En Estados Unidos como en Perú y el resto del mundo, los educadores luchan por organizar sus clases para el próximo semestre. En este artículo, cuatro educadores de las mejores universidades estadounidenses comparten sus puntos de vista y sus estrategias para el (inminente o no) regreso a las aulas.

Por: Bloomberg

Stephen L. Carter, de Universidad de Yale

Demandas. Soy profesor de Derecho, y esa es la palabra que me viene a la mente cuando pienso en el próximo año educativo: una avalancha de litigios. Supongamos que las escuelas se abren, pero el virus termina extendiéndose por el cuerpo estudiantil y, desde ahí, a las familias de estudiantes y profesores. Por otro lado, si las escuelas no reabren y en su lugar ofrecen instrucción tan solo en línea, las familias podrían demandar un reembolso por servicios que no están recibiendo.

¿Qué pasa con las universidades? Se aplica la misma advertencia si abren sus puertas y el virus se propaga. Pueden tomar precauciones, pero no ofrecer garantías. Podrían querer que los estudiantes firmen documentos o exenciones, como si estuvieran a punto de jugar al fútbol o participar en alguna otra actividad intrínsecamente peligrosa, pero de esta manera los estudiantes probablemente no querrían presentarse a clases.

Ahora supongamos que las universidades y las escuelas profesionales eligen permanecer completamente en línea. Si es así, seguramente veremos muchas más demandas exigiendo el reembolso de la matrícula, alegando la falta de oportunidad de los estudiantes de tener la orientación cercana de los profesores e incluso de relacionarse entre ellos. También se podría argumentar que la incapacidad para encontrar lugares tranquilos para trabajar y estudiar significará que aprendan menos.

Hay razones para preferir la educación en el aula. Pero también hay razones para preocuparse por las consecuencias. Una crisis es una decisión con una fecha límite. Pero, cuando hay posibilidades de que se acumulen los litigios en cualquiera de los casos, tomar esa decisión es mucho más difícil.

Andrea Gabor, de Baruch College

Enseño periodismo a estudiantes universitarios en el Baruch College, que forma parte de CUNY, en el bajo Manhattan. La mayoría de las clases se imparten en edificios de 14 y 16 pisos, y las colas para los ascensores suelen ser largas. La mayoría de nuestros más de 18.000 estudiantes viajan en autobús y metro. También lo hacen la mayoría de los profesores. Incluso antes de que se anunciara oficialmente que la gran mayoría de las clases se ofrecerá completamente en línea durante el nuevo semestre, nosotros ya habíamos planeando nuestras clases bajo ese supuesto.

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Enseñaré un seminario de primer año sobre la ciudad de Nueva York y las artes para el Programa de Honores Macaulay de la CUNY. En tiempos normales, nuestro plan de estudios incluiría viajes a museos, teatros y la ópera. Ahora nos tendremos que conformar con actuaciones online y conversaciones y charlas virtuales de artistas y curadores a través de Zoom. Para evitar la inercia que puede surgir cuando los estudiantes están aislados en los cuadros de Zoom, asignaré proyectos de investigación semanales. Una unidad sobre murales, por ejemplo, podría incluir el “Guernica” de Picasso, los muralistas mexicanos o el papel del arte de protesta.

La construcción de la confianza fomenta la toma de los riesgos intelectuales que son necesarios para aprender. Por eso, organizaré reuniones en Zoom con pequeños grupos y también coordinaré unos pocos encuentros individuales.

Cass R. Sunstein, de Facultad de Derecho de Harvard

Hay algo que me preocupó cuando di una gran clase en línea la primavera pasada: es difícil tener una idea de cómo están respondiendo los estudiantes. En una clase presencial puedes captar las señales de los estudiantes, que a menudo se registran inconscientemente: una sonrisa, una risa, una mirada aburrida, un destello de perspicacia, un ceño fruncido, un deseo de participar…

Las caras y la postura te dicen mucho. Todo eso lo pierdes en línea. Tal como están las cosas ahora, se espera que las clases en Harvard se tengan que dar mayoritariamente a distancia durante el otoño (boreal). Eso me ha hecho pensar en los posibles ajustes que podría hacer cuando se reanuden las clases. Aquí hay seis ideas:

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•Inyectar sorpresas y diversión. Las clases en línea te permiten hacer mucho. Puedes ofrecer apariciones “en cameo” de las personas que escribieron las lecturas o que participaron en los actos que se discuten ahí; videos de eventos del mundo real o diapositivas.

