Es como si el edificio Marsano, en Miraflores, siempre hubiera estado allí. Es una de las construcciones más antiguas del distrito. Al paso de los años he ido escuchando un montón de anécdotas, historias y leyendas de este lugar. Desde el destino inconcluso y trunco que tuvo como hotel de lujo, hasta de los personajes célebres que lo habitaron.

Por Eduardo Abusada

Cada noche llegaban vestidos de civil para no despertar sospechas. Los cuatro coroneles ya habían preparado el borrador, que estaban revisando allí con los cinco generales para perfeccionar el documento. El mayor Gonzalo de la Rocha Brito alquiló la pieza. Era el departamento 450 del edificio Marsano, en Miraflores. Consiguió algunos muebles muy simples en la calle Capón, y se aplicaron con prisa a terminar ‘El Plan Inca’, el estatuto del gobierno militar.

Era fines de agosto. Allí, en el piso 4 de una inmensa mole de concreto, se terminaba de afinar el golpe de Estado de 1968 que se concretó en octubre.

Alguien dijo alguna vez que luego de la Huaca Pucllana (antes Juliana), el Edificio Marsano es la construcción más antigua de Miraflores. Suena bonito, pero lo estricto es que no lo es. Sin embargo, el Marsano guarda entre sus cientos de departamentos un inmenso caudal de historias y vivencias. Es un microcosmos dentro de Miraflores. Un barrio en un territorio irredento que se mueve según sus propias dinámicas, a un tiempo más lento que el resto de Lima y del distrito en que se levanta.

En tiempos de pandemia, me puse a buscar algunos datos sobre este edificio, buscar a los dueños primigenios y conversar con antiguos vecinos del mismo. Que las paredes —y la gente— hablen.

Asuntos de familia

Hoy, oficialmente, se llama Residencial Miranda. Pero todo limeño lo conoce como el Marsano, el edificio Marsano, esa construcción cuadrada, antigua y monolítica a la vera de la Vía Expresa. Así que había que empezar por contactar a la acaudalada familia Marsano, específicamente a los herederos del poderoso empresario minero Tomás Marsano Gutiérrez, cuyo nombre lleva la transitada avenida que cruza Surquillo y Miraflores. Según todas las fuentes, fue él, poseedor de una inmensa fortuna, quien mandó a construir el lugar. Existía el hotel Bolívar en el Centro de Lima, inaugurado en 1924; pero el patriarca de la familia quería dejar su sello con su propio hotel, entrar al rubro con toda pompa. Así que se aplicó con ahínco a ello.

Tratando de rastrear la genealogía familiar contacté a la conocida abogada Delia Revoredo Marsano, exdecana del Colegio de Abogados de Lima, a quien la conocía por unos trabajos de abogado que hice hace años. Los tiempos de la peste no estaban como para tocar la puerta de su hermosa casa, por la que paso con frecuencia; así que, rebuscando en agendas viejas, encontré su número y le marqué.

Logré comunicarme con ella, pero apenas un minuto. Aceptó que le mande un email, pero la dirección de correo que tenía era antigua. En todo caso llegó a contarme, en ese minuto, que el edificio lo mandó a construir su abuelo Tomás y se trajo todo el mobiliario de Europa.

Escribí también en varias ocasiones a un amigo del colegio de la familia, pero no recibí respuesta. El esposo de la señora Revoredo tuvo la cortesía de darme los teléfonos de uno de uno de los antiguos miembros del clan, y me aseguró que él sabía toda la historia familiar. El señor se llama Tomás Matellini Marsano. Lo llamé en sendas ocasiones, hasta que me contestó un domingo en su casa. Me dijo “estoy escuchando misa, llame luego, por favor”. En efecto, de la otra habitación, al mismo momento, escuchaba el televisor de mi abuela en que estaban pasando la misa de las Nazarenas. Lo llamé al día siguiente y me dijo “nosotros ya no tenemos nada que ver con eso”. Fue todo. El tono de su voz, áspero y cortante, exhibía con claridad que es un tema que no quiere tocar. Dejemos a los Marsano en paz, lo que nos interesa son las historias que esconde este edificio, parte ya del paisaje miraflorino y limeño.

