La partida de Julita Astaburuaga Larraín, la gran dama de la sociedad chilena, ha traído más alegrías que tristezas. Quizá suene arriesgado decirlo de esa manera, pero basta con sentarse a desempolvar anécdotas con algunos de sus innumerables amigos para que la congoja inicial se transforme, lentamente, en una sonrisa nostálgica y termine con una risa sincera. Y no podía ser de otra manera si hablamos de una de las mujeres más vitales que ha conocido la aristocracia latinoamericana, una persona que a los 90 años era capaz de bailar en galas hasta bien entrada la noche.

“Antes uno se casaba a los 18 o 20 años. Yo lo hice a los 27”, contó Julita a COSAS Chile. Ese “sí” lo dio un jueves y, dos días después, ya estaba viviendo en Nueva York porque su marido, el diplomático Fernando Maquieira, había sido destinado a ese lugar.

“Antes uno se casaba a los 18 o 20 años. Yo lo hice a los 27”, contó Julita a COSAS Chile. Ese “sí” lo dio un jueves y, dos días después, ya estaba viviendo en Nueva York porque su marido, el diplomático Fernando Maquieira, había sido destinado a ese lugar.

“Cuando cumplió 75 años, los celebró en la Embajada de Brasil en Chile”, recuerda Consuelo Salinas de Pareja. “Invitó a todo el mundo a las cuatro de la tarde a un cumpleaños de temática infantil. Ella era la niña, con un lazo gigantesco en la cabeza, y sus íntimas amigas hacían de institutrices, persiguiéndola por toda la embajada”. Dejando la tristeza inicial, Consuelo se ríe y concluye que “Julita era una mujer delirante, maravillosa, un ser especial que pasó por esta vida alegrando a la gente”.

Pitusa Pérez de Cuellar conoció a Julita a los 5 años gracias a la gran amistad que ella tiene –a Pitusa le cuesta hablar de Julita en pasado– con su padre, Javier Pérez de Cuellar. Ambos estuvieron destacados en misiones diplomáticas en Bolivia a inicios de los años cincuenta. Allí, en las alturas de La Paz, comenzaría una amistad que hasta la muerte de la socialité chilena se manifestaba en llamadas telefónicas semanales.

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Antes de sentarse a conversar con COSAS, Pitusa le preguntó a su padre qué anécdotas divertidas recordaba de Julita. La respuesta del ex secretario general de las Naciones Unidas fue de sorpresa: “¿Es que acaso no te acuerdas de cómo era Julita?”. A Javier Pérez de Cuellar la pregunta le pareció extraña porque, para él, quien quiera que haya conocido a Julita se topaba con un carisma inolvidable, “un humor finísimo y una risa abierta, que salía de adentro”, recuerda efectivamente Pitusa. “Era imposible no hacerse amiga de ella de inmediato”.

Mostrándonos una foto de Javier y Julita tomada recientemente –y otra de un elegante blanco y negro de los años cincuenta–, Pitusa asegura que “era la alegría de vivir la que conservaba a Julita tan bien”. En efecto, a Julita le quedaban bien las arrugas, que estaban ganadas a costa de tanto sonreír, en las buenas y en las malas. Javier Pérez de Cuellar aún no sabe que su gran amiga ha muerto, y Pitusa no tiene idea de cómo decírselo. “No sé qué voy a hacer cuando me pida hablar con ella”, asegura. “De ninguna manera le voy a decir que murió: no me lo creería”.

Una de sus apariciones estelares del último tiempo fue cuando COSAS Chile la invitó a un seminario sobre la importancia de la mujer. Aunque al principio se resistió, terminó accediendo a ser una de las principales oradoras. En esa ocasión, confesó que la clave de su energía era no dejarse estar.

Una de sus apariciones estelares del último tiempo fue cuando COSAS Chile la invitó a un seminario sobre la importancia de la mujer. Aunque al principio se resistió, terminó accediendo a ser una de las principales oradoras. En esa ocasión, confesó que la clave de su energía era no dejarse estar.

Otro gran amigo, con quien también comprobamos que al hablar de Julita no hay espacio para la tristeza, es el diseñador Armando Arana, quien define a Julita como “la dama más aristocrática y glamorosa que ha tenido Chile”, y asegura con convicción que “ni en el Perú ni en América Latina hemos tenido a nadie parecida”. Armando fue testigo del cariño que le tenía “el chileno de a pie” cuando, al llegar como su pareja a una gala en honor a Alberto de Mónaco, todo el mundo se detenía para saludarla. “No te puedes imaginar la ovación de los chilenos, los sencillos, los humildes y los no tanto”, recuerda Armando. “Ella se paraba y saludaba a todo el mundo, se acercaba a la gente y les daba la mano, con una sencillez incalculable”. Con orgullo, Armando recuerda que fue durante un almuerzo en su casa, en honor a Julita, que recibió una llamada de Palacio de Gobierno. Alan García, entonces presidente, había mandado a sus edecanes a informar oficialmente a Julita que sería condecorada por el Estado por sus esfuerzos diplomáticos en hermanar a Chile y el Perú. Dicha condecoración se hizo efectiva en 2009, y fue recibida por Julita en una ceremonia en la Embajada peruana en Chile, de manos del entonces embajador Carlos Pareja y su esposa Consuelo, quien recuerda que Julita siempre tuvo “una relación muy cercana con el Perú”.

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Consuelo Salinas de Pareja recuerda que, durante los últimos años, Julita hablaba seguido de la muerte: “Decía que tenía miedo”. Esos eran los únicos momentos en los que Julita se permitía estar triste, pero eran breves, y se borraban de inmediato con alguna nueva broma. Pero cómo culparla de temer a la muerte, si, como nos cuentan quienes la conocieron, durante sus 96 años amó tanto la vida.

“ME SIENTO DE 20”

“Por dentro, tengo 20 años”. Eso decía Julita cada vez que se le comentaba su jovialidad. En la última visita que hizo a COSAS Chile, hace algunos años, el editor quiso ayudarla a subir las escaleras, pero ella se adelantó y subió casi corriendo. “Yo estoy mejor que tú, pues, chiquillo”, comentaba, entre risas.

Y, en esa vitalidad, sus nietos fueron trascendentales. “Tengo seis. Tres de mi hijo Diego, que es poeta y galardonado con el Premio Pablo Neruda, y tres de Cristián, que es diplomático igual que mi exmarido… ¡Y cada uno más lindo que el otro! Soy muy amiga de ellos”. Y eso a pesar de pertenecer a generaciones con costumbres diametralmente opuestas. “En mi época, yo no podía hablar en la mesa mientras no me dieran permiso. Hoy las cosas son distintas. Por ejemplo, para ir a la ópera, me arreglo. Si voy a salir a comer, yo me cambio aunque ande bien en el día y el vestido me sirva. Pero aquí se llega de cualquier manera. Como que se perdió el respeto al lugar: al Municipal llegan hombres con short y zapatillas. Falta más cultura, modales, lenguaje, pero es porque no se los inculcan. Pero hoy en día cada uno llega a su casa, agarra su bandeja y come viendo televisión sin hablar con nadie. Andan todos como dispersos, no hay reunión familiar y eso me da pena, pero sé que la vida es así”.

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Texto: Mauricio Lombardi y Bernardita Cruz