven la mirada, aunque tímida, a las reformas políticas más urgentes.

Por Juan Paredes Castro *

El Perú había superado hace poco una honda crisis política, que llevó al retiro de confianza del Gabinete Zavala y a su reemplazo por el Gabinete Aráoz, aunque sin que los cambios, al interior del Gobierno, fuesen los mejores. Todo hacía pensar, así, en medio de la precariedad política vigente, que respiraríamos aire fresco por un buen tiempo.

Como consecuencia de ello, el país había visto también, a plena luz del día, gestos de distensión muy claros entre la ahora primera ministra Mercedes Aráoz y el presidente del Congreso Luis Galarreta, tanto que lo primero que hicieron fue declarar el propósito común del oficialismo y del fujimorismo de sacar adelante las reformas políticas pendientes y de romper la barrera de distracción pública de los grandes temas nacionales.

Bajo este clima medianamente auspicioso pasó a flotar en la superficie el tema del indulto humanitario al expresidente Alberto Fujimori, como una posibilidad que parecía no presentar las resistencias de otros tiempos y a favor de la cual las intervenciones inicialmente prudentes de su hijo Kenji buscaban poner un marco sensible a un cuadro –el del indulto– de por sí ya controversial. Se sabía, además, que el presidente Kuczynski estaba hasta hace poco muy animado a concederlo, de aquí a diciembre, en un plazo expresado por él mismo.

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Y por último, para no dejar escapar el optimismo, el ánimo de los peruanos empezó a vivir con entusiasmo los primeros preparativos para la visita del Papa Francisco, incluida la difícil elección del lugar donde se llevaría a cabo la mayor concentración humana alrededor suyo, presidida por él en una gran misa. Con el Vaticano de por medio y el Santo Padre por encima, frente a una visita de este tipo, como había sucedido con otras similares de Juan Pablo II en el pasado, nada podía pronosticar revés alguno en los preparativos.

Lo que puede decirse, a estas alturas del tiempo (finales de setiembre y comienzos de octubre, entre el cierre y salida de este número de COSAS) es que las expectativas que despertaron esos cuatro puntos arriba señalados terminaron con resultados distintos de los que muchos podían esperar.

¿DE VUELTA A LA INCERTIDUMBRE?

En primer lugar, todos los esfuerzos de distensión entre Aráoz y Galarreta, por abrirle un expedido espacio gubernamental-legislativo a algunos urgentes temas, como la reactivación económica, la reconstrucción de las zonas afectadas por El Niño costero y la lucha contra la corrupción, adoptaron un incierto panorama. El choque entre Kenji Fujimori y Fuerza Popular no solo por quién pone más tenacidad a favor de la libertad de Alberto Fujimori, sino por quién puede salir como vencedor de esta batalla política, arroja un manto de agua fría a la nueva relación supuestamente de cooperación entre el Ejecutivo y el Legislativo. Los pleitos entre Kenji Fujimori y su partido, que busca inclusive expulsarlo, no abonan en nada a las posibilidades del indulto presidencial. A lo que se suman, ahora, voces, actitudes y gestos contrarios al hecho de que la liberación de Alberto Fujimori, más allá de sus dolencias físicas y los merecimientos de un indulto humanitario, pudiera convertirse en un factor de reconciliación nacional.

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Por la novedad que representa su presencia en la Presidencia del Consejo de Ministros, por saber, desde ahora, que no tendrá ningún problema en obtener el voto de confianza para el Gabinete Ministerial que encabeza y por su buena disposición y capacidad para establecer acuerdos y consensos, Mercedes Aráoz luce aparentemente tranquila, esperando el momento de despegue de su equipo, junto con sus planes y acciones. Entiende, de antemano, que no será un despegue fácil y que una vez logrado este tendrá que volar con no menos turbulencia que la que atravesó su predecesor Fernando Zavala, pero probablemente con más habilidad que aquel en el manejo político del tablero de mandos del Gobierno. Hasta que las circunstancias que sobrevengan demuestren lo contrario.

Una cosa de fondo que tendrá que zanjar Araoz, si se atreve a hacerlo con decisión y firmeza, es si podrá asumir enteramente el rol de jefa de gobierno del día a día, de modo que Pedro Pablo Kuczynski pueda dedicarle tiempo y fuerza a las tareas de jefe de Estado, que consisten precisamente en tender puentes con la oposición, principalmente con Keiko Fujimori. Este tendido de puentes no tiene que ser ocupación únicamente de Araoz. Es responsabilidad del Jefe de Estado, como tal, convocar a las principales fuerzas políticas a un diálogo constante para precisamente oxigenar los espacios propiamente de gestión gubernamental de Araoz. Hay un reclamo generalizado por ver al presidente marcando horizontes de confianza. En el hecho de que hasta hoy no lo haga reside, justamente, una de las razones de su constante baja en los índices de aprobación y popularidad.

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Es sumamente importante y crucial esta división de roles entre Kuczynski y Araoz. Ambos tienen que actuar decidida y eficazmente. Uno no tiene que ser el ausente y el otro el presente, o al revés. No puede volverse a cometer el error que permaneció sin corregir durante más de un año en la estrecha relación presidente-primer ministro, en este caso, la relación Kuczynski-Zavala.

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(*) Juan Paredes Castro, analista político, ex editor central de Política y Opinión y ex director (a.i.) de “El Comercio”. Actualmente es columnista político dominical del mismo diario y colaborador de COSAS.