Con 29 años, es repostera peruana, exseleccionada nacional de hockey y fundadora de Adelaida Pastelería. Formada en Arte en la Pontificia Universidad Católica del Perú, y en pastelería profesional en París, trabajó en cocinas de alto nivel como el Shangri-La y el Ritz, referentes de la hotelería de lujo internacional, y sobres peruanos, a partir de insumos que importa de regiones como Ayacucho y Cusco.

Por: Micaela Simón

A las cinco de la mañana, mientras la mayoría duerme, Adelaida Oleachea ya ha vivido varias horas de trabajo: el horno encendido, las primeras masas en marcha y la jornada apenas comenzando. No es un ritmo nuevo para ella.

Durante más de quince años, ese horario marcó su vida entre entrenamientos de alto rendimiento y madrugadas exigentes. Representó a Perú en hockey desde los 15 años y, tiempo después, al mudarse a París, compitió media temporada en el Saint Germain en Laye Hockey Club, en la liga Elite Dames.

«La pastelería peruana no tiene por qué ser solo casera, puede ser de alto nivel».

En exclusiva para COSAS, Adelaida reflexiona sobre cómo esa misma disciplina forjada en el deporte se trasladó naturalmente a la pastelería: una práctica que combina técnicas internacionales con el uso de insumos y productos nativos del Perú, y que busca abrirse paso en el extranjero con una identidad propia.

Habla con tono sereno y preciso, sin grandilocuencias, como quien está acostumbrada a entornos exigentes. “La cocina de alto nivel es dura, rápida y demandante. No puedes tomarte nada personal. Ahí entendí que la disciplina del deporte y la cocina son muy similares”, comenta durante la conversación.

Antes del horno propio

Ese presente se sostiene sobre un recorrido previo. Estudió Arte en la PUCP (Pontificia Universidad Católica del Perú) y, en paralelo, comenzó a preparar postres por encargo desde su casa en 2017, cuando el escenario pastelero local era muy distinto al actual. “Comencé casi sin darme cuenta. No había muchas pastelerías como ahora, y los pedidos fueron llegando solos. Gracias a eso empecé a dar forma a una carta”, recuerda.

En las casas antiguas, recuerda, siempre había algo dulce sobre la mesa. “La cocina siempre estuvo presente en mi vida, sobre todo la pastelería. Crecí rodeada de mujeres que, aunque trabajaban en otras cosas, siempre cocinaban y hacían postres en casa”. Durante años, sin embargo, no entendió que su gusto por comer postres también implicaba el deseo de hacerlos.

París, Madrid y el regreso a lo peruano

Para Adelaida, París fue un periodo de formación intensiva. Llegó con años de práctica acumulada y una disciplina ya incorporada, y buscó ampliar su oficio desde distintos frentes: estudió en Ferrandi, luego en École Ducasse y finalmente en École Ritz Escoffier, transitando desde la técnica clásica hasta una visión más contemporánea y comercial de la pastelería.

Su recorrido profesional incluye cocinas de hotelería de lujo como el Shangri-La y el Ritz Paris, experiencias que marcaron su forma de trabajar.

Ese aprendizaje continuó fuera del aula. Trabajó en panaderías artesanales como Archibald Boulangerie y Babka Zana, y en hoteles de lujo como el Shangri-La Paris, donde participó en el Debutante Ball, uno de los eventos más exigentes del calendario parisino.

“Estaba en la cocina y de pronto me dijeron: ‘Falta gente, sube’. Terminé emplatando y sirviendo postres. Fue un caos perfecto: rapidez, presión, trabajo en línea”. Más adelante, trabajó también en la pastelería y panadería del hotel Ritz Paris, “entraba a trabajar a las cuatro de la mañana o salía a la una. Fue duro, pero aprendí muchísimo”.

Madrid llegó después, casi como un desplazamiento natural. “Me di cuenta de que se había convertido en un hub de latinoamericanos. Ya no era tan distinto a Lima”. Mientras completaba un máster corto en management para reforzar la parte administrativa, comenzaron a aparecer los primeros pedidos. “Intenté proponer cosas más francesas o de fusión, pero lo que la gente quiere es lo peruano. El chocolate, el alfajor, los sabores de la infancia”.

“Adelaida Pastelería”: una marca que crece con calma

Adelaida confiesa que la pulsión emprendedora tampoco es nueva en su familia. Su madre fundó la empresa Kolke en los años 2000, una empresa de decoración con varias tiendas en Lima y Cusco. “Crecí con ese modelo lleno de cajitas para despachar. Ahora es lo mismo, pero con cajas de postres”.

Hoy, su propuesta parte de esa memoria: “La pastelería peruana no tiene por qué ser solo algo casero. Puede ser de alto nivel”. Su alfajor de manjar blanco está reinterpretado con cacao y sal de Maras, y elaborado con insumos certificados traídos directamente desde Cusco y Ayacucho.

Adelaida Pastelería, proyecto fundado por Olaechea que reinterpreta sabores peruanos desde una mirada contemporánea.

El nombre de su emprendimiento, Adelaida Pastelería, se definió tras consultar al público. “Hice encuestas y la respuesta fue clara: el nombre era el proyecto”. Actualmente se encuentra en pleno proceso de rebranding y formalización de la marca en España, con la idea de abrir primero un taller pequeño y, más adelante, una tienda con vitrina a la calle.

Adelaida proyecta crecer sin perder exclusividad. “Me gusta la idea de tener pocos locales, bien hechos, que mantengan el valor del producto”. Madrid es el punto de partida, pero Lima sigue presente en el horizonte, junto a otros formatos posibles —panadería, heladería o nuevas líneas creativas—.

Esa misma lógica atraviesa la forma en que piensa el trabajo y el emprendimiento: avanzar paso a paso, asumir el esfuerzo inicial y sostener el ritmo. “Al inicio tienes que bajar la cabeza, trabajar horas interminables y decir que sí a todo. Después, cuando el nombre existe, puedes ordenar tu tiempo”.

Suscríbase aquí a la edición impresa y sea parte de Club COSAS.