Enviado de Dios

Sintiendo que se me cerraban las fuentes, acudí al sitio de marras a ver qué encontraba. Recordaba a un cura que vivía allí. Cuando paso por el parque Miranda, frente al lugar, en varias ocasiones veo su viejo Volwswagen escarabajo celeste estacionado frente a la puerta principal. Sabía que en un tiempo fue presidente de la Junta de Propietarios del Marsano. Lo recordaba porque hace como nueve años fue quien le dio los santos óleos a mi agonizante padre. Estábamos toda la familia en casa, esperando. Creo que era domingo, y alguien nos recomendó llamar a este sacerdote, que vivía cerca. Me tuvo bastante impaciente, porque tenía que venir en la mañana y recién llegó en la noche con ese escarabajo celeste, algo destartalado, que me hizo recordar al de Alfonso Barrantes, cuando lo veía venir a visitar a sus tías en la residencial San Felipe, donde viví de niño. Flaco y moreno, llegó. Parecía entonces un sacerdote un poco gruñón. En la ansiedad de la espera, con el temor de que mi papá se vaya sin la última bendición, mi tío Roberto le dio un “bautizo” en su creencia y de pronto, supongo, papá se convirtió en evangélico. Aunque para ese momento ya no tenía más voluntad mi pobre padre. Bien lo habrían podido bautizar maradoniano. En los apuros de la muerte, no había tiempo para disquisiciones teológicas, y no podía oponerme a la buena voluntad de mi tío Roberto Abugattas, legendario campeón sudamericano de salto alto, que incluso su nombre estaba escrito en los laureles deportivos del antiguo Estadio Nacional.

Hacia las 11 pm llegó, pues, el esperado cura católico. Me dijo que estaba en un bautizo en el sur de Lima. Se puso su estola y rápidamente efectuó el rito. Pese a su atraso, su diagnóstico fue el más preciso. Los médicos me decían que podía ser cuestión de horas o días. El padre me dijo: “Esta noche tu papá estará con Dios”. Como a la 1 am, entre las manos de mi hermano que sujetaba las de papá, nuestro viejo dejó de respirar.

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Pero volviendo a nuestra historia, decidí ir en buscar del sacerdote al Marsano. Felizmente un conserje —joven venezolano— sabía de quién le hablaba y me dio el número de su departamento y me dejó entrar al edificio. Su nombre era “padre Juan Carlos” —que para ese momento no lo recordaba del todo— y allí lo encontré, siempre atareado, haciendo unas coordinaciones telefónicas. Le conté mi proyecto de escribir una historia sobre este lugar; y esta vez estaba muy amable, sin la premura de la última ocasión, en que la parca nos pisaba los talones. Conversamos un poco, me confirmó el dato manejado casi como leyenda urbana, de que allí vivió la francesa Georgette Marie Philippart Travers, la viuda de nuestro egregio y universal poeta César Vallejo, resguardara por sus doce gatos.

El padre Juan Carlos lleva más de 20 años viviendo allí, pero no era presidente de la Junta de Propietarios actualmente. Quedamos en que me pasaría datos de vecinos que llevan más de 40 años viviendo en el antiguo barrio-edificio. De tal manera, esta crónica se ha formado a la más vieja usanza del periodismo de tinta y papel: ir y preguntar.

El relato oral es la principal fuente. Los tiempos de pandemia me han dificultado la búsqueda de documentación, y en los catálogos en línea de las bibliotecas no pude encontrar ninguna bibliografía. A su vez, habiendo conversado con más de cinco limeñistas conocedores del patrimonio urbano de nuestra capital, ninguno supo darme datos de alguna publicación escrita. Apenas uno: que este lugar no figura catalogado en el registro de patrimonios históricos o monumentales. Solo encontré escasas referencias buscando en el ciberespacio. Vale la pena citar este breve párrafo de la revista municipal de Miraflores:

“La Residencial Miranda, concebida como el hotel más grande de todo Lima con casi 200 habitaciones, aloja a 174 familias, la mayoría de ellas propietarias del nonato hotel de lujo de la familia Marsano que nunca llegó a inaugurarse, tal vez a consecuencia del famoso crack financiero mundial de 1929 y la inestabilidad social y política paralela que terminó con la caída de los once años en el poder de Augusto Leguía.

