Hace algunas semanas, Jennifer Lopez participó en el popular programa “Carpool Karaoke” y el conductor James Corden le arrebató el teléfono. La idea era simple: le enviaría un mensaje de texto a Leonardo DiCaprio, haciéndose pasar por ella, para preguntarle qué lugar le recomendaba para divertirse esa noche.  “¿Clubes?”, contestó él  enseguida, llamándola “Boo Boo” –el aparente sobrenombre de la estrella–. Aunque lo que se vio en público no pasó de allí, nos atreveríamos a asegurar que la sugerencia del actor fue Warwick.

Ubicado en el corazón de Sunset Boulevard, Warwick es por estos días el lounge y bar más exclusivo de Hollywood. El sitio donde Taylor Swift, Gigi Hadid, Justin Bieber, Kendall y Kylie Jenner llegan a disfrutar de tragos y un ambiente que, a pesar del exhibicionismo, se siente privado. Ahí también fue donde Reese Witherspoon celebró sus 40 años, acompañada de Nicole Kidman, Jennifer Aniston, Tobey Maguire, Kate Hudson y Matthew McConaughey, entre otros invitados. ¿La razón? Warwick es, para la realeza de Hollywood, un lugar seguro.

Keith Urban y Nicole Kidman.

Keith Urban y Nicole Kidman.

Algo similar sucede en The Nice Guy, el restaurante favorito de Anna Wintour cuando visita la ciudad, y donde Kendall Jenner pasó la noche de su cumpleaños. Igual que Warwick, el bar Marmont o el Hotel Roosevelt, este espacio luce, sabe y huele al antiguo Hollywood: con banquetas de madera y brocado algo gastado, mesones de mármol, lámparas de los años sesenta y setenta, y un famoso trago, ‘The Chairman’, creado en homenaje a Frank Sinatra.

“Quiero que The Nice Guy se sienta como un hogar para mis clientes”, explicó hace un tiempo John Terzian, el propietario del restaurante. “Que sea un sitio donde se sientan bienvenidos y seguros”.

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Ahí está de nuevo la palabrita: “seguros”. Por estos días en Hollywood no hay tesoro más preciado que la seguridad. La seguridad de la privacidad. La confianza de que sus intimidades quedarán resguardadas en ese círculo íntimo. Sin embargo –a pesar de las comunes cláusulas de confidencialidad que debe firmar cualquier potencial empleado–, no es raro que haya filtraciones. Un exnovio de Adele, por ejemplo, reveló fotografías íntimas de la cantante que –a diferencia de las de Jennifer Lawrence, Kate Upton, Amber Heard y decenas de otras celebridades hackeadas en 2014– no la mostraban desnuda, sino  horror de horrores, sin maquillaje. Más incómodo fue  todavía el video que apareció hace unas semanas, donde Nick Young –el basquetbolista estrella de los Lakers– hacia alarde sus infidelidades a Iggy Azalea.

 

MURMULLOS Y SECRETOS

El secretismo de Hollywood es bien conocido. Desde los días en que Judy Garland era mantenida despierta, cantando y bailando,  gracias a una poderosa dieta de anfetaminas y barbitúricos recetada por los ejecutivos de su estudio, todo en La La Land –como es conocida la ciudad–, se conversa en murmullos. La evidencia más clara fueron los e-mails de los estudios Sony filtrados hace un tiempo por WikiLeaks, donde se reveló un absoluto desdén hacia Angelina Jolie por parte de los productores de su película, se habló sobre cómo el director David O. Russell había sido “abusivo” con Amy Adams en el set de “American Hustle”, y cómo la ejecutiva Amy Pascal había gastado casi 70 mil dólares en un viaje de dos días a Washington D.C., incluyendo miles de dólares en “car service”.

Kanye West y Kim Kardashian.

Kanye West y Kim Kardashian.

En el lobby del Ace Hotel, en Downtown Los Ángeles –el lugar favorito de Matt Damon y Sky Ferreira–, o en las mesas del Polo Lounge del Beverly Hills Hotel –donde Kim Kardashian, Warren Beatty, Harry Styles y el elenco de “The Real Housewives of Beverly Hills” disfrutan sus “McCarthy salads”–,  las celebridades de Hollywood se comportan como si su mayor preocupación fuera elegir el vestido adecuado para la alfombra roja o conseguir un papel que las catapulte al Oscar. Pero la procesión va por dentro.

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Despojados de la protección que los grandes estudios les otorgaban a sus antecesores, las estrellas de hoy deben recurrir a sus propios publicistas frente a cualquier crisis –divorcios, enfermedades, rehabilitaciones, videos porno caseros o peleas públicas–. Y en los casos en que la presión de los rumores se hace insostenible, un equipo especializado crea una estrategia de comunicación que les permita retomar el control de la situación. Publicistas como Ken Sunshine –quien maneja la imagen de Leonardo DiCaprio, Naomi Campbell y Barbra Streisand– o Stephen Huvane –que hace lo mismo con Jennifer Aniston, Ryan Gosling, Channing Tatum y Johnny Depp–, justifican los millones de dólares de sus honorarios con la astucia que exhiben frente a cualquier problema.

Sin embargo, el control se ha hecho más difícil en estos días con medios escandalosos como “Gawker” o “TMZ” –un show que tiene la costumbre de perseguir a las celebridades a la salida de los clubes– y, sobre todo, la presencia invasiva y permanente de cámaras de celulares.

Salvo para Kris Jenner y su rebaño de chicas Kardashian Jenner, capaces de convertir cualquier escándalo en negocio, la situación es complicada. Y las raíces de este estado se pueden rastrear, en gran parte, en la revista “Hollywood Confidential”. Una publicación que, aunque se editó solo de 1952 a 1958, logró cambiar las reglas del juego, revelando los secretos de las estrellas en artículos recargados de palabras como “comunista”, “desviado” o “mafioso”. Un discurso de odio que perdió brillo en los años ochenta y noventa, cuando algunos medios –especialmente “Vanity Fair”– establecieron una nueva era de decoro y glamour. Ahora, sin embargo, los insultos están en boga de nuevo. Y si tiene dudas, escuche a Donald Trump.

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Por Manuel Santelices