En un esfuerzo admirable, el MALI –con el apoyo de Centro Studi Jorge Eielson y la Pontificia Universidad Católica del Perú– ha inaugurado “Eielson”, una retrospectiva panorámica que reúne gran parte de la obra del artista de culto peruano. Gracias a la curadoría de Sharon Lerner y de Gabriela Rangel, la vasta obra plástica de Eielson –menos conocida que su obra poética– se despliega de manera coherente en tres salas temporales del MALI, en una exposición imperdible que sintetiza cincuenta años de su quehacer artístico y va hasta marzo de 2018.

Por Vania Dale Alvarado

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En sus nudos y quipus, Eielson conjuga las influencias de artistas como Joan Miró y Paul Klee con su interés por la cultura precolombina peruana.

Un grupo de niños en uniforme escolar se para frente a una de las piezas de colores de la serie “Nudos” mientras el guía les pregunta si saben quién fue Jorge Eduardo Eielson. Los niños responden que no, pero se muestran interesados. Más allá, dos turistas admiran las telas que se despliegan en toda la dimensión del lienzo –tan tensas que parecen madera–; nacen de nudos robustos apoyados sobre el cuadro y se proyectan sobre él, formando todo tipo de triángulos y generando sombras que, a su vez, se vuelven también objetos de contemplación. Niños y adultos, extranjeros y locales; de alguna forma, todos parecen conectar con la obra de Eielson.

“Es una muestra a la que se puede llegar de diferentes maneras”, afirma Sharon Lerner, curadora de la exposición. Esa ha sido justamente su intención: presentar el trabajo plástico del artista de una manera inteligible y accesible al público en general. Pero asegura que la propia obra de Eielson es absolutamente coherente y “en ese sentido, (la curadoría de la muestra) se ha hecho más fácil”. “Además, la gente que lo conoce lo quiere muchísimo. Yo creo que la mayoría del público está más familiarizado con su poesía, lo cual hace que tenga una manera de aproximarse a su obra, y esta manera suele ser muy afectiva”, explica.

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“Paisaje infinito de la costa del Perú” (1961), de Jorge Eduardo Eielson.

El artista total

Como menciona Lerner, Jorge Eduardo Eielson es conocido, principalmente, por ser uno de los más grandes poetas de la aclamada Generación del 50 –a la que pertenecieron figuras como Blanca Varela, Julio Ramón Ribeyro y Sebastián Salazar Bondy, entre otros–, pero su estela creativa recorrió prácticamente todos las expresiones artísticas: Eielson incursionó en el cine y en el teatro; escribió novelas, crónicas y ensayos; transitó libremente entre los límites de la pintura y la escultura; abordó también el género de la instalación y realizó numerosas performances que lo pintan de cuerpo entero como el artista total y de vanguardia que era.

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“Hay algo mágico en el trabajo de Eielson, algo muy corpóreo que te llama naturalmente”, dice Sharon Lerner, curadora del MALI.

“Como bien dice la cocuradora, Gabriela Rangel, con Eielson no se puede hablar de multidisciplinariedad, sino de interdisciplinariedad”, aclara Lerner. “Creo que él nunca estuvo cómodo con ninguna etiqueta: ni peruano, ni italiano, ni poeta, ni pintor, porque establecía conexiones mucho más fluidas entre las cosas y tenía la libertad de moverse por los distintos géneros, así que creo que circunscribir su trabajo a un solo medio es restrictivo y hasta dañino, porque él se valía de todo. Los quipus, por ejemplo, parten de un soporte pictórico, pero, eventualmente, salen del lienzo, evolucionan, se extienden y toman el espacio”, explica sobre las características series de “Quipus” en las que trabajó el autor durante gran parte de su vida artística, que evidencian la relación que –aún lejos del Perú– mantenía con aspectos de nuestra cultura precolombina, en gran parte por la influencia de haber tenido a José María Arguedas como maestro.

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Pero Eielson fue más allá. “Su preocupación por el Perú no estuvo restringida a lo precolombino, que es lo que primó en su trabajo, sino a la riqueza de las culturas peruanas vivas. Es solo que esos son aspectos que han pasado desapercibidos porque no tuvieron espacio para desarrollarse”, acota Lerner en referencia al proyecto con el que el peruano postuló a la beca Guggenheim, que consistía en filmar a una comunidad de tejedores de los Andes del Perú.

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Como pez en el agua. El artista posa junto a versiones preliminares de algunos de sus quipus, en el año 1967.

Paisajes infinitos

La exhibición reúne cerca de cien piezas producidas tanto en América Latina como en Europa, de colecciones locales e internacionales, y un conjunto de documentos y obras de difícil clasificación, como poemas, instalaciones y registro fotográfico de performances y textos, además de material audiovisual, como audios de poemas recitados por Eielson y un video de su participación en la Bienal III de Trujillo, en 1987.

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Performance “El cuerpo de Giulia-no”, en la XXXVI Bienal de Venecia, en 1972.

Para Lerner hay dos ejes principales en esta exposición. Uno es el de la construcción del lenguaje poético, que se ve en las salas 1 y 2, centrado en sus primeros poemas y algunas piezas muy tempranas; mientras que el otro, que se muestra en la sala 3, es el de la vinculación con lo precolombino. “Todas sus obras tienen que ver las unas con la otras. Eielson es muy coherente, porque, finalmente, en esa primera pintura de una escalera o en ese primer móvil uno ya encuentra la torsión”, explica, enfatizando la relación entre ambos ejes conceptuales.