El otrora fabuloso hotel de siete pisos, acabados de mármol, bellas alfombras, enorme lobby y un espectacular restaurante en sus alturas, se ha convertido en una inmejorable joya arquitectónica ahora recuperada gracias a la persistencia de sus vecinos que nunca perdieron la esperanza de ver renacer, como lo está haciendo, este monumento de principios del siglo XX”.

La cita transcrita es de 2010. En efecto existió toda una movida comercial y cultural para hacer de la zona y del Marsano un bulevar renovado. El llamado proceso de “gentrificación” y ese ímpetu irrefrenable de los urbanistas de asimilar todo al famoso barrio de Soho de Nueva York. Por motivos no investigados acá, el proyecto no prosperó, pese a unos pequeños primeros intentos, con algunas tiendas de diseñador que abrieron en el primer piso como la de Sergio Dávila —Royal Heart— o de Jazmín Sarria —Bebe Bom Bom—.

Año de fundación y arquitectura: ambos inciertos

El general Franco había iniciado la durísima guerra civil española. Teresa Mestres, entonces una niñita, dejó Barcelona y se fue con su familia a Nueva York, donde su padre fue nombrado cónsul. No volverían a España en mucho tiempo. Tras el final de la guerra, republicanos ellos y socialista el padre, pidieron asilo político. España era gobernada por el franquismo y Europa por la II Guerra Mundial.  Peregrinaron por distintos países de América Latina hasta afincarse en Perú, donde Teresa estudió química y Literatura en San Marcos.

Lima aún no había experimentado el crecimiento de mitad del siglo XX, que José Matos Mar atinó en llamar “el desborde popular”, acuñando el término como un clásico de las ciencias sociales peruanas. La joven Teresa, que vivía por Surquillo, pasaba entonces por los predios aún poco urbanizados de Miraflores para ir al colegio y veía cómo iban adornando nuestro edificio-personaje. Lámparas, muebles, gobelinos, etc. “Tenía muy grabada en la memoria cuando trajeron las lámparas, las alfombras; dice que todo era espectacular, para romperse el ojo. Ella añoraba todo de la época más antigua de sus padres, y ella decía ‘a mí me gustaría entrar a este hotel’, porque iba a ser para hotel”, así se lo contó doña Teresa a Carolina Viacava, arquitecta que lleva viviendo 28 años en el Marsano.

Con el tiempo, el sueño se le cumplió. Teresa Mestres se hizo una pintora de reconocida nombradía y vivió en el Marsano, donde también estaba su taller y daba clases. Mujeres y hombres de la bohemia limeña, periodistas, intelectuales, y demás personajes —extravagantes y ortodoxos— del arte limeño venía a tomar lecciones de pintura o simplemente a visitar a la artista y tal vez comprar sus obras.

La arquitecta Viacava vive en el segundo piso, que son los departamentos que tienen unas bellas terrazas. Me explica, en el conocimiento que le da su profesión, un poco de la infraestructura del lugar. Pero tampoco puede precisar la fecha exacta de fundación: “Debe ser entre los 30 y 40, por la arquitectura, por el tipo de acabados. Porque todos los acabados son de yeso, no tiene tarrajeados como se hace hoy día con concreto. Las molduras también son de yeso; hoy en día las molduras son de plástico prácticamente”.

El departamento de Carolina es bastante amplio para los metrajes de los departamentos de conjuntos residenciales que se hacen actualmente. Tiene 120 metros cuadros más una terraza de 50. Nos casi corrobora un dato que veníamos manejando, que el edificio es obra del arquitecto Américo Chino Sapori. No lo puede asegurar totalmente, pero ese dato también lo he encontrado por otras fuentes.

El primer piso, donde está el lobby del hotel —o lo de que iba ser un hotel— es el único que se llegó a terminar totalmente. Está revestido de mármol travertino y rodeado de portales. El soñado restaurante que coronaría el lugar, en último piso, nunca llegó a ser culminado. De hecho, los acabados de los pisos superiores son bastante simples, pues no se llegó a vestir de lujos el hotel. Pues, como también nos cuenta Carolina, los hijos de Tomás Marsano no se pusieron de acuerdo.