• Ser lo más claro posible. El riesgo de “perder” a los alumnos es mucho mayor en línea, porque es más probable que se topen con distracciones. Por ello, voy a tratar de ser más claro y organizado que nunca.

• ¡Dar descanso! Mis clases duran dos horas. Eso es mucho tiempo para pasar en una sesión en línea. Normalmente doy un descanso de cinco minutos en el medio; para la enseñanza en línea, diez minutos es mejor. Y nunca es un error terminar unos minutos antes.

• Encuentra momentos específicos para permitir que la creatividad de los estudiantes se desenvuelva y que sus preguntas puedan ser respondidas. En las grandes clases en línea, siempre será muy tentador dar simplemente una conferencia. Eso puede funcionar, pero promueve el aprendizaje pasivo. En cualquier clase grande, los estudiantes van a tener ideas increíbles. Es preciso darles espacio.

• Encuentra maneras de dejar que los estudiantes hablen entre ellos, tal vez a través de sesiones de grupo. Las sesiones en línea ciertamente permiten eso, y, si funcionan, podrían hacer que los cursos mejoren de forma considerable.

• Improvisar. Todos estamos tratando de aprender cómo enseñar en línea. Mantente siempre abierto a las nuevas ideas. Y en tiempo real.

Amanda Little, de Universidad de Vanderbilt

He acordado enseñar mis cursos en el aula este próximo semestre, pero creo con firmeza que a todos los profesores se les debe permitir enseñar virtualmente si así lo desean. Vanderbilt está persiguiendo un modelo “híbrido” para el otoño (boreal): los estudiantes tienen la opción de volver al campus o tomar cursos en línea. El tamaño de las clases en el campus será limitado, el tráfico peatonal será patrullado y se tendrá que usar mascarillas en todo momento. Los profesores mayores de 65 años pueden optar por enseñar sus cursos virtualmente.

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Todos los demás deben solicitar y calificar para una exención de la enseñanza en el campus. Hasta ahora, cerca del 90% de los estudiantes–unos 6200– ha elegido volver al campus. Mientras tanto, más de un cuarto de los profesores ha solicitado enseñar en línea, y el porcentaje está creciendo a medida que las infecciones de COVID-19 aumentan en nuestra ciudad.

Reabrir el campus implica aceptar que el virus podría circular en el cuerpo estudiantil. Ningún “patrullaje” podrá evitar que los estudiantes se congreguen socialmente fuera de las aulas. A pesar de mi optimismo sobre la alta calidad de la educación en línea que podemos dar a nuestros estudiantes, estoy dispuesta a asumir el riesgo de la enseñanza en persona.

Tengo 46 años, estoy sana y mis clases se limitarán a 12 estudiantes en una sala que puede albergar a 40. Me preocupa menos mi propia exposición que la moral y la salud mental de mis estudiantes. Ellos ya tienen frente a sí los desafíos sin precedentes a los que se enfrenta su generación, que son tan variados como un mercado laboral que se hunde, el racismo estructural, la inestabilidad política y la crisis climática que se avecina.

Pero considero que debemos limitar la población de estudiantes y profesores en el campus a aquellos que se beneficiarán más y correrán menos riesgos. Los estudiantes de primer año y los extranjeros, en particular, deben tener acceso prioritario al aprendizaje en el campus, así como los estudiantes de ciencias que necesitan experiencia en el laboratorio. Por otro lado, se debería incentivar a otros a participar virtualmente.

Las escuelas también deberían promulgar políticas antirracistas que tengan por objeto proteger a los estudiantes y el personal de raza negra que temen estar en el campus por las ansiedades que podría provocar el uso de mascarillas. Estas son medidas cruciales para una reapertura segura y justa.