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Aún no podemos determinar la fecha exacta de inauguración. Empero, el dato incontrastable es que se levantó cuando aún no existía la Vía Expresa o el zanjón, la cual fue inaugurada por el entonces alcalde Luis Bedoya Reyes en 1967. Pero es más antiguo, mucho más. Tengo a vista una foto del área, fechada en 1944, en la que se ve el Palacio Marsano, hermosa residencia de la misma blasonada familia —hoy extinto—, pero se puede verificar que nuestro edificio-ciudadela aún no se construía.

EDIFICIO MARSANO - AÉREA

Vista área del Palacio Marsano (hoy ya no texiste). Puede verse que en los terrenos traseros no existía aún el edificio descrito ni la Vía Expresa. Imagen de 1944.

A la caza de más datos sobre el inicio del lugar, fui en busca de una señora curtida en estos temas. La señora Fátima Rodríguez Serra es una antigua vecina nacida en Barranco, y una autoridad en cuanto a temas de historia de Barrando y Miraflores se trata. Lleva un blog sobre la historia de ambos distritos colindantes, donde comparte fotos, anécdotas y demás datos de interés para curiosos como este servidor. Seres que nos gusta coleccionar respuesta a preguntas que últimamente nadie hace. Doña Fátima es uno a aquellos coleccionistas de momentos, de tiempos, de memorias. Escribe también poesía. La nostalgia romántica por nuestra ciudad se le escapa en cada palabra. Sabe el dato que muchos manejan, “que fue concebido como un hotel de cinco estrellas del grupo Marsano, en tiempos que no existía la avenida Petit Thouars, más o menos a finales de 1930”.

En efecto, los predios de la familia Marsano eran extensos. Según me cuenta doña Fátima, el terreno de la familia Marsano se iniciaba en la avenida Arequipa y llegaba hasta la avenida Paseo de la República, “desde la Av. Palma se ingresaba por la calle Candamo y para continuar se debía girar en U por la calle Suarez o por la Av. Arequipa para llegar a la calle Villavicencio. Después, al parecer, la familia cedió el terreno para construir la Av. Petith Thouars, y se eliminaron los nombres Candamo y Villavicencio”. Por aquellos años, en los 20, aún había campos de cultivo por esa zona. Incluso hasta los 40, la zona era como la parte trasera de las grandes residencias que tenían su puerta principal hacia la Av. Arequipa, que fue inaugurada con el nombre de Av. Leguía en el centenario de la República, en 1921.

La señora Fátima me muestra otra antigua fotografía. Es también una vista aérea del Palacio Marsano. Se ven los terrenos traseros, hasta lo que aparentemente es la Av. Paseo de la República (no existe en la foto el llamado ‘zanjón’). Tampoco puede apreciarse aún nuestro misterioso edificio.

En este punto tal vez conviene agregar una pequeña información que me dio mi amigo y vecino del Marsano, Pablo Prado. Es un fornido y joven vecino que lleva algunos años viviendo allí. Se puede decir que es relativamente nuevo, porque este lugar es como un barrio viejo. Hay generaciones de vecinos que siguen allí. Gente que ha nacido. Él no entra por la puerta frente al Parque Miranda, que debería ser la única en realidad y da al hall o lobby principal, sino por Paseo de la República, donde hay acceso a habitaciones independientes, más no al edificio en sí. Sin embargo, tiene un dato que le contaron una vez: “Solo una curiosa referencia que un taxista una vez me dijo. Me contó que antes por acá iba a erigirse el aeropuerto y este edificio Miranda iba a ser el hotel donde se iban a hospedar los turistas. Al final no fue así y el aeropuerto se hizo en el Callao y este edificio quedó para venta o alquiler de departamentos. Acá los temblores no se sienten, la construcción es bien sólida, al parecer se hizo justo para evitar las vibraciones de los aviones que iban a pasearse por estos lares. No sé qué tan cierta sea la historia que me contó el taxista”.

eduardo - edificio marsano

Antigua imagen donde puede apreciarse el Gimnasio Marsano en el primer piso. Campeones como Javier Talavera, nuestro representante más destacado en el culturismo físico, entrenaron allí.

Personajes y vecinos

Hacia inicios de la década del 80 un artefacto bomba es lanzado en un local de Acción Popular, partido político que había ganado las elecciones presidenciales. Es el local de distrital, y queda cruzando el parque Miranda, apenas a metros del edificio Marsano. El día anterior la familia de Carlos Jauregui Roncagliolo fue de paseo a Chaclacayo, donde pasaron la noche. Al llegar a Miraflores, a su departamento en el piso quinto del Marsano, encontraron los vidrios rotos de la ventana sobre la cuna de su hermana.

Sigue viviendo allí. Toda su vida. Nació en el Hospital Rebagliatti y a los 48 horas ya estaba en el antiguo edificio. “Por eso yo digo que he nacido en el Marsano”, me dice por el teléfono. Aún no nos conocemos en persona, pero sé que nuestro encuentro será muy largo. Hemos conversado varias veces por el hilo telefónico (o señal digital, ya no sé) a raíz de esta crónica, y en cada ocasión me cita 5 o 10 libros. Es un lector compulsivo.

Las edificaciones, milenarias o recientes, son solo una parte de los relatos. Sin la gente que las usa o habita, son apenas material, piedra, ladrillo. Por ello los arqueólogos se esmeran en desentrañar los usos de las ruinas, saber el destino de los recintos, el misterio inveterado de sus muros. La historia del Marsano no puede escribirse sin su gente. Al inicio, no la había. Los primeros años, tras el frustrado intento de hotel, el lugar permanecía silente y oscuro. “Mi madre siempre pasaba por acá y veía todo apagado. Mis padres deben haber venido a habitar el departamento en el 70 si no me equivoco”, rememora Carlos. Habla lento, como rebuscando en los cajones de su memoria cada dato. Y es que en tanto tiempo nadie le preguntó por ello. “Me suena súper curioso, tantos años del edificio, y nace un cronista que quiere contar sobre nosotros”, me confiesa… y me honra.

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Fue, pues, como me cuenta Carlos, que los trabajadores vinculados con el grupo empresarial de los Marsano empezaron a ocupar lo que se concibieron como suites para turistas. Alguna vez, conversando con el esposo de la Dra. Roveredo Marsano, de la progenie del fundador, me dijo que los hijos empezaron a discutir sobre el destino del inmueble. Haciéndose ya imposible el consenso, uno regaló la parte de su propiedad a sus choferes, jardineros y demás empleados. Y que el resto de coherederos hicieron lo mismo. Así, las suites-departamento fueron dividiéndose con los años, llegando más familiares de los nuevos propietarios, y el edifico comenzó a tugurizarse.

De tal manera, personajes de lo más variopintos, entre célebres y anónimos habitaron estas paredes. Carlos nos recuerda, entre otros, además de a Georgette de Vallejo, al escritor Edgardo Rivera Martínez, autor de País de Jauja, quien se viene a ocupar el edificio con sus hijos al fallecer su primera esposa en un accidente fatal. Otros pintores —como la ya mencionada Teresa Mestres—, de legendario recuerdo, resbalaban por estos lares: el iqueño Sérvulo Gutiérrez, quien venía a visitar a la periodista Doris Gibson, fundadora de la revista Caretas, que alquilaba un departamento en donde vivían un ígneo romance a plazos.

Es más, la leyenda urbana y vecinal cuenta que tras la fuga de los 48 integrantes del MRTA del penal Castro Castro, por un túnel, en 1990, el líder del movimiento, Víctor Polay Campos se escondió acá. “En el primer piso había de fachada el local de un partido político y parece que allí lo tenían. Dicen que salía, algo tarde, a caminar por los alrededores para fumar unos cigarritos”, me relata el memorioso Carlos.

También el edificio ha sido escenario de películas peruanas. El film Alias la Gringa (1991), de Chicho Durand, rodó algunas escenas acá. Las anécdotas van y vienen. Carlos quisiera contarlas todas, pero debo llamar a otros vecinos. Desde su departamento, sentado a la ventana, puede ver los gallinazos, esa fea ave símbolo de Lima, que se posan, al frente, sobre el techo de adobe del Teatro también de los Marsano. El tiempo avanza más lento en este cuadrante de la gran y rugiente Lima.

Uno de los amigos de infancia de Carlos es Pablo Merea. Él entiende este lugar como lo que es: un barrio. Me cuenta que tienen un grupo de WhatsApp con vecinos de tres generaciones que han vivido acá, aún cuando ya varios se han mudado, pues siguen siendo amigos de infancia, de toda la vida, como la vecindad del Chavo. Pablo tiene fresco en su memoria esa parte, la vida con la collera, pues habían otros grupos grandes de jóvenes por Miraflores y Surquillo. Los del Marsano llegaron a hacer su equipo de futbol que jugó en la liga de tercera división. Camiseta azul oscura y shor blanco era el uniforme.

A los recuerdos de personajes célebres, Pablo Merea, quien vivió más de veinte años en el Marsano, pero sigue en contacto con sus vecinos y amigos, suma las historias incomprobables, pero que son. Esas de mitos y aparecidos. El edificio Marsano, como todo edificio viejo de Lima, es pasto para este tipo de relatos. A más vetusto es el lugar, más probable son las visitas de ultratumba. Así, unas historias están alrededor de la llamada “maldición” que había (o hay) en el lugar. Dice la leyenda que Tomás Marsano, para ser tan acaudalado y tener tantas propiedades y poder entonces, tuvo que cultivar varios enemigos. Algunos de sus descendientes conocieron la locura. Es así que las ánimas de sus enemistados regresan con alguna frecuencia a reclamar como suyo el lugar, en los linderos de lo que fue el imperio Marsano. En el campo de lo verificable, lo cierto es que los otrora niños ochenteros dan fe de ruidos metálicos; visiones ambiguas y antropomorfas; sombras extrañas; vientos gélidos, a mitad de la noche, en los años en que Sendero Luminoso oscurecía Lima con los apagones. Especialmente en el último piso, donde estaba el salón para restaurant y espectáculos, que nunca pudo tocar ninguna pieza. Acaso aquellas almas en pena pululan en las noches sin luna para danzar el baile que la vida les negó, el esplendor del lujoso hotel prometido que nunca verían sus ojos mortales, ni los de ningún otro hasta el sol de hoy. Solo en la mirada de los caminantes del inframundo puede entonces vivirse el sueño de un muerto, a la hora sin tiempo, cuando la ciudad duerme… el sueño de don Tomás Marsano Gutiérrez. Y, hospedados los fantasmas, con sus alfombras persas y las doradas vitrolas vienesas, el hotel de encanto empieza a funcionar. Encantado.

Entre los entrañables personajes que vivieron acá, de esos que marcan nuestra infancia y nuestra memoria adulta, Pablo Merea no puede olvidar al juez Valderrama. Le decían el “Sr. Pijama”. Era un hombre solitario, colorado, de ojos grandes y azules. Vivía solo. Trabajaba todo el día en el Poder Judicial, y al llegar a casa se ponía su pijama a rayas, abría el diario El Comercio en todo su ancho, y sentado en una silla en el pasadizo del quinto piso, lo leía calladamente desde la portada hasta el horóscopo. Un día nadie lo vio. Tampoco al siguiente, ni toda la semana. Su departamento empezó a emanar un feo olor. La putrefacción de la carne humana. En el recuerdo de los niños de entonces quedó que el Sr. Pijama penaba en el quinto piso; y cuando subían por allí, ya entrada la noche, lo hacían a toda carrera para que el juez siga leyendo tranquilamente, ingrávido, su periódico.

Esta es la historia del edificio Marsano y su gente. Aún sigue allí, y su gente también. Algún día, y temo que no muy lejano, lo que hoy llaman progreso barrerá este lugar, y no quedará más que un hoyo y luego, tal vez, un centro comercial. Mientras eso suceda, en Miraflores, el distrito más cosmopolita de Lima, una ciudad de 10 millones de habitantes, hay aún una vecindad flanqueada por bancos, tiendas comerciales y malls de moda. Un lugar habitado por vivos y muertos